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TRIBUNA

Querido Portugal

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 14 de agosto de 2026, 19:21h

Después de más de cincuenta años vuelvo a Lisboa. Aquella vez entré atravesando el Puente Oliveira Salazar y regresé por el mismo puente, llamándose ya a la sazón Puente 25 de abril. Es el caso que la excursión que hicimos con los padres claretianos del Corazón de María, de Zamora ( inolvidables los Padres Ibarreche y Matilla, junto a la siempre recordada Srta. Lourdes ), coincidió con la Revolución de los Claveles. La Revolución no nos privó de ver Fátima, Setúbal, Cascais, en donde nuestro autobús se estrelló con un tranvía ( entonces los había allí ), o de disfrutar del poder invencible del mar en la Bocca del Inferno. De aquella excursión me impresionaron dos cosas, la alegría pacifica del pueblo portugués, que semanas después apagarían las demenciales decisiones del muy doctrinario Instituto Agrícola, y el alucinante Cementerio de Perros en el Zoológico, con maravillosas tumbas llenas de arte y buen gusto. También las ensangrentadas rodillas de soldados de las colonias recorriendo de hinojos la explanada de Fátima. Entramos bajo la presidencia de Marcelo Caetano, que acabó entregándose en la Iglesia do Carmo al capitán Salgueiro Maia, símbolo del terremoto que cambió Lisboa, y salimos bajo la égida revolucionaria de Adelino da Palma Carlos. Entonces marchábamos en un autobús al Jardín de Europa, hoy en un Iberia abarrotado de brasileiros.
Desde la Felicitas Iulia y ante la marabunta de la morisma entrando en Ceuta recuerdo como homenaje a Portugal que el 13 de febrero de 1668 España y Portugal, con la intervención de Inglaterra como maestra de ceremonias, firmaron el Tratado de Lisboa, por el que fue reconocida por España la Independencia de Portugal, y una sola posesión portuguesa quedó para los españoles, Ceuta, nuestra Ceuta, nuestra herencia del querido Portugal que hubiese sido regido por los tres más grandes Felipes. Lástima que al final de la Avenida Liberdade, los Campos Elíseos de Lisboa, todavía se yergue en la Plaza de los Restauradores, una larga columna-monumento con el nombre de las batallas que ganaron a España en su anhelo de independencia. No hay que olvidar que allí mismo, en la cercana plaza del Rocío, se cortaron las cabezas de los aristócratas portugueses que querían seguir unidos a España para bien de la patria de Camoens. Las tres líneas de metro han conseguido articular y comunicar los barrios lisboetas sin hacerles perder el genuino sabor a cada uno. Viejas casas de la antigua nobleza decimonónica siguen convertidas en preciosos y coquetos hoteles desde el advenimiento de la Republica, como sucede en el norte de Portugal con el hotel Vidago, que disfrutara el Rey Carlos hasta su asesinato y el de su hijo en la esquina de la Rúa del Arsenal con la Plaza del Comercio. Hoy no vimos ningún ramo de flores añorante que recuerde el hecho, como sí lo vimos hace cincuenta años. Un semáforo impertinente ocupa su lugar. Cerca está la magnífica Cámara del Ayuntamiento, con el nombre de todos sus alcaldes desde el siglo XVII, grabados en piedra noble en su vestíbulo, iniciándose el largo catálogo con el nombre de Nuno Da Cunha de Ataíde, conde de Pontevel. Antes de la República casi todos los alcaldes de Lisboa eran condes o marqueses; tras la República un porcentaje muy alto de ellos ha sido posteriormente primer ministro o presidente de la República; como Antonio Luis Santos Da Costa, o Jorge Fernando Branco de Sampaio. Y eso se nota en la mejora de la bella Olisipo. Veo con tristeza que el maravilloso Jardín Botánico, que estaba en su esplendor en los abriles de los años 70, está bastante deteriorado y el magnífico invernadero con estatuas cerrado para el público. La Iglesia do Carmo sigue simbolizando las heridas producidas por el gran Terremoto de 1755, con sus imponentes arcos rotos. El Parlamento Portugués, con su casa de interpretación aledaña, sigue vendiendo la Revolución de los Claveles, con claveles de papel que se regalan a los visitantes. Se exhiben los debates más duros en la Historia de la Democracia del 25 de abril en grandes pantallas televisivas que subrayan una facundia tribunicia superior a la española. Desgraciadamente, se encuentra cerrada por obras la Casa de Fernando Pessoa, en la Rúa Coelho la Rocha, enmarcada en un precioso barrio. Una cosa menos que devastar los turistas de agosto. Pero Lisboa sufre lo que Atenas, miles de turistas semianalfabetos la están destruyendo. Marchan a los Jerónimos y no conocen la importancia de los que están enterrados allí, ven el monumento de los Descubridores y no podrían dar un sólo nombre de los que están inmortalizados en magníficas estatuas. Observan la catedral y no recuerdan que es precedente de Nôtre Dame, en la que estuvieron hace unas semanas. En fin, profanando el aire salino de Lisboa todo lo estragan. No es obligatorio salir del país de uno, tampoco hay por qué viajar y gastarse el dinero sin necesidad. La comida con mucha especia puede sentar mal, y el bacalao lo puedes encontrar también magnífico en tus propios lares. Eso sí, el aguardiente es increíble, casi tan bueno como el de Orense. Volvemos a España recordando la gran figura portuguesa de Humberto Delgado, cuyo espíritu de hidalgo portugués, trasunto del de Vasco de Gama, aún está presente en la Democracia portuguesa. Habría que volver a estudiar quiénes estuvieron implicados en la muerte de aquel bravo general, caído inocentemente en una red de engaños en tierras españolas. Se ha insinuado que Franco tuvo que ver en el magnicidio, pero yo no lo creo; las actas policiales y el auto del juez español de entonces indican que se actuó con profesionalidad, y fue la justicia española quien apuntó directamente a los servicios de inteligencia de aquel régimen salazarista. De haber sido cómplice el régimen franquista no hubiese apuntado a los autores reales del crimen.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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