El descomunal allanamiento de Ceuta de pronto nos ha despabilado sobre la conflictiva presencia de la Berbería al sur de nuestras lindes marítimas y hasta terrestres. Verán; desde la caída del Imperio Romano sus pueblos solo han resultado un constante quebranto para los habitantes de Hispania; básteme recordarles cuán incómodos no serían ya para Musa ibn Nusair y sus caudillos que, una vez desbaratado el reino visigodo, acomodaron en las parameras más inhóspitas de Iberia, además como cabreros y otros oficios embrutecedores, a cuantos magrebíes les habían seguido, para mantenerlos reducidos y ajenos a toda autoridad. Por no mencionar el acontecimiento quizá más decisivo de su presencia sobre nuestra península: la sublevación en 1009 de las tropas mercenarias bereberes, tras el trágico apartamiento del visirato de los herederos de Almanzor, cuya consecuencia no solo fue la devastación de Medina Azahara, tras verse rechazados por la población de Córdoba, cuanto la ignición de una guerra de ochenta años entre hispanomusulmanes llamada la Fitna o también conocida tradicionalmente como las taifas, que no dejó del anterior esplendor omeya, sino un lánguido recuerdo y una colosal mezquita; es más, tan larga contienda solo engrandeció a un rudo y agreste señorío, Castilla y León —entonces conocido por los andalusíes como el de los gallegos—, y a un hombre —quizá el gran político de la centuria—, Alfonso VI. Aunque la arriscada presencia de los magrebíes sobre nuestra crespa piel de toro aún daría dos nuevos y atronadores zarpazos cuando, cerrando ese siglo, desembarcasen los almorávides saharianos y, unas cuantas décadas después, los también moros almohades. Ambos, pese a su irreductible enemistad, coincidieron en un gesto del todo elocuente de su común y cerril rigorismo: la persecución de los mozárabes en 1126, por parte de los primeros, y de los sefardíes, en 1146, por los segundos. Mostrando, al tiempo, cuál era el tamaño de su torpeza, pues con las huidas de estas comunidades solo consiguieron fortalecer a los vacilantes reinos cristianos del norte peninsular y, como consecuencia, alumbrar la hasta entonces brumosa idea de la Reconquista, convertida, de inmediato y a tono con el momento histórico, en nuestra singular cruzada y, por tanto, en una empresa inabdicable para los posteriores monarcas cristianos.
Su consecuencia fue la larga agonía de al Ándalus, acompañada de una nueva codicia de los pujantes reinos góticos por las riberas africanas —o, al menos, por algunas plazas como Ceuta, Tánger, Mazagán o Melilla—. Mientras, al sur del Rif, aquellos imperios gobernados por santones iluminados se desgajaban, incluso pasaban de manos netamente bereberes a las de unos nuevos clanes llamados jerifianos —o descendientes de Hasán, el nieto mayor del Profeta— como los saadí o los actuales alauitas. Estas disputas entre los pretendientes al sultanato no disminuyeron nuestra ya secular contienda, porque súbitamente la retomaron los corsarios otomanos, guarecidos en los puertos de la actual Argelia. Sus ataques a las costas andaluzas, levantinas y baleáricas no cesaron durante los siglos XVI y XVII. Y aunque hoy los nombres de Kemal Reis, o de los hermanos Barbarroja, o del pirata Dragut no nos inquieten, como tampoco nos sobresalta la campaña de O’Donnell en Tetuán o las posteriores y sangrientas emboscadas del Barranco del Lobo y del Desastre de Annual, sin embargo, constituyen los jalones de una larga retahíla de carnicerías que ni siquiera concluyó cuando a los bereberes se les suponía ya integrados en el llamado «concierto internacional» bajo un Estado respetable, titulado Reino de Marruecos, pues entonces la desairada voracidad de su sultán —lo de rey, es mera cosmética parisina—, tras fracasar en su pretensión por arrebatar a los franceses el petróleo argelino, provocó la llamada Guerra de Ifni contra la neutral España, donde morirán varios cientos de los nuestros.
Este acontecimiento debería prevenirnos sobre la turbiedad de las decisiones sultanescas, al punto que escribo este par de páginas estremecido por saber a nuestros compatriotas ceutíes y melillenses al albur del señor de un pueblo criado, desde hace casi dos milenios y para su desgracia, bajo el miserable y despótico látigo y sin mayor horizonte intelectual que el enfebrecido fanatismo, y cuyas acciones, desde su reciente llegada masiva bajo el visado de refugiado, no han supuesto sino el aumento diario de los asaltos callejeros y de los estupros sobre nuestras jóvenes, por no adentrarme en Europa y enumerar las consecuencias de su asentamiento sobre las barriadas de Francia, de Bélgica y de los Países Bajos, donde, sobre nutrir con desarraigados jovenzuelos al ISIS y a cuantos grupos terroristas surgieron contra nuestra forma de vida, hoy sus bandas administran el delito a su antojo. Y mi temor crece todavía más al percibir que son Pedro Sánchez y esos que firman en el BOE como ministros, quienes deben defendernos, cuando hemos contemplado estupefactos cómo dejaron durante cuatro días abandonada entre la calamidad a la Huerta Sur de Valencia, o cómo, aun disponiendo de suficientes alertas técnicas, fueron incapaces de impedir el apagón general del país, o cómo, por mera y desfachatada desidia, no evitaron los crudelísimos descarrilamientos de Adamuz, o cómo, por una inadmisible privación del material adecuado, expusieron a la muerte a los guardias civiles en el Estrecho… En fin; que a la vista de esta lista de renuncios, ¿quién, salvo un mentecato, sería capaz de considerar al tal Sánchez protector de nadie y menos de los acorralados ceutíes, si ha superado holgadamente en traiciones al legendario conde don Julián?