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TRIBUNA

Infinitas bendiciones desde la cruz

lunes 17 de agosto de 2026, 17:08h

Conocí a Marcelino Legido cuando tenía diecisiete años siendo estudiante del primer curso de filosofía y letras en la universidad civil de Salamanca. Él vivía en un edificio modernista, la residencia de los Avelinos, calle Gibraltar número 9, sede de una efímera orden religiosa que creo desaparecida hace tiempo y que ha pasado a la administración general del Estado, a cuya puerta procuro ir a rezar cada vez que me desplazo a la mágica capital charra. Con él nació mi vocación filosófica y casi todo lo mejor que no he podido realizar. Era a la sazón el profesor Legido doctor en griego clásico que enseñaba filosofía como los ángeles las cosas de la tierra, y las cosas de la tierra con la perspectiva de los ángeles, alguien que en su esplendorosa juventud deseaba vehementemente hacerse sacerdote, vocación que fue fraguando desde muy niño. Sin embargo, pospuso su ordenación porque quiso agradar a Dios Padre sin desagradar a su padre en la tierra, un poco como el filósofo danés Soren Kierkegaard. En aquel tenso ínterin las circunstancias familiares no se lo permitían, dada la actitud de su padre, un laborioso campesino entregado a las faenas rurales pero incapaz de asumir cómo su brillante hijo, joven profesor universitario cargado de futuro social y académico, podía elegir con aquella radicalidad tan suya abrazar el sacerdocio para hacerse pobre entre los más pobres de la tierra, los anawim. Para ilustrar aquella situación valga lo que un día me confió: “cada misa oferida por el sacerdote tiene un valor salvífico infinitamente redentor para la entera humanidad”. Teniendo esto en cuenta, no resultará difícil inteligir el enorme sacrificio que tuvo que hacer para redimir a la humanidad evitando contrariar a su padre. Muerto este último, habiendo abrazado el sacerdocio y siendo admirado entre los alemanes más reconocidos teólogos europeos, dedicando su vida entera a servir a las personas consideradas breviarios de podredumbre por la sociedad burguesa. Y así en la tierra como en el cielo se entregó al Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en la iglesia católica desgraciadamente aburguesada y descristificada. Su misa, su misión, su envío, su missio, pasó por esos sotos vistiéndolos con su hermosura.

Nadie conoce la verdadera faz de Cristo pretendidamente impresa en la sábana santa, pero el exocuerpo esquelético de este alter Christus que llegó a ser Marcelino era la cruz del Señor, en cuyo pecho reclinaba teológicamente su cabeza, cuyas manos se hacían pan compartido, y sus piernas camino. Marcelino, experto en mitología griega, sabía que, según la Odisea, un monstruo femenino, Caribdis -nacida de Poseidón y la Tierra- succionaba tres veces al día enormes cantidades de agua a modo de devorador remolino burbujeante devolviéndolas junto con todos los objetos arrastrados. Esta Caribdis se encontraba demasiado cerca de Scila, otro monstruo marino femenino, de ahí que la expresión entre Escila y Caribdis significaba vivir entre dos enormes peligros, pues al alejarse de uno se caía en el otro.

Hoy esos peligros antropológicos siguen causando estragos. El cristiano desespiritualizado y materialista, tan proclive a las Olimpiadas de ayuno con plusmarcas y premios y medallas más contorsiones místicas, plantea una falsa solución. Ayer mismo, un sacerdote de hiperbólico pietismo y cultos de hiperdulía se presentó al arzobispo de Madrid reclamando tiempo para jugar al tenis, porque eso le resultaba "imprescindible para llevar adelante una catequesis distendida". Se confunde el tiempo cristiano con el tiempo zen. Tres ermitaños vivían juntos en una cueva sin hablar entré ellos. Un día, un caballo pasó galopando por delante de la cueva, y los tres ermitaños lo vieron. Nadie dijo nada. Tres meses más tarde, uno de ellos comentó: “bien bonito era aquel caballo castaño que pasó por aquí el otro día”. Pasaron otros tres meses y el segundo ermitaño dijo: “aquel caballo que pasó por aquí no era castaño, sino bayo”. Al cabo de otros tres meses el tercer ermitaño habló: "si vais a estar siempre riñendo de esa manera, yo me marcho". Ya sólo falta saber qué hubiera dicho el caballo.

Marcelino no cayó en Scila ni en Caribdis porque vivió abrazado a la cruz con la fuerza que faltó a Aquiles. Marcelino sigue siendo un gran desconocido[1], como no podía ser menos en una época que rechaza a los santos y entroniza a los santones. Los designios de Dios son insondables y, cuando ya arreciaba el desamparo humano en su excipit, escribió en julio del 1994 abrazado a la cruz del Señor esta Carta a Andrea, la religiosa que le cuidaba en el pueblecito salmantino de El Cubo de Don Sancho, que se nos antoja un íncipit de su último via crucis: “hay secretamente un puente para pasar de uno a otro. Primero trabajo mucho, me canso, me desilusiono, me quemo y luego me instalo. Esos procesos del ministerio apostólico y de la vida religiosa, y del laicado del postconcilio español de quemarnos y después instalarnos; pasar del activismo mesiánico a la desilusión y de la desilusión a la instalación solamente se puede hacer a través del mástil. Y el mástil es el madero de la cruz, la mesa de la Eucaristía, la fraternidad, la fraternidad, el mástil de la fraternidad, el mástil de los pobres. Ese Cristo Pascual del grupillo de hermanos que el Señor me ha regalado, los últimos de los últimos, a ese mástil, y permanezco ahí, y poco a poco mi gozo iré alejando la oscuridad que pesa sobre el hombre. Poco a poco en el ministerio apostólico entrará a los caminos de la profunda transfiguración, del gozo, de la nueva tarea y así lograremos que la sociedad de consumo no trague al grupo apostólico, que por sus estrategias de bienestar amenaza tragar. Quería invitaros a leer el texto de Ef 3,20-21: ‘que Aquel que tiene fuerza para realizar mucho más de lo que nosotros somos capaces de pedir o sospechar, actúa en vosotros con la fuerza, que Él sea la gloria por todas las generaciones del tiempo en el tiempo’. Pues es totalmente a Él al que alabamos y bendecimos, de Él procedemos y hacia Él nos encaminamos’”. También los santos pueden enfermar mentalmente si el estrés padecido es enorme, ya sea exógeno producido por el sufrimiento institucional, ya endógeno místico y teológico, en este caso del propio Marcelino[2].

El publicitado mindfulness, atención consciente —una adaptación de las técnicas orientales de meditación reciclada por la psicología gestáltica- no cambia la vida de quien sufre depresión, aunque hoy forme parte de algunos programas públicos, y desde 2016 a 2019 el Estado español haya invertido 166.859 euros en formación en mindfulness para funcionarios. Según la Harvard Business Review, “el mindfulness puede literalmente cambiar tu cerebro”. ¿El de quién? En un mundo que premia el éxito dudoso, sólo el creyente a tumba abierta resucita a tumba abierta. Marcelino, voz profética, se ve obligado a denunciar con dolor la actitud de su Obispo, a pesar de que lo obedecía en todo: “no importa que las argollas estén decoradas con el nombre de obra piadosa en servicio de los pobres). Emplear el latifundio como obra social para hacer un asilo es una contradicción cuya gravedad se hace cada vez más patente ante nuestros ojos. El latifundio convierte al campesinado en un asilo, y después se dispone a recogerlo en otro asilo: hace pobres para hacer con ellos después la llamada caridad benéfica. Pero, como ya dijimos públicamente en otra ocasión, nosotros no vemos en esta forma de poseer y gestionar el latifundio más que una forma enmascarada de explotación. Es una estructura que institucionaliza y sacraliza la explotación de los campesinos ejerciéndola para practicar las obras de misericordia. Este latifundio contradice al máximo la justicia y enmascara el robo como servicio y la opresión como libertad. La aportación de algunos obispos de Salamanca al servicio de los pobres ha sido destacada, y sólo el Señor conoce sus actitudes y gestos de entrega, pero más destacable es, sin duda, el servicio humilde, escondido y, en ocasiones, heroico de los sacerdotes, los maestros, y las Hijas de la Caridad, que han dado su vida por los niños y los ancianos que se acogían al asilo de la ciudad, y el servicio de los sacerdotes y militantes cristianos que han alentado la marcha de El Cubo de Don Sancho en su trabajo por la justicia. Pero esta aportación humana y evangélica no puede anular en modo alguno la injusticia estructural del latifundio empleado para la beneficencia privada y particular. Para que la Fundación subsista y avance, el pueblo tiene que ser despojado y hundirse. El latifundio para el asilo se pondría a la altura de los tiempos dando los bienes a los pobres en la forma más humana y evangélica, es decir, en la forma en que sirviera mejor para su liberación y promoción integral. ¿Por qué no se entregan a los campesinos por un precio módico las tierras del latifundio que ya han regado con su sudor, que necesitan para vivir, y que según la justicia de Dios les pertenecen? El patronato ha rebajado las rentas al pueblo como servicio social. En ello hay una buena voluntad que debe ser reconocida. Nuestra comunidad, nuestro pueblo, es el latifundio del asilo o el asilo del latifundio; las tierras, que ya están regadas con el sudor de los pobres campesinos, se convierten en una limosna para los pobres: es una contradicción. Lo estoy viendo con mis ojos, lo estoy oyendo con los oídos y lo estoy palpando con mis manos. Suplico a Vd. que en modo alguno se venda el latifundio de Rollanejo a nadie que no sea el mismo pueblo que lo pide como una necesidad para vivir hoy y mañana. Yo, desde luego, me situaré junto al pueblo de los pobres, haciendo camino con él. Conozco las oscuridades de mi pueblo, las sufro y las amo. Amo a mis hermanos tal como son, con sus grandezas y sus miserias; les amo hasta en su individualismo e insolidaridad, hasta en su voluntad de integración y evasión en el consumo porque son los hermanos que el Señor nos confió. Pero, para ser fiel al Señor que en mí quiere amarlos y servirlos, me mantendré también en lucha con ellos, y creo que ésta será la mejor forma de amarlos en la verdad hacia su liberación plena e integral. En el Espíritu del Señor, nosotros permaneceremos. Amén”[3].

Quien esto escribe a su obispo pasó hasta su muerte veinticinco años en El Cubo, en la raya con Portugal, de 1972 a 1997. Al llegar, el pueblo tenía unos mil habitantes, el año 2021 unos 325. Pueblo dividido, enfrentado entre los obreros (débiles, a los que él apoyaba) y los labradores (más pudientes, pero no ricos), con un salón para obreros y otro para labradores. La posición de Marcelino llegó sin quererlo a dividir a las familias, algunas de las cuales lo acusaban de comunista y de miembro de ETA. emocionado “al grupito de los que íbamos con él nos quitó mucho de dormir y nos llevamos muchos -berrinches”, pero su lema era: “con los pobres contra los ricos, y con Jesús contra los pobres”, Pedro, nonagenario, dice al respecto emocionado: “Marcelino decía siempre la verdad”. Sus líneas de trabajo eran dos, las mismas del comienzo de su estancia en Alemania: una Escuela de la justicia (bien común) y una educación distinta. Tránsito, una de sus discípulas y maestra de un pueblo cercano, responde a nuestra pregunta por lo que pueda quedar de entonces: “¡Queda el cómo nos queremos! ¡Vida interior!”. Vivió el santo al principio en la cuadra de Fidela y Corrado, padres de Celes (luego monja de clausura) y de Benito (que ya estaba formándose para cura y murió antes de un infarto), acondicionada con una estantería con libros, mesa camilla, una silla y brasero de cisco, donde pasaba frío[4].

Si primero se encargaba de El Cubo, más tarde también de Traguntía (que en 1917 contaba con una población de 20 habitantes), Peralejos de Arriba (40 habitantes) y Peralejos de Abajo (140 habitantes). Mucho pastor para tan pocas ovejas, eso no importaba, pues conocía a cada una de ellas: “se gastó entre nosotros y todos los recursos le parecieron pocos para transmitirnos su bien vivir en Dios y, en la medida de lo posible, todo su saber. Como si su aportación resultase insuficiente, hizo llegar hasta aquí a grandes personalidades de la Iglesia y del mundo de la cultura; nos veía tan necesitados de aprender tantas cosas. Pasó tantas horas en el lugar donde rezaba en la Iglesia, que dejó marcas en el suelo. Rechazaba ayuda para trasladarlo en coche, porque decía que prefería seguir andando y rezando muy a gusto en compañía del Señor.

[1] Cfr. VVAA: Marcelino Legido. El esplendor de la gracia. Homenaje a Marcelino Legido. Secretariado Trinitario, Salamanca, 2018.

[2] Cfr. https://marcelinolegido.es Más modestamente, también la biografía de Díaz, C: Marcelino Legido. Ed. Mounier, Madrid, 2022.

[3] Carta a don Mauro, obispo de Salamanca, presidente del Patronato de la Piadosa Fundación Vicente Rodríguez Fabrés (Pentecostés, 1981).

[4] “Austero hasta el máximo, no le dio al cuerpo ni una sola satisfacción ni en el comer, ni en el beber, ni en el dormir: fue un ejemplo sublime de austeridad. Pese a su sabiduría y su santidad, se hizo el más pobre entre los pobres y el más humilde entre los humildes, a los que sirvió en lo que llamó escuela de la vida y escuela de la justicia” (Juan Bosco Sardón: Nuestra tierra ya es nuestra. El Cubo de Don Sancho. Idemdigital, Salamanca, 2017, p. 140)

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