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TRIBUNA

Los enemigos interiores de España

martes 18 de agosto de 2026, 19:53h

Una vez se ha iniciado el proceso de ocupación del territorio por Marruecos --¿hay alguna duda de la complacencia del Gobierno? ¿seguiremos atendiendo a los detalles de teatral ismo cínico que muestran los ministros y los mercenarios de la información? ¿Acaso el Presidente del Gobierno compatibiliza la tiranía contra el pueblo español y la sumisión a Mohamed VI? --, el Estado Social español esté adelantando su final. La situación es muy grave porque claramente están preparados los enemigos interiores y exteriores de acabar con España. Aunque los proyectos de unos y de otros no siempre son compatibles, el PS se ha quitado definitivamente la careta y apoya la reconquista musulmana a lo que cree que es su tierra, dâr al islam, entregado a defender la absorción de España por Marruecos, con unas Fuerzas Armadas en disposición de rendirse sin cumplir con su función principal –“Yo prefiero que me maten a matar, soy ministro de Defensa” (J. Bono)--.

En principio, todos los colectivismos son universalistas, aunque en la práctica excluyen a amplias capas del conjunto social y siguen viendo en el Estado el medio principal para llevar a cabo el proyecto de enriquecer a sus simpatizantes y destruir las bases de la ciudadanía. En España, desde el Gobierno y los partidos que le sirven se ha obligado a la estatalidad a adaptarse a los dogmas ideológicos que le están llevando a la máxima degradación. Han hecho del Estado un aparato cada vez más ineficaz, excepto en las confiscaciones progresivas del trabajo y del patrimonio, en la extensión de la incultura y a la represión de los disidentes. Salvo que haya un cambio drástico en la política española, no parece que pase mucho tiempo para que parte del territorio del Estado y de la sociedad estén listos para ser entregados al enemigo del sur.

Ante esta situación, son demasiados los individuos que en la sociedad española se mueven entre la indiferencia y la pasividad, sin importarles que les estén explotando los nacionalismos, la burocracia europeísta y los cuadros de la partidocracia. Uno de los enemigos interiores, los nacionalistas, aprovechándose de su posición tenebrosa, extraen cuantiosos beneficios monetarios y privilegios políticos al resto de los españoles, que lo aceptan con benevolencia y hasta con agradecimiento. No es difícil entender la relación que se establece entre el explotador y el que se conforma con que le exploten. Los individuos nacionalistas, atiborrados de opiáceos ideológicos, se sienten biología elegida, juzgándose a sí mismos como una expresión orgánica superior de la naturaleza (Blüte), que ha sabido escoger la mejor tierra (Bode). Motivo por el cual entienden que con tal alto grado de excelencia no podrían seguir compartiendo la misma historia con los seres inferiores –españoles y españoles que no quieren serlo--. También apoyan que España sea entregada a Marruecos, sintiéndose a salvo de su imperialismo. ¿Creen que podrán escapar a la posible absorción por ser racialmente superiores? ¿Veremos pronto a las nekanes con hiyab?

Los partidos nacionalistas al ser racistas prácticos, que compaginan con su mentalidad iluminada, rechazan formar parte de una Nación histórica que ha tenido un lugar preeminente en la historia universal. La influencia de las ideologías racistas, al tiempo que multiculturalistas, ha llevado a los que no tienen pasado propio, ni pueden presumir de haber escrito una media línea en la larga historia universal, a inventar unas vivencias, que se creen los “ingenuos” amantes de las fantasías. Han encargado a unos profesionales, contrarios a la ciencia, a los anti-historiadores, muy bien retribuidos monetariamente o colocados en cargos públicos, la creación de relatos prescindiendo de los hechos y escondiendo la verdadera historia del separatismo, la del caos y el terrorismo. Los nacionalistas periféricos al vivir biológicamente, no tienen una vida de conciencia (Ortega), al estar penetrados hasta el fondo de su helado corazón por la mentira, puestos en vía hacia una real inexistencia al carecer de trascendencia. Desprendidos de sus verdaderas raíces, a los separatistas les falta todos los empalmes precisos para formarse como seres dotados de racionalidad y memoria auténticas –una consecuencia del adanismo mecanicista--. Su interés ideológico-monetario les ha conducido a una disminución de sus capacidades intelectuales, lo que les impedirá proyectarse hacia el género humano –la aldea que no evoluciona--. Entre los varios perfiles de separatismo, son mayoritarios los que combinan a Lenin con Alfred Rosemberg y otros tantos a J. Menguele con Leopoldo II, creyendo que el resto del territorio español es un jardín sometido a explotación. A esta mentalidad se apuntan también los españoles antiespañoles -apátridas con pasaporte nacional-- que reniegan de su raíz hispánica.

Los nacionalistas no son los únicos enemigos interiores, porque con antecedentes de hace más de un siglo, habitantes de otros territorios nacionales reniegan de sí mismos. Están poseídos por una cólera incontenible contra su españolidad, al mismo tiempo que poseen un sentido de inferioridad respecto de los habitantes de otros países desarrollados. Un amplio espectro de la población no puede valorarse a sí mismos objetiva y positivamente --¿qué diría Freud?--, mostrando una servidumbre respecto a partidos y grupos que buscan destruir la historia de España. Esta autonegación de la Nación histórica y de sí mismos, les conduce a apoyar, ad exemplum, la lucha socialcomunista contra cualquier intento de elevar la tasa de natalidad de los españoles –odio a la familia que no sea la suya--, llevándose a efecto con gran eficacia la unión de consumismo con el colectivismo degradante. El desierto espiritual provocado por los contravalores progresistas, condena la necesaria reproducción de los nacionales –recelo extremo a que el español aporte una nueva vida--, y obliga a que el País se vaya cubriendo con la aportación demográfica procedente de otros lugares. Con años de retraso siguen la estrategia del cambio social que impulsara la socialdemocracia sueca desde la década de los años 70 del pasado siglo. Los antiespañoles, que carecen del mínimo sentido afectivo hacia la colectividad, al estar en la sociedad marcados por el odio y la utilidad, (F. Tönnies) y compitiendo por ser los más progresistas del planeta, ya no se esconden en favorecer al enemigo exterior y marroquinizar España.

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