Me preguntan si puedo concretar en qué consiste la sorpresa que prepara Sánchez para mantenerse en el poder. Si quiere salir del callejón en que está metido su biografía futura depende de ello y la biografía antecedente la hace inevitable. Lo que está en juego en ese desenlace es el bienestar colectivo, la unidad de España, la estabilidad social, la desintoxicación de un generalizado proceso de corrupción sin precedentes, que trata de convertir la razón de un gobierno en razón de Estado. Lo preocupante es que este proceso se ampara en un proyecto político para desligar la legitimidad del ordenamiento de la constitución actual y anudarla a la de 1931, cuando se construyó un muro que llevó a los constructores a aislar a los del otro lado y, a los del otro lado, a derribar el muro. No es un problema originado por una oposición blanda o carente de liderazgo, sino el efecto de un resquicio dejado abierto por la buena fe de los fundadores del 78, que no imaginaron aventurar un momento de la Monarquía que tuviera que defenderse por un ataque perpetrado desde dentro para derribarla a cámara lenta.
¡Qué sorpresa se prepara? No estamos preparados para responder porque estamos ante un dirigente imprevisible cuya capacidad imaginativa acaba desbordando la capacidad del intérprete. Quien pergeñó durante la pandemia un encierro inconstitucional de la sociedad que le permitió abusar del poder ejecutivo para urdir una trama de corrupción es capaz de todo. No es la audacia creativa de Sánchez, como dice a veces Arturo Pérez Reverte, lo que le hace indescifrable. La pericia del criminal que aguarda en una esquina para robar la cartera le invisibiliza. Se ha dicho con motivo que una sociedad es libre cuando se sabe que, tras la puerta, el que llama no es un inspector de hacienda o un policía sin orden judicial, sino el lechero. En una sociedad estable no ocurre lo que ahora en todas las esquinas de Ceuta, donde el ciudadano ha de prever un descarriado a la vuelta de cualquier esquina. Más imprevisible esperar lo que prepare un gobierno corrupto para evitar ser encarcelado uno u otro miembro. Solo tiene como salida institucionalizar la corrupción.
Sánchez es capaz de hacer lo inimaginable porque no hayos límites para marginar el mal. ¿Se podría estar preparando un atentado como el que llevó a Zapatero al poder? Se podría, pero habría que probarlo. Si se asegurara sin datos se delataría al calumniador, o, como ahora le gusta decir a Borrell al referirse a Ceuta, a acusar de radicales a los ciudadanos que llaman invasores a los que invaden su ciudad. Hay que precaverse de calificar a quien muestra carecer de líneas rojas mientras finge no saltárselas.
Si se hubiera acusado a Sánchez, tras su reclusión de cinco días por mor del amor a su esposa, de que los había dedicado a preparar una ciénaga para sumergir en ella a los que tienen por función limpiar los estercoleros del Estado, podía haber salido mal parado. Solo después, cuando se consigue pillar a Leire con las manos en la ciénaga, se puede aventurar una hipótesis consistente sin riesgo para el informador. Y, con todo, el informante tiene que tener cuidado por si le llega por sorpresa una embestida mientras arregla la rueda de una moto. Leire no andaba sola, y la gran mayoría de españoles sabe que, si podía ejercer su actividad en la nocturnidad, era porque contaba con el respaldo del único que podía respaldarla.
Todos los golpes de Estado se preparan entre bambalinas. La diferencia entre un golpe de Estado híbrido y un golpe de Estado directo, como el del 23 F, estriba en que el golpista directo se declara en público y sale en la tele. Aquí la tele y muchos más se ocupan de invisibilizarlo. El hibrido se prepara con cautela desde dentro, usando los instrumentos del Estado para debilitarlo. La cobertura legalista dificulta o impide que se pueda denunciar o probar lo que está haciendo porque, en Ceuta, o miente Robles o el Gobierno. Y mientras el Congreso se ocupa de reprobar un mentiroso camuflado el golpe híbrido se renueva. La habilidad de Sánchez se concreta en camuflarse durante cinco días para pertrechar una declaración amorosa que encubre el plan de asalto a las fuerzas de vigilancia del Estado encargadas de proteger su decoro. Si a esto se le llama inteligencia, tiene razón Pérez Reverte, Sánchez es el más diestro de los españoles.
Esta táctica sitúa a la defensiva al que trata de evidenciarla. En el lenguaje de Borrell, alarmar sobre los que se alarman en Ceuta, exponerlos al ridículo de la exageración por alarmistas. En el de La Vanguardia, prescindir de López Burniol, colaborador tras quince años, por describir lo que está la vista sin acritud. Es el estilo de El Pais, llamar la atención sobre el piso comprado por el gobierno de Ayuso mientras tiemblan las calles ceutíes por la inercia del gobierno de Sánchez. Ignoro si Oughourlian es parónimo de La Vanguardia. Esta vive del presupuesto y de Salvador Illa, mientras que el armenio trata de recuperar sus inversiones a ser posible con ganancias.
El despido de López Burniol no escandaliza ya porque se prescinda de un colaborador que disiente editorialmente del periódico, sino porque una representativa institución de la burguesía catalana editada por Javier de Godó muestre explícitamente su decisión de apoyar la corrupción como sistema de gobierno. Extraña menos que el Partido Socialista, degenerado en sanchista, y sus huestes electorales prefieran no olfatear para no atufarse al votar. Hasta los ejemplos críticos, como el artículo de Lluis Foíx, un cronista asiduo de La Vanguardia, disimulan su cohabitación con la perversidad entre titubeos elusivos. En un reciente análisis sobre la evidente pérdida de credibilidad internacional de la deficitaria gestión de Sánchez en Europa, reclama lo que parece más razonable, una colaboración entre gobierno y oposición. Podrá ser ingenuidad o alevosía, pero olvida que Sánchez ha hecho de su política un muro de división que situaría a la oposición en el contexto de respaldo a una corrupción institucional impulsada desde el Gobierno. Que la televisión española se preste a comulgar con ruedas de molino es ahora cuestión de supervivencia del sanchismo, que lo haga El País es indecencia y sumisión, que lo haga La Vanguardia es exprimir más el limón que alimenta el único interés que comparten los implicados en el golpe híbrido. Todos encubren la sorpresa.