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TRIBUNA

Valentino a los cien años

domingo 30 de agosto de 2026, 18:18h

Hace un par de domingos se cumplió el centenario de la muerte de Rodolfo Valentino. No encontré ni un breve recordatorio en las páginas de cultura o de sociedad de nuestros grandes diarios, cuanto expresa el actual y desdeñoso olvido de una figura que hasta hace unas décadas, sobre mito del cine mudo, representaba al galán por antonomasia.

En efecto; tras el estreno por la Metro, basado en la novela de Blasco Ibáñez, de Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921); un film tanto de su director, Rex Ingram, como de su guionista, June Mathis, quién, además, resultó sustancial para la elección de Valentino como cabeza del reparto y con tal acierto que salió convertido en el prototipo —al menos para el celuloide— de la más exquisita y sugerente virilidad. Título que ostentará durante el resto del siglo, aureolado por su muerte cuando sumaba unos escasos treinta y un años y tres meses, al punto que sucedió algo hasta entonces insólito: muchas jóvenes no solo se desvanecieron al escuchar la noticia sino que unas cuantas, en un rapto de histeria, llegaron a arrojarse por la ventana más próxima; y eso que apenas si lo habían escuchado por la radio o lo habían visto fugazmente en la tournée por los EEUU que Valentino emprendió, durante 1923, con su segunda esposa, Natacha Rambova, promocionando productos cosméticos y participando, como atractivo señuelo, en todo tipo de certámenes públicos. Signos indudables de la nueva sociedad de masas, donde el cinematógrafo se estaba descubriendo como su genuina expresión.

Ya lo había percibido Lenin, pero también unos cuantos judíos emigrados a Norteamérica; aunque estos sin otra pretensión que la pingüe taquilla acopiada por el novísimo y, entonces, casi circense espectáculo. En cuanto al provecho fílmico de Valentino, asciende a una cuarentena de apariciones en la pantalla que, desde las dos decenas iniciales donde son fugaces y hasta anónimas, van remontándose a la última veintena, donde ya lo encontramos encarnando al protagonista. Por fortuna, de estas postreras y significadas actuaciones se han perdido solo cinco, cuanto nos permite aún apreciar sus tan legendarias como cautivadoras dotes en El jeque (1921), o en Camille (1921), o en El águila negra (1925), o en Cobra (1925), o en El hijo del jeque (1926), o en su preferida, Sangre y arena (1922), por mencionar quizá las más interesantes. Sin embargo; más allá de estas muestras donde nos dispensa todavía aquel hechizante glamour, incluso más allá de sus acertadas opiniones sobre Hollywood, cuando aseguraba que solo estaban rodando algo meritorio Griffith, Fairbanks o Chaplin, e incluso más allá de sus escabrosos y ambiguos amoríos, como los de otros tantos buscavidas, aterrizados por casualidad en aquel nuevo negocio para feriantes y lunáticos llamado cine, me gustaría que reparasen en el trío de mujeres que configuró el mito tanto ante como tras la cámara. Dos de ellas, ya las he mencionado: June Mathis y Natacha Rambova; la primera no solo fue su ferviente defensora, tras verlo como secundario en Eyes of Youth (1919), y la propiciadora, desde su gran poder como guionista y casi productora ejecutiva en la Metro y, de seguido, en la Paramount —entonces, la Famous Players-Lasky—, de sus mejores actuaciones, como Los cuatro jinetes del Apocalipsis o Sangre y arena, hasta que aconteció una agria y zanjadora discusión a propósito del guion para la inconclusa El halcón encapuchado. Un traspiés casi garrafal para Valentino puesto que Mathis, hasta su temprana muerte en 1927, mandaba mucho en aquella recién nacida industria, tanto como luego el magistral Irving Thalberg.

Y en buena medida aquel berrinche vino propiciado por la siguiente fémina, Natacha Rambova, quien no contenta con adueñarse desde 1921 de su vida íntima, y controlar su correspondencia y sus apariciones públicas, llevada de sus delirios artísticos, acabó por arrogarse el diseño del vestuario de las producciones donde interviniese Valentino, y si podía, también de la decoración y, de cuando en cuando, hasta discutía encuadres de cámara con el director correspondiente y en el caso anterior, hasta el guion con la gran June Mathis; al punto que Fairbanks y Chaplin —una vez comprometido Valentino con la United Artists— consiguieron, primero, expulsarla de todo rodaje y, un año antes de su muerte, de la vida del actor. La tercera mujer y no menos capital en la formación del mito Valentino, fue la actriz, guionista y directora Alia Nazimova, quien, durante la preparación del rodaje de Camille, donde Valentino interpretó a Armand, le imbuyó de aquella inusual y embrujadora forma de seducir, incluso, lo convenció sobre la importancia del ingrediente estético en toda filmación. De modo que si alguna vez piensan leer alguna biografía de Valentino, no olviden proveerse de otra más sobre alguna componente de este trío femenino para poder reconstruir aquel prodigioso e irrepetible Sunset Boulevard, sin el cual Rodolfo Guglielmi nunca hubiera sido Valentino.

Con esta evocación del mito, espero haberles distraído tanto como yo me he evadido por unos momentos del catastrófico robo del tesoro de mi pueblo, Villena, un prodigio irrepetible de la época argárica, o de la hastiante aflicción al contemplar a un gobierno incumpliendo, día tras día, el fundamento ancestral de su naturaleza y, por tanto, el más elemental de todos sus mandatos: proteger a sus gobernados; ¿o acaso no ha abandonado en un hediondo pudridero a ochenta mil compatriotas en Ceuta? Es más; me pregunto: ¿no será esta una infausta advertencia de la irreparable calamidad que todavía nos aguarda?

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