Ceuta no podrá sobrevivir sin que la autoestima propia y la estima española recuperen la seguridad jurídica, la paz social y la higiene pública. Al intervenir el Gobierno el puerto naval contra la voluntad del vecindario agrava su descomposición. El realojamiento de invasores antepone sus reclamaciones bárbaras a la protección de los ceutíes. Para los griegos, bárbaros eran los forasteros de su ciudad. En Ceuta viven hoy tantos habitantes como intrusos ajenos a los seculares hábitos urbanos, sean marroquíes islámicos o nómadas portadores de fetiches. El rey Mohamed les dio licencia para ocupar la ciudad en un día y Sánchez, siguiendo instrucciones, los ha alojado. Nadie puede asegurar que no lo repitan en cualquier jornada. El puerto se ha desguarnecido de guardias al abrir sus puertas por orden marroquí para decidir quién entra o sale de la ciudad.
Tras un mes del fructífero asalto, Ceuta pasa a ser, de una ciudad invadida, a un puerto sellado. El Estado de Sitio comienza por los puertos. Muy pronto sus ciudadanos quedarán enjaulados, luego pasarán a ser prisioneros en su ciudad. No se atisba, entre los que tienen atribuciones sobre el tránsito fronterizo, que, si se ampliara el aprisionamiento desalojando el campo de fútbol o un parque urbano para sostenimiento de los que llaman dulcemente “migrantes”, los responsables del sabotaje se apuren por defender la ciudad de la ocupación extranjera. La playa de los ceutíes ya no es suya. Tampoco los atiborrados hospitales. Si hubiera otra avalancha, la señora que manda en la defensa ahorrando aplausos, no desatenderá su ministerio por tan nimia causa.
Para proteger esta frontera española lo más urgente es proceder a la evacuación de un censo sobrevenido en el que concurren, mezcladas, todo tipo de agrupaciones humanas. Los espías infiltrados por Marruecos para promover el caos ciudadano y hacer irrespirable la atmósfera urbana –sembrar el caos no es más que la prolongación de la invasión por otros medios–-; las pandillas confabuladas que asfixian la vida de los ceutíes; los delincuentes en potencia y en presencia que han desbordado las previsiones; los deambulantes de toda guisa, algunos advenedizos inocentes. Es imposible satisfacer de inmediato las necesidades de una población duplicada de la noche a la mañana, reprimida por un acogimiento irregular donde se ocultan toda suerte de motivaciones. Por mucha buena voluntad que los ceutíes pongan, y ya han agotado su paciencia, no hay posibilidad de cobijar esta aglomeración para acomodarla en una ciudad que ha perdido su hábitat repentinamente al desbordarse. El Gobierno se mofa de sus quejas. Los marroquíes alegan que es culpa suya por no haber previsto la crónica de un acoso largo tiempo anunciado.
Lo urgente no es rememorar a García Márquez, sino cómo salvar a Ceuta de la impostura. Albert Camus describió la agonía de Orán durante su encierro por la peste: “pasan los días fácilmente en cuanto se adquieren hábitos, y puesto que nuestra ciudad favorece justamente los hábitos, puede decirse que todo va bien”. Todo fue bien hasta que los hábitos de Orán fueron súbitamente alterados por los presagios asociados a las ratas infecciosas. De la suciedad se pasó a la enfermedad, de la pobreza irremediable a la violencia creciente, del aumento de la insalubridad a inocular la septicemia, de la ponzoña inoculada al contagio irreprimible. Si ponemos nombres a esos vaticinios, el desorden colectivo pasará en Ceuta del enfrentamiento airado a la delincuencia agresiva, de la agresividad descontrolada al aumento de las violaciones, de las violaciones crecientes al sida o la sífilis transmisible. La expansión sarnosa o la epidemia esperan a las puertas del caos programado.
La ciudad apenas sobrevive en este paisaje de desolación y abandono. No hay playa para los ceutíes, no hay colegios para el próximo curso, no hay seguridad para las hijas, no hay sosiego para una convivencia cívica, no hay entrada en las urgencias, apenas atención sanitaria para las víctimas. A pesar de la lección de civismo y paciencia que los ceutíes están ofreciendo al resto de los españoles, Ceuta es ya una ciudad perdida en el tiempo. Aguantar más se hará imposible. El alcalde podría verse obligado a ordenar una cuarentena. Es la autoridad indicada para hacerlo. Tendría que contar con la inverosímil colaboración del delegado gubernamental que tiene prelación sobre guardias civiles y policías. Más que asegurar la frontera, sl Gobierno expone el puerto intervenido a las marrullerías pactadas por Marruecos y Sánchez.
Ante este escenario lo que urge es rescatar Ceuta antes de que desfallezca. Antes de que se evaporen los restos de dignidad que conserve “la integridad territorial española” para recurrir a tiempo a los medios que se usan cuando la tierra es violada por haberse tomado al asalto un recinto patrio. Ceuta ya ha perdido sus hábitos, su playa de verano, su estabilidad social, su orden administrativo. Comienza el periodo docente para que sus hijos puedan dilapidar un curso reglado. La incontrolable concentración y el bloqueo del puerto impiden cualquier rápida normalización. Asumido que el goteo de devoluciones por procedimientos judiciales también es impracticable a corto plazo, hay que dar por perdida la batalla contra la invasión si no media un pacto sin dilaciones de las CCAA. Es improbable, pero tal vez factible, una pronta evacuación de los invasores. La oposición queda a prueba de su patriotismo. Salvar a Ceuta es la primera urgencia. Está por encima de pasar o no por un aro gubernamental impuesto sin escrúpulos.
La segunda urgencia es echar a Sánchez lo antes posible. Ceuta reclama ser defendida. No se la puede defender mientras esté Sánchez. Como ha escrito recientemente en El Debate el almirante Garat, con cuyo parentesco me honro, Ceuta ha perdido definitivamente el envite de la invasión, no el desenlace de la partida. Marruecos tiene que enterarse presto que perderá el órdago si se le da la respuesta que su falsedad merece. Necesita una demostración de fuerza cuyas líneas maestras ha expuesto el almirante: enseñarle las uñas como se hizo en Agadir en 1957 cuando los marroquíes enviaron a los insurgentes a tomar Sidi Ifni. Liberar Ceuta corre a la par con la expulsión del subalterno marroquí. Un Sánchez bajo mando del rey autócrata, que finge defender una frontera a la que impide que visite un Rey parlamentario, nunca lo hará.