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TRIBUNA

Manu Sánchez: el discurso del odio

lunes 14 de septiembre de 2026, 20:04h

He visto a un humorista subido al púlpito televisivo y digital lanzar un duro discurso contra el odio. Investido de bondad Manu Sánchez ha decantado de sus palabras todo resto de odio. Convertido en luz perfecta, su pureza es aterradora.

Ha decidido amar con toda su ira y su voz destemplada. Odia al odio de tal manera que no deja espacio para la comprensión. Naturalmente ese odio es una personificación que puede funcionar de inmediato como diana. Diana de un amor criminal. No sé por qué Manuel Sánchez odia de ese modo, pese a que pretenda personificar el amor. Es un sandio rotundo que enfatiza su acento como si quisiera ser el poeta entumecido de un sur sin alegría.

“El odio”, dice Sánchez, teme a su historia. Como si no hubiera otra historia que la historia del amor, como si su figurita de danzarín ocupara toda la escena. Sánchez el de la televisión, como el soñador de La Mareta, es un agente más de la “monotonización del mundo”(die Monotonisierung der Welt) en expresión de Stefan Zweig. Agente bobo de la homogeneización o del aburrimiento lo que es mala prenda en un cómico.

Manu Sánchez es, en fin, un charlatán con programa propio. El odio es Manu Sánchez soltando lapos contra el rostro de tantos, el odio es Manu Sánchez llenándose la boca de palabritas sublimes pero vacías. El odio de Don Manu es el orden del mundo, el dogal del perro, la voz escondida de los dominantes, el odio es el señor de sus señorías.

¿Por qué dedicar tiempo a algo tan insignificante? Por no abrirme paso a dentelladas, por no buscar la raíz de esta mala hierba, por no rasgarme las vestiduras frente a nuestros esperpénticos señores. Porque no quiero dar cuerda al odio que convive en mi corazón con el amor. Por eso me detengo en la estúpida facundia con la que este señorito predica su asco, porque da más asco detenerse en uniones europeas y soplagaitas parlamentarios con el surco de sangre que dejan sus actos, con la riada de dolor y de llanto que producen sus melindrosas palabras.

Más de seiscientos millones de personas hablan en el mundo la lengua de Cervantes mientras cae en pedazos el tejido peninsular que la animó en el pasado. Reparen en que es la lengua en la que escribo y acaso comprendan mi dolor. Sepan que es el paisaje que habito y acaso comprendan mi pena. Cuando abro el cubo de la basura – que son las pantallas que monitorizan nuestra vida – me ataca la melancolía o me toma una convulsión de asco. Trato de contener el odio pero me asalta en la forma de náusea o de tristeza. No gozo la bondad sin mancha de Manu Sánchez.

No hay posibilidad de huida porque el aire que respiramos está hoy saturado por el brillo electrónico que hace irrespirable el mundo. Vivimos en una atmósfera de barbarie bien gestionada. El cómico sin gracia, grotesco y estridente tiene su caterva de seguidores como tantos otros. Hay gente para todo y todo está distribuido en el aparente desorden, que simula libertad, de las pantallas. Tras la barahúnda digital está la potencia electrónica de los algoritmos, la afluencia insaciable de datos infinitos en el Mercado Total al que la historia nos ha conducido. Y allí está el cómico emitiendo su bondad tremenda y pavorosa.

Vamos de aquí para allá, con la conciencia agotada por un incesante vaivén, y estamos cada vez más lejos del trato directo con el mundo. Hemos interpuesto tantas mediaciones entre nuestros ojos y el mundo que nos haría daño la luz solar y plena de la realidad. El cómico grandilocuente es sólo uno de los esclavos menores de los grandes arquitectos del orden virtual. Es fácil no escuchar la voz atronadora de este amor espantoso, pero no es tan fácil desconectarse de la ponzoña informativa, sobreponerse a la miasma educativa, a la irradiación de los gerentes de la Cultura. Manu Sánchez es un ejemplo más de la voz teatralmente exasperada del mundo, la voz que, vestida de bondad, emana un odio abismal a todo aquel que se atreve a mirar la realidad con sus propios ojos.

A veces para ver hay que cerrar los ojos a los espectros luminosos de nuestro tiempo. Para escuchar de verdad hace falta siempre silencio. Y es en el silencio donde crece la paz y se templa el odio. Es en el silencio donde puede nacer el perdón.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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