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TRIBUNA

El reemplazo del ciudadano por el hombre planetario

martes 15 de septiembre de 2026, 18:31h

A excepción de aquellos que consideran que el mal no existe, la mayoría de las personas siguen defendiendo los principios clásicos sobre la justicia, la libertad… siendo la base de los tratados y acuerdos internacionales y por los cuales las instituciones internacionales justifican su función. También en el código ético-jurídico de la humanidad, los derechos humanos -convertidos en una ideología-, ha incorporado en su articulado los principios inmutables -“derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (Preámbulo de 1948)-. En consonancia con la incorporación de los principios a nivel universal, ha podido aparecer en la mentalidad social global una unidad de valores, aunque demasiadas veces se ha producido un quebranto en la aplicación de las referencias morales y en la axiología jurídica. Principalmente por dos motivos: Por la dificultad, cuando no la imposibilidad, de aplicar en los países desarrollados sus fundamentos teóricos, las intenciones modelo y las suposiciones arquetipo. Y, segundo, los valores son diferentemente interpretados y adaptados a las situaciones concretas. A pesar del buenismo instalado en las sociedades desarrolladas, la política internacional -cuyo presupuesto se basa en la relación amigo-enemigo (C. Schmitt)- se impone completamente sobre el Derecho Internacional Público. A estas limitaciones se ha extendido la hipocresía humanitaria en los países desarrollados, ocultando que la liberación de los pueblos, y menos aún la solidaridad internacional, han dejado de ser fines que haya que alcanzar. La internacional progresista, además de perseguir la reducción de la población mundial y apoyar la concentración del capital en muy pocas manos, su objetivo principal será conseguir la servidumbre de la mayor parte de los habitantes del planeta. Lo podrá lograr siempre que se forme una mentalidad social acorde con los intereses del poder dominante y se consiga apartar a los individuos de la razonable objetividad que reclama la realidad. En paralelo a este ejercicio del poder globalista, existe la necesidad de acabar con la Moral, por lo que el poder progresista hará lo posible para que las conductas personales estén fijadas por los valores y contravalores a tenor del interés y el ánimo de los gobernantes. En esta línea deberá desaparecer la voluntad libre de la persona, prohibiéndose la práctica de las virtudes como un medio decisivo para formar la personalidad. Las conductas se deberán adaptar automáticamente a la legislación que requiera cada día la voluntad política, a tenor del clímax que deseen estimular los que detenten los poderes.

Lógicamente la ética mínima habrá de desaparecer, sustituida por una ética flexible presentista y decisionista. El progresismo defiende una ética alejada racional y emocionalmente del bien. De esta manera, se podrá formar un individuo sin referencias, extremadamente cosificado, deshumanizado (M. Heidegger), sin lazos sentimentales que le una a otras personas, especialmente con las personas de la familia, generadora del mayor nivel de egoísmo. Su estrategia se confecciona para que el individuo se adapte permanentemente a las circunstancias establecidas por la conjunción astral, que consistirá en superar las relaciones interpersonales para que surja el prototipo de individuo entregado sin ataduras a la humanidad, el hombre planetario que se ausenta de sí mismo. Así será más fácil prever que mucha gente se someta a este nuevo despotismo sin resistencia, con un alma esclava, eliminando el deseo de solidarizarse con el resto de la sociedad.

Puesto que la libertad esencial de la persona deberá desaparecer -¿libertad para qué?-, para la ética progresista lógicamente no tiene la menor importancia la valentía, la caridad, el sacrificio voluntario, descartando completamente la búsqueda de la verdad. Los individuos deberán conformarse con tener una opinión reglada, muy simple, falsa e inconsecuente suministrada por los propagandistas del sistema, que no tienen que demostrar sus contenidos -¿inteligencia y sabiduría, para qué?-. Basta simplemente con subordinar la ciencia a la creencia banal, y dejarse llevar por la tendencia a que se expanda la estupidez por todos los recodos sociales. Se logrará entonces que se acepte que el poder pueda cambiar de opinión a cada momento -en España con éxito de público y crítica-, incluso contradecirse, hasta que se reduzca significativamente el sentido común en los mass-media. Es evidente que hace tiempo que esta tendencia está dando resultados espectaculares en las mentes obtusas.

Los progresismos actuales en plena degeneración hacia el wokismo, a su vez una corriente putrefacta de la cultura, son los principales impulsores de la expansión conjunta del hipercapitalismo y el socialcomunismo, encaminado a reemplazar al ciudadano por unos siervos sin alma ni fe. Para lograrlo, sus actores están tomando medidas para reducir el bienestar social mediante el decrecimiento económico que afectará a casi todas las personas -¿incompatibilidad entre el bienestar social y el bienestar del planeta?- y aumentar exponencialmente el número de pobres que gozarán de la vida por no tener nada -la progresista Monarquía española a través de la Reina consorte, tan preocupada porque la gente sea feliz, se ha mostrado favorable a que disminuya su nivel adquisitivo-. Así se demostrará que eliminar lo innecesario (?) -¿acaso con un poco de comida y una solución habitacional compartida con muchos no es suficiente para vivir con plenitud sin tener necesidades superficiales?- no es incompatible con defender a la persona como sujeto de derecho y derechos ilimitados. El progresismo cuenta con el miedo y el servilismo de las sociedades, por lo que casi todos sus componentes aceptarán la expropiación de las propiedades y libertades (de los demás). Se supone que las personas terminarán por creer que cediendo su derecho a la vida a quienes tienen el poder de quitarle, conseguirán salvarla.

Con este panorama, no cabe extrañarse que las “democracias reales” disminuyan y paralelamente surjan los despotismos, que se sostendrán por la influencia de las enormes fortunas, la fuerza institucional de las oligarquías políticas y por la burocracia ubicada en los cuerpos de gestión, desarrollando una economía de datos, subordinación absoluta a la tecnología y de especulación financiera que hace cada vez más inviable una vida humana en libertad. De esta forma, para implantar la organización del caos se está avanzando rápidamente hacia el objetivo colectivista de acabar con todos los órdenes y, sobre todo, con la libertad individual.

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