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TRIBUNA

A la albanesa, buscando claridad

martes 15 de septiembre de 2026, 18:55h

Por lo general, el modo de dar las noticias ocurridas fuera de nuestras fronteras (y aún dentro de ellas) elude dar cuenta de conocimientos que son imprescindibles para su mejor comprensión. Sin ellos no puede entenderse nada, con ellos no puede entenderse todo.

En el caso de una novela, la comprensión requiere de contextos que suelen pasar inadvertidos. Voy a esbozar aquí sólo el escorzo de una obra literaria albanesa y atenderé a dos o tres detalles.

El sur de Europa tiene tres grandes penínsulas: la Ibérica, la Itálica y la Balcánica. Esta última contiene varios países: Serbia, Bosnia y Herzegovina, Kosovo, Montenegro, Macedonia del norte, Albania y Bulgaria; y, parcialmente, Grecia, Croacia, Eslovenia, Rumanía y Turquía. Entre 1912 y 1913 se produjo la denominada primera guerra balcánica: entre los turcos musulmanes y una liga formada por Serbia, Grecia, Bulgaria y Montenegro; en ocho meses, esta mezcla de pueblos rebeldes se impuso. Nada más acabar esta primera guerra se desató la segunda guerra balcánica con un ataque de Bulgaria a Serbia y Grecia, duró un solo mes y los serbios y los griegos volvieron a ganar. Siempre interminables e irracionales fragmentaciones. Una pena, un desastre.

Al fondo de este paisaje estaba el Imperio Otomano, en el cual estuvieron integrados numerosos países actuales, Duró más de seis siglos y fue disuelto en 1922, dando paso al año siguiente a la República de Turquía fundada por Kemal Atatürk, un militar laico que decretó la igualdad de género, impuso una sola etnia turca y sustituyó el alfabeto árabe por una versión del alfabeto latino.

En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, las autoridades turcas musulmanas organizaron con absoluta crueldad la aniquilación de los armenios cristianos; se estiman las víctimas en más de millón y medio de personas.

A finales de 1912, Albania se independizó del Imperio Otomano. Pero 1913 es considerado el año negro de la desmembración de Albania: con un tratado firmado en Londres, las potencias europeas impusieron unas fronteras interesadas y al Principado de Albania sólo se le permitió acoger a poco más de la mitad de los albaneses. Las separaciones de familias y comunidades trajeron dolor, conciencia de una irremediable injusticia y resentimiento. Caldo de cultivo de odios incurables.

Los albaneses llaman a su país Shqipëria, que significa ‘hablar con claridad o de forma comprensible’. Provienen de la tribu Iliria, pueblos de habla indoeuropea que vivieron en lo que hoy es Albania, Montenegro, Kosovo y en partes de Croacia, Serbia, Bosnia y Herzegovina. Hoy Albania tiene una superficie de casi 29.000 kilómetros cuadrados; un tamaño algo menor que el de Galicia, ambas comunidades rondan los tres millones de habitantes.

Ismail Kadaré es un escritor albanés que nació hace 90 años (seis meses antes de nuestra Guerra Civil) y que falleció hace un par de años. En 1944 se estableció en su país una férrea y larguísima dictadura comunista, que fue la última en desaparecer de Europa: en 1992. Kadaré procedía de una familia musulmana laica. Obtuvo los premios Príncipe de Asturias, Booker (el cual exige una obra de ficción traducida al inglés y publicada en Gran Bretaña o Irlanda) y Jerusalén (concedido a escritores que promueven la libertad del individuo). Me voy a fijar en la novela El expediente H., publicada en 1981; salió primero por entregas en una revista literaria, sorteando la censura. Un lenguaje congelado como conexión y metáfora de la opresión impuesta por el totalitarismo que los albaneses padecieron de una dictadura feroz, obsesionada con la purga permanente de los disidentes.

En los años treinta, aparecen en Albania, procedentes de Harvard, dos especialistas irlandeses en Homero para investigar la conexión de los rapsodas locales con la Ilíada y la Odisea, su transmisión oral. El texto gira en torno al enigma homérico y al miedo turbio que hace que los eruditos sean vistos con recelo y como espías. No haré su reseña, sino que destacaré una pregunta: “¿Cómo penetra la materia de la vida en el mecanismo de la epopeya para salir de él transformada en arte?”. Y dos observaciones: “Mi trabajo como hotelero me obliga con frecuencia a tratar con extranjeros, de modo que me resultan familiares las más extrañas deformaciones en la pronunciación de nuestra lengua. No por presumir, sino única y exclusivamente, en honor a la verdad, debo decir que precisamente gracias a estas deformaciones soy capaz de distinguir, sin haber abierto aún su pasaporte, si es italiano, griego o eslavo”. Así, cuando los extranjeros se pusieron a hablar en albanés, “la lengua que utilizaban era en todo caso poco común, un lenguaje, no sé cómo explicarlo, rígido a veces, como si estuviera congelado, no sé si comprende lo que quiero decir, tal vez no consigo expresarme con claridad”. Los registros del habla que ilustran.

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