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TRIBUNA

Tontura artificial

sábado 19 de septiembre de 2026, 18:42h

Mientras el mundo adulto centra el debate social en si la inteligencia artificial constituye una fuente de oportunidades o de amenazas para la humanidad, las nuevas oleadas de jóvenes y adolescentes incorporan a su vida las nuevas aplicaciones con la misma naturalidad con la que el hombre prehistórico hacía uso del fuego o el moderno, de la imprenta. Para los neófitos el debate no es si es o no bueno para la humanidad el desarrollo de la inteligencia artificial, sino qué modelo de inteligencia utilizar para llevar a cabo las tareas que se les encomiendan. Y es una realidad que se están habituando a no pensar, a no mirar, a no aprender vocabulario y con ello a simplificar el mundo, sin que les importe un pepino que esto ocurra, porque tampoco tienen vocabulario para conformarse un sentido moral de la vida.

Se acomodan al ventajoso plan vitalicio de no tener que esforzarse para hacer casi nada, haciendo de las nuevas inteligencias artificiales un paliativo para lo que ellos consideran una tarea fastidiosa propia de los pringados, esos que todavía se empeñan en conservar su humanidad exigiéndose el tedioso esfuerzo de escribir correos electrónicos, responder a citas de amor de pretendientes anónimos, o defender una tesis doctoral en la Conchinchina. Los nuevos neófitos aseguran que pueden vivir exactamente igual si hacen uso de su menguante inteligencia que si se apoyan en el smartphone que llevan en sus bolsillos. Contraviniendo al bueno del Principito, se suman a la opinión del tramposo vendedor de que más vale consumir la píldora que te ahorra ir a beber agua que experimentar la delicia del camino para llegar a la fuente.

Y conforme avanza esta oleada de nuevos «superhombres» –esos que auguró Nietzsche cuando entendió que el tiempo lo hacen, precisamente, quienes no son educados en él-, ríos de tinta fluyen en el mundo adulto centrando el debate social en si la inteligencia artificial constituye una fuente de oportunidades o de amenazas para la humanidad. Pero lo centran vanidosamente, como si en nuestra mano estuviera decidir el horizonte hacia el cual cabalgar y marcar algo así como unos «objetivos de época». Algunos optimistas, otros alarmistas, se sitúan todos ellos desde el punto de vista del que se plantea sujetarse a la cuerda descubriendo luego que esta no se sujetaba a nada.

Hay una sentencia de Stanislaw Lem, autor de Solaris, que merece aquí especial atención: “El hombre, al contrario de lo que aparenta, no se inventa objetivos. Se los impone la época en que nació, puede estar a su servicio, o bien rebelarse contra ellos, pero tanto el objeto de la entrega como el de la rebelión vienen dados desde fuera”.

Por ello, frente a los nuevos adeptos que se entregan acríticamente al credo de la época, permaneciendo ciegos al origen de aquello en lo que creen y sin mirar más allá de la punta de su nariz; y frente a los ilusos incrédulos, que, victoriosos o alarmados, temen no estar a la altura de su tiempo mientras lo cuestionan sin cesar, conviene posar la mirada en este hecho elemental en el que repara Lem y preguntarnos, en un alarde de libertad, si realmente queremos otorgar a los objetivos de la época el peso suficiente como para convertirlos en objeto de adopción o de rebelión. Y, si no lo queremos realmente, si no es preferible continuar pensando en lugar de perdernos con tanta filigrana y artificio, no vaya a ser que el pensamiento nos ponga, de nuevo, en camino de ser.

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