“Había un tabaquero, gran trabucador de palabras, el cual, refiriéndose al reloj de San Nicolás en el Arenal, dijo una vez: “desde que le han puesto ‘atmósfera nueva’... y al interrumpir otro: ¡’Juanito, no se dice ‘atmósfera’, sino esfera!’, replicó: bueno, ¡p’hablar con vosotros hay que andar con el calendario en el bolsillo!’”. Fabla vulgar: “quienes escriben para niños afectan puerilidad y hacen como aquellos padres necios que se figuran ser mejor entendidos de sus hijos de lengua aún balbuciente, balbuciendo ellos. Pocas cosas, en efecto, conozco más deplorables que las conferencias que se llaman populares. Cuando un hombre de una cierta cultura se esfuerza por ponerse popular, lo que se pone es ramplón, trivial y ridículo. Y en más de una ocasión he oído a obreros muy avisados que salían de oír semejantes sujetos exclamar: ‘¡por quién nos habrá tomado este tío!’. El pueblo quiere que lo adulen, lo diviertan y lo engañen, aunque a la corta o a la larga acabe por despreciar y repulsar a sus aduladores, divertidores y engañadores. No, no hay que predicar aquello de que el vulgo es necio, y pues lo paga, es justo hablarle en necio para darle gusto; demasiado lo saben nuestros escritores. La recompensa suele llegarle al escritor sin que tenga que bajar de su cima solitaria a mezclarse en la muchedumbre, cuando ésta, corriendo el tiempo, llega a la cima aquella, desde la cual el solitario lo llamaba a voces y abriéndole los brazos”. ¡Cuán lejos se encontraba este Unamuno del populismo cultural del average man, del Durchschnittsmensch, del hombre normal!
Los antiguos zares de rusia hablaban francés, pero el neolenguaje cabalga hoy el jinete de la anglomanía, boom amadísimo por gangsters de lencería de baja calidad con bloomers (por Amelia Bloomer, 1818-1894, que en lugar de bragas vestía calzones cortos) o con shorts (“breves, escasos, cortos”) que, antepuestos a los trousers o a los drawers son los calzoncillos que puedes adquirir en el shopping más cercano. Todo un show agotador, donde no ha de faltar stand, stock ni stockage de whisky on the rocks, fenomenología sobre las rocas mismas, ni ginger-ale acarreado en traillers o en jets desde donde haga falta. Anglomaniacos, váyanse al carajo: no deseamos un Halloween (all halow even “víspera de todos los santos”) para completar los hobbys particulares, tampoco ningún O.K (que el presidente Jackson usaba como abreviatura de all correct, que él escribía oll korrect), ni performance alguna, palabra semitonta y descolorida, intensamente abstracta y nadadicente, por la que se pegaría cualquier alevín de académico, mismo que, por su misma académica ignorancia, se enfadaría si le dijésemos mater tua mala burra est, o sea, que su madre come manzanas rojas, y no lo que parece, a saber, que es una mala burra.
Todo sea por el party hard, la fiesta salvaje, o por el surfing love, surfeando amor. A esos snobs o sine nobilitate, a esos carentes de nobleza etimológica, habría que fusilarles provisionalmente con un incruento tiro de mierda cada una de las nonas (7 de marzo, mayo, julio y octubre, y 5 de los demás meses) de cada una de las idus (el día 15 de los meses citados, y en los restantes el 13), hasta que mejorasen su léxico, verdadero cuerpo del delito (habeas corpus). Amigos de la buena fabla: que cada parlante retome su condición de augur, es decir, que in/augure mejores hábitos semánticos, sintácticos y prosódicos, pues augur, como el verbo augeo que es su raíz así lo demanda, significa ser cv capaz de auge. Las jergas siempre pretenden ser de sangre azul, como aquellos nobles tan rebuscadamente blancos y tan pálidos, que las venas superficiales de sus gargantas y brazos parecían más azules; frente a ellas, recuperemos gozosamente el libre exilio creador, el ejido de la libertad, ya que una y otra palabra, exilio y egido, de la raíz, exire, invitan a ir fuera y respirar en medio de tanto establo, hacia una nueva cocina lingüística donde se cueza (coquere) la verdadera sustancia de la palabra, de tan delicada cocción, que no consiste en quitar-y-poner la mesa, de la pared al suelo y del suelo a la pared, aquella tabla (table) que se (des)colgaba de la pared a la hora de comer
A pesar de todo, a mí me mata mucho más que el refinado maledicente el malhablado, el grosero, el blasfemo, el bocazas, la boca sucia de albañal. Pero ¿qué se puede hacer, perdón y clemencia con el lenguaje incorrecto, zafio, desgreñado, contaminante? “Estoy completamente convencido de que, si recogiesen con toda fidelidad taquigráfica los discursos y se publicaran luego, impidiendo que sus autores los corrigiesen, como acostumbran a hacer, habrían de aparecer a muchos confusos y oscuros párrafos que al ser pronunciados fueron entendidos perfectamente por los oyentes. Y si se hiciese un estudio de sintaxis castellana ‘hablada’, es decir, viva y natural, sobre la base de discursos así recogidos y de conversaciones tomadas a fonógrafo, se vería cuánto discrepa de la sintaxis preceptiva a que ajustan los estilistas su prosa aceitada. La prosa de Platón no resiste la crítica de un maestro de escuela o de un prosista modernista (después de leído esto, me ha asaltado por un momento el prurito de cambiar la voz ‘prosista’ por la de ‘prosador’, para evitar así algo que se sigan dos palabras aconsonantadas; pero luego he desechado la tentación ateniéndome a mi sistema de ir en lo posible hablando lo que escribo). En lo posible, digo, porque la lengua escrita o literaria –literario deriva de litera, letra, equivaliendo, por lo tanto, literatura a escritura- se insinúa y mete en la lengua hablada o conversacional, querámoslo o no. Hay que haber entrado en un cotarro literario para ver todo lo que en él rebosa de vanidad, de tontería y de vulgaridad disfrazada. Dios os libre, lectores, de chocar con un literato, con un genuino y estricto literato, con un profesional de las letras, con un ebanista de prosa barnizada. ¡Será una de las mayores desgracias que pueda sobreveniros!”.
La analfabetokracia akadémica y katedraticia, esa Kultura, “con K germana, mayúscula y de cuatro puntas derechas, como las de un caballo de frisa” me ha indignado tanto antes, que pasada mi menopausia intelectual ahora me hace reír. “La comparación no será muy cortés, ya lo sé, pero es exacta; muchos me parecen caballos de noria. Pónelos su dueño a que saquen agua y ellos, con sus ojos vendados, dan vueltas y más vueltas, y ‘cumplen con su obligación’, sin dárseles un ardite del fin que aquella agua haya de tener. ‘Tú ganarás tres mil pesetas por explicar latín’. Y él dale que le das, a dar vuelta a la noria, con los ojos vendados. Enseña latín sin preocuparse de la utilidad o inutilidad que el latín puede tener, fuera de proporcionar un título. Tan impresentable esclavitud sale de las aulas mismas: en la escuela era rey de Roma y cada poco tiempo traía un celemín de medallas y de diplomas de honor. Ni él ni su padre se cansaban de tanto galardón, de tanto ostensible testimonio de una abrumadora superioridad sobre el resto de los mortales. Disfrutaban padre e hijo de tales premios con la glotonería del gastrónomo goloso y tragaldabas. Vivían en perpetuo hartazgo de vanagloria propia, y el odio al mérito ajeno obligaba a trabajar quince y más horas diarias. En la escuela, como en el colegio en la segunda academia, siempre el primero: si había notas, sobresaliente y premio; si había escalafón, el número uno. No se concebía mayor desgracia que la que hubiera caído sobre aquel hogar si una sola vez Primito hubiera descendido al número dos. ¡Horror! Ni pensarlo. Su idea era que nadie le pondría el pie delante: ¡era el número uno de la Academia en que se hilaba más delgado!... Primito se fue de este planeta sin que nadie le llorase. ¡Cómo habían de llorarle el número dos, ni el tres, ni el cuatro, ni el último, a quienes había despreciado tanto! Y le faltaba la más negra. La otra vida. Cuando allá le pidieron sus títulos para la gloria, para el premio al que aspiraba, se encontró con que lo del número uno de la promoción era poco más que un papel mojado. Y como Primito se impacientase, le dijeron: –Vea usted, vea usted los que tienen que pasar delante de usted... Pasará, llegará a pasar, porque la bondad de Dios es infinita, pero ¡Dios sabe cuándo será llamado al festín de la caridad el número uno!”. Ay, don Catilino, o don Cataplino…