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TRIBUNA

Hasta luego, Mari Carmen, hasta luego, humanidad

viernes 25 de septiembre de 2026, 20:06h

Merecemos disolvernos. Es lo que he pensado después de ver ciertas reacciones ante el desahucio de Mari Carmen, la anciana de 87 años a la que han echado de su casa porque no podía afrontar la subida endiablada del alquiler —de 500 a 2600€— que le imponía el fondo buitre que compró su inmueble. Era el piso donde había pasado la mayor parte de su vida: nada menos que 70 años. Mis padres no habían nacido aún, y ella ya estaba allí, en esa casa, con los suyos. Y ahora quieren echarla. Y, es más, la han echado; han conseguido finalmente darle la razón al fondo buitre, que ahora, más que nunca, hace honor a su nombre.

Sin embargo, la sorpresa no me la he llevado aquí. No me sorprende que el gobierno más progresista de la historia no haya movido un dedo para ayudar a esa señora ni haya hecho nada por la vivienda en general; porque la realidad es que de VOX al PSOE lo único que media es mucha palabrería. Tampoco me ha sorprendido ver a la izquierda siendo de verdad izquierda; sabía que, en estas circunstancias, serían ellos los que irían a apoyar a una señora como Mari Carmen y a hacer lo posible y lo imposible para parar la injusticia. También sabía que ni uno solo de los típicos votantes de PP y VOX estarían allí con ellos, hombro a hombro. Salir por Ceuta y contra Sánchez, sí: pero a parar desahucios o abogar por la sanidad pública... Eso, a Vivas. Perdón: a los progres.

La sorpresa, como decía, ha venido después. Y ha sido cuando he visto que no todos estábamos indignados, con las tripas revueltas después de ver a una señora de 87 años, en silla de ruedas, arrancada de su hogar. Esperaba, al fin, unanimidad. Que todos pensásemos que esa señora podría ser una abuela, una tía o una madre a la que el destino le había deparado el terror para sus últimos días de vida. Esperaba eso: un poco de la tan manoseada empatía. Un poco de humanidad. No la hubo con Ceuta, y sigue sin haberla; la ideología obliga a dirigir la empatía a un único lugar. Y también la cabeza.

Aquí, repito, esperaba un poco de unión en este corral de gallinas desunido y estéril —que decía Luis Alberto de Cuenca— que es España. Pero no: muchos, contra todo pronóstico, han decidido ponerse del lado del fondo buitre. Los mismos de siempre: muchos amantes del mercado y de la propiedad privada, furibundos antisanchistas que enarbolan la rojigualda para denunciar la situación de Ceuta, ante la que se sienten preocupados, furiosos y tristes. Ahora sabemos que era todo mentira. Sentirán, sí, odio, miedo… pero ¿compasión ante el otro, ante el vecino que podrías ser tú mismo, y su sufrimiento? Ni una brizna. Para ellos, el mercado lo justifica todo. El mercado es el nuevo dios ante el que hay que ofrecer cualquier tipo de sacrificio. Si pide 12 h de trabajo diario de lunes a domingo; sea. Que un fondo buitre arranca de su hogar a una señora dependiente de casi 90 años porque le quintuplican el precio del alquiler; adelante. Para que el Dios no se enfade y llueva y crezcan las cosechas, Madrid y toda España será un reguero de sacrificios humanos. Cómo no.

Y es que algunos lo decían: “Que se vaya a un pueblo de 2000 habitantes, que allí todo está mucho más barato”, “Que se vaya a compartir piso”. Una señora de 87 años preocupándose a estas alturas por cargar con toda su vida y meterla en una habitación mínima con compañeros de piso como si fuese una estudiante… Esto es el liberalismo para algunos.

Y creo que aquí se acabó el debate. Se acabó discutir estupideces. Hay líneas rojas, y ante ellas hay que plantarse y entonar el famoso "no pasarán". Y me da igual que aquí la ley se esté cumpliendo escrupulosamente. Si pagamos impuestos para construir esta estructura llamada estado de bienestar para que al final una anciana dependiente tenga que marcharse de su casa en lugar de pensar en el poco tiempo que le queda por delante para ver crecer a sus nietos o en lo bien que saben esos últimos minutos de prodigio antes del gran misterio que es la muerte... No quiero seguir aquí. Me bajo del carro. Si las críticas a Sánchez, a la corrupción, a las negligencias cometidas con la ciudad de Ceuta eran para esto, para poder expulsar a ancianas de sus casas y que miremos a otro lado pensando "¡Es el mercado, amigo"; mejor que Marruecos haga lo suyo y nos borre del mapa: la religión, la cultura, la democracia... Todo. Adiós a todo, antes que seguir perpetuando la vergüenza. La pérdida completa de sentido de lo que es un país. De lo que significa ser —más allá de la envidia, la ira y todos los vicios de los que adolecemos— un humano.

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