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TRIBUNA

Hizo un siglo de ayer a hoy

martes 29 de septiembre de 2026, 19:56h

Las críticas del alemán Iván Illich (Viena, 1926, Bremen 2002) durante la Guerra fría se dirigieron contra las políticas económicas y sociales de los dos bloques USA-URRSS, por lo que fue considerado anarquista o humanista radical por los menos o nada radicales, o supuestamente radicales, porque afirman radical y hasta violentamente que ellos no son radicales. Iván Illich fue muy conocido en los años 70 por su condición de crítico de la educación escolarizada, de la medicina profesional, del consumo voraz de energía atentatorio, de la injusticia social, favorable a la ecología, y cercano a la teología de la liberación, dada su amistad con Helder Cámara y otros. 

Desde 1936 vivió en Viena con su abuelo materno hasta 1941, fecha en que tuvo que huir a Italia por ser considerado judío. Estudió histología y cristalografía en la Universidad de Florencia, y después, entre 1942 y 1946, se graduó cum laude en filosofía y en teología en la Pontificia universidad gregoriana de Roma, llegando a ser ordenado sacerdote.  Más tarde no aceptó un ofrecimiento de diplomático en la Santa Sede, prefiriendo trabajar como coadjutor en Nueva York. El filósofo Francis Spellman, por entonces arzobispo de Nueva York, le asigna a renglón seguido la iglesia de la Encarnación en Manhattan (Washington), cuya mayoría de feligreses eran inmigrantes puertorriqueños, donde se define más. En 1956 fue nombrado vicerrector de la Universidad Católica de Puerto Rico, y en 1966 fundó el CIDOC  (Centro Intercultural de Documentación en Cuernavaca, México), el cual impartía cursos de lengua y cultura hispanoamericana a los misioneros norteamericanos, y que reunió a grandes pensadores. Qué emoción sentía yo algunos años más tarde al pasar por allí…

En aquel ambiente, Illich obtuvo una dispensa para no ejercer profesionalmente como sacerdote.  Tras diez años de labor, las publicaciones e ideas emanadas del CIDOC no sólo le fueron enfrentado con la Santa Sede, sino también con el propio gobierno mexicano supuestamente progresista del entonces presidente Luis Echeverría, y ello hasta el punto de que en 1976, el centro se cerró con el consentimiento de quienes allí laboraban y el acuerdo para distribuir equitativamente el producto de su liquidación. A partir de los años 80, Illich viajó intensamente por los Estados Unidos de América, México y Alemania, dada además su poliglosia. Durante los últimos veinte años de su vida sufrió un proceso cancerígeno tumoral en la cara que, en congruencia con su crítica a la medicina institucionalizada, se negó a tratar con métodos “profesionales” practicando técnicas terapéuticas personales de meditación y yoga. Como analgésico, los últimos años fumó opio para mitigar el tremendo dolor causado por las tumoraciones ya citadas. Sorprendentemente, aunque al comienzo del diagnóstico le dieron una esperanza de vida de algunos meses, sobrevivió casi veinte años más. 

En su obra de 1971 La sociedad desescolarizada, tras conocer a Everett Reimer comprendió que, para la mayoría de la humanidad, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela, pues en las economías modernas la educación se reduce al consumismo, que fuerza a los aprendices a cursar un currículo obligatorio. De igual manera afirma que el sistema escolar vive en la ilusión de que “la mayoría de lo que se aprende es resultado de la enseñanza”, aunque los aprendizajes se obtienen de manera casual y principalmente fuera de la escuela: “la mayoría de las personas que aprenden bien otra lengua, lo logran a causa de circunstancias especiales y no de un aprendizaje secuencial; por tanto, si las escuelas son el lugar equivocado para aprender una habilidad, son el lugar aún más equivocado para obtener educación”.

Illich se muestra favorable al autoaprendizaje y a la educación en casa basado en relaciones sociales libres y en encuentros fluidos e informales, en los cuales los conocimientos se adquieren a través de la interacción directa con la totalidad de la sociedad y con el diálogo entre pares. La educación universal por medio de la escolarización no resulta factible mediante instituciones alternativas construidas según el estilo de las escuelas actuales. Ni unas nuevas actitudes de los maestros hacia sus alumnos, ni la proliferación de nuevas herramientas y métodos físicos o mentales, ni el intento de ampliar la responsabilidad del pedagogo hasta englobar las vidas completas de sus alumnos dará por resultado la educación universalista. La búsqueda debe revertirse hacia su antípoda institucional: tramas educacionales que aumenten la oportunidad para que cada cual transforme su vida en un momento de aprendizaje, de inter/esarse existencialmente: “confiamos en estar aportando conceptos necesarios para aquellos que realizan tales investigaciones a grandes rasgos sobre la educación, y para quienes buscan alternativas para otras industrias de servicio establecidas”.

Si en La sociedad desescolarizada (1971) centra su crítica en la reducción del aprendiz como mero consumidor, en La convivencialidad amplía dos años después (1973) su análisis de los problemas generados por lo que denomina monopolio del modo de producción industrial, cuyas herramientas se vuelven contra la condición humana, poniendo a esta al servicio de aquella. En contraposición, propone la proliferación de herramientas justas al servicio del hombre en colectividad, las cuales deben cumplir las tres exigencias siguientes: deben ser eficientes sin avasallar la autonomía personal; no deben suscitar amos ni esclavos; deben expandir el radio de acción personal. El uso de estas herramientas haría posible una sociedad convivencial: “llamo sociedad convivencial a aquella en que la herramienta moderna está al servicio de la persona integrada a la colectividad y no al servicio de un cuerpo de especialistas. Convivencial es la sociedad en la que el hombre controla la herramienta”. 

El desarrollo de herramientas convivenciales iría acompañado por una creciente desprofesionalización de la sociedad. En el ámbito de la medicina, implicaría democratizar los conocimientos y los usos de la ciencia médica para incrementar los niveles de autonomía del individuo y la comunidad, disminuyendo su dependencia de los especialistas médicos. Pocos son los médicos profesionales cultos de aquella época que no hayan leído su Némesis médica. En lo referente al sistema de transportes, postula el abandono del imperativo de la velocidad y de la figura pasiva del “usuario” de transporte, que conlleva la configuración de una ciudad centrándose en el automóvil y no en las personas, y la producción masiva de automóviles y de la velocidad como indicadores de desarrollo, cuya figura es el ingeniero que planifica la ciudad veloz. Energía y equidad (1974) será todo un tratado político en la línea del personalista Jacques Ellul a favor del uso de la bicicleta. Por último, en el ámbito de/constructivo de la construcción, apunta contra la figura del arquitecto -como antes lo había hecho contra el maestro, contra el médico, contra la sociedad ingenieril, y contra las profesiones burocrático/ideológicas- la cual trae consigo el establecimiento de códigos de urbanismo y de urbanidad que, al construir prescriptivamente las viviendas, impiden la compra de las mismas para la mayoría, e incluso “sentirse en casa” a quienes las tengan, en cuanto que no participaron de su construcción. 

La crisis de la escolarización, el acceso a la medicalización, la crítica de la performance del desarrollismo y del consumismo, el fomento de la vida sencilla, la recreación de un decrecimiento consumista en favor de un recrecimiento a medida humana, son propuestas básicas tan radicales hoy como lo fueron ayer, y no están olvidadas. Sin embargo, a decir verdad, aquellas palabras de Paulo Freire en favor de a pedagogía de la esperanza están hoy caídas en el olvido. La Pedagogía del oprimido deja de ser del oprimido, y me retrotraen al mayo del 68, que en mi corazón no quisiera olvidar del todo para rehacerlo de la mejor manera. 

Mientras escribía estas líneas, y para ver si en La muerte de Ivan Ilich de León Tolstoi esa homonimia literaria encontraba algún paralelismo con este otro Ilich, he hallado signos de parentescos de perennidad. En efecto, en los últimos días de su vida, el Iván Ilich de Tolstoy establece una división entre una vida artificial como la suya, que enmascara el verdadero sentido de la vida y hace temer a la muerte, y una vida auténtica, como la de Gerasim, su criado campesino…

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