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TRIBUNA

Mujeres, oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas

viernes 02 de octubre de 2026, 19:42h

Hubo un tiempo que duró siglos en que por doña Jimena, doña Elvira y doña Sol suspiró el mejor guerrero del medioevo con sus sesenta pendones y sus mesnadas. Hubo más suspiros, también se suspiró por doña Berenguela, la maestra ideal de san Fernando; por santa Rosa de Lima, la más bella flor de los vergeles de fe que España logró en América; por la adustísima Isabel Clara Eugenia; por la madre Ágreda, que contuvo desde su monasterio la ruina del más grande de los imperios; por Teresa de Jesús, a quien hoy nadie daría el premio nobel de literatura. También se suspiraba por muchas mujeres que también se dejaban ver, eran ágiles, elegantes y esbeltas, y llevaban el talle apretado y el busto firme, amén de lo cual se pintaban con minerales de colores. De todo hubo siempre desde Helena, causante de la guerra de Troya, hasta Penélope, ejemplo de fidelidad esponsal. Entre las poetisas, los versos de Erina se comparan con los de Homero, y Corin venció a su propio maestro Píndaro. Y, cómo no podían faltar las cortesanas, Medea se avergonzó de la complicidad de las tales, llegando a decir: entre todos los seres vivientes, somos las mujeres la raza más abyecta”.

Sin embargo, hubo hombres que depositaron toda su delicadeza en el regazo de la mujer a modo de juglares angélicos que divinizaban a la mujer, como el buen fraile Gonzalo de Berceo en Los Milagros de Nuestra Señora.

Pero, sobre todo, las mujeres permanecían en el gineceo, esclavas de hecho sin nunca gozar del honor y el trato igualitario que merecían. En lo atinente a la justicia, la lucha por la equiparación jurídica costó sangre y agua. Se manda en las Siete partidas que la mujer no pueda ser juez “porque non sería cosa guisada que estoviese entre la muchedumbre de los omes librando los pleytos. Pero seyendo reina, o Condesa, o otra dueña que heredasse Señorío de algund Reyno, o de alguna tierra, tal mujer lo puede fazer, por honra del logar que toviesse, pero esto con consejo de omes sabidores, porque si en alguna cosa errasese, la supiesen consejar, e emendar. Ninguna mujer, quanto quier que sea sabidora, non puede ser Abogado en juyzio por otri. E esto por dos razones. La primera, porque non es guisada, ni honesta cosa que la mujer tome oficio de varón, estando públicamente embuelta con los omes, para razonar por otri. La segunda, porque antiguamente lo defendieron los Sabios, por una mujer que decían Calfurnia que era tan sabidora; porque era tan desbergonçada, que enojaba a los Juezes con sus vozes, que no podían con ella. Onde ellos, catando la primera razón que diximos en esta ley, e otrosí veyendo que cuando las mugeres pierden la vergüença, es fuerte cosa de oyrlas, e de entender con ellas; e tomando escarmiento del mal que sufrieron de las bozes de Calfurnia, defendieron que ninguna mujer non pudiese razonar por otri”. 

Obviamente, los sesudos jueces no gritaban ni perdían nunca la compostura, simplemente hacían leyes donde, pobrecitos, defendían que “casada seyendo la mujer, nin debe facer limosna sin voluntad de su marido, nin puede prometer romería, nin ayuno, contra su voluntad”. A la romería iban ellos, los jueces, y el ayuno no podían soportarlo porque trabajaban demasiado… Pero en la violencia patriarcal todavía falta por ver de qué tumbas salen más muertos. ¡Menos mal que doña Isabel y don Fernando creaban los primeros hospitales de sangre que hubo en el mundo, acaso en previsión de la violencia de género que sigue desangrando a las mujeres todavía!

La cosa no parece demasiado halagüeña, sobre todo si tenemos en cuenta que, al entregar Boabdil prorrumpiendo en amargo llanto la hermosa ciudad de Granada, su madre, la feroz mora Aixa, le decía inclemente: “llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”. Qué fuerte, con mamaítas semejantes, los retoños siguen regándola, pues de madres lobas -hediondas sentinas de mala leche- que amamantan a esos Rómulos y Remos tenemos machismo de lobos para rato buscando mujer por la nalga no por lo que valga, a pesar de sus mariachis y de sus altares portátiles mientras engañan: novia adorada, vamos al cine, tú pagas la entrada.

Pero ya digo que hay casos para todo. El Ayuntamiento de París (“el pueblo”, jeje) regaló a Eugenia de Montijo seiscientos mil francos el día de su boda con el emperador Napoleón III.  Cuando éste le preguntó: “¿cómo llegar hasta usted?”, ella respondió con su fina gracia andaluza: “por la capilla, señor”. Y luego ella entrega entero el talego de francos a los centros de beneficiencia. No sé si las ricachonas la siguen en ese gesto, yo que soy la portera no me asomo tanto al zaguán.

Avanzado el tiempo, La república de las mujeres (The Women’s Commonwealth), una de las Colonias más curiosas fundada en Texas en 1876, salió adelante gracias al heroísmo y al espíritu de sacrificio y de perseverancia de su fundadora Marta Mac Whirter y de las mujeres que la secundaron. Para su acceso a la República era necesario ser célibe y continuar siéndolo, aunque estaba abierta a los hombres, que en esas condiciones nunca se interesaron demasiado por el proyecto. Las mujeres de esta República se autodenominaban The Sanctified Band, la Banda santificada, y durante los primeros años tuvieron que soportar las persecuciones más crueles, pues apedreaban sus casas, en las que entraban violentamente sacando de sus lechos y golpeando al sexo débil. Pese a ello, ellas establecieron un lavadero, confeccionaron tapices, y aceptaron todas las tareas que les ofrecían, a fin de mantener su Colonia, edificando incluso un hotel que rápidamente devino el mejor del país y alcanzó gran renombre en muchas leguas a la redonda. Aunque la señora Whirter fue llamada al Board of Trade -Consejo superior del Comercio- todo aquello continuó con su muerte cuarenta años después.

No fue la única Colonia realmente empoderada. En efecto, Mother Ann Lee fundó en Watervliet (Nueva York, 1776) la Sociedad de los Shakers, de carácter laico impregnado por los milenarismos religiosos, que llegó a alcanzar los cinco mil miembros con una vida económica floreciente. Sus miembros, hombres y mujeres, se dividían en novicios juniors, aspirantes a la Iglesia de los Shakers, los juniors, y los seniors de Church Order. Su credo defendía que Dios es una dualidad hombre y mujer: Jesús representaría el elemento masculino y Anne Lee el femenino. El hombre, creado a imagen de Dios, presentaba también una dualidad en su origen. La separación de los sexos se efectuó cuando Adán pidió un compañero, y Dios, escuchando su demanda, retiró a Eva de su cuerpo. Y, siendo este el primer pecado cometido por el hombre, los Shakers consideraron el matrimonio como una cosa vil conservándose estrictamente célibes.     

Ya en pleno movimiento obrero, exactamente el 10 de marzo de 1951, la señora Guadalupe Rocha, después de los nueve kilómetros de su marcha reivindicativa de nueve kilómetros, comienza así su mitin: “así como las Adelitas acompañaron a los soldados revolucionarios en las luchas armadas, las mujeres de Nueva Rosita y Cloete hemos acompañado y acompañaremos a nuestros maridos, a nuestros hijos, a nuestros padres y a nuestros hermanos para darles aliento, pues no va a ser llorando como este movimiento va a ganarse, vamos a ganarlo con abnegación, con fe, con decisión”.

Y esta es la cuestión: ¿somos mientras tanto los hombres quienes no estamos a la altura de las mujeres, o a la inversa?, ¿o el andrógino emergente?, ¿o yo mismo por escribir artículos tan tontos? Mujeres, oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas.

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