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TRIBUNA

¿Alguien envidia a los perros?

lunes 05 de octubre de 2026, 19:42h

Las conversaciones de bar son el oráculo de la modernidad más próxima y más veraz, pues en ellas se expande la opinión real de la persona, como en los viejos confesionarios donde se olía a distancia las duchas y el aliento del confesor. Los bares y los sufridos amigos, además, dan lo que quita el templo, es decir, una expansividad coloquial y un subjetivismo rayano en el absolutismo moral reformado de quien cree ser la ciencia, como le dice uno a una en un cantar, o Lutero al mismísimo Papa. Y así, en los bares, rodeados de conocidos y rellenados de licores, la verdad del nuevo milenio florece en el español más castizo del buen coloquio y en buena compañía; la que no te quita la razón, por supuesto. Y la verdad, la pura verdad es que, tras un chiste, una preocupación, una risotada y poco más, los comulgantes se terminan quejando de la vida como si esta fuera una condena. No exagero; peguen la oreja y escucharán la retahíla de tópicos, frases hechas y dramas en los que no se debe entrar, y se acallan con otra ronda y una maleducada mirada al teléfono; tic este que, en cien años, nos escandalizará a todos como feos vicios de gañanía y falta de atención al interlocutor. 

Sí; ahí está el conversador con su monólogo matrimonial, monetario, político…sí; ahí está delante nuestro repitiendo lo mismo que a la hora del café y lo mismo que dijo Hitler para solucionar la cuestión de Europa…sí, ahí entre nuestro móvil y las copas para recordarnos que la vida es tan dura que bien mereciera un reseteo, un cambio de hábitos, de rutinas y aburrimientos. Un barrido de gente, o una desconexión de la realidad. Y entonces entran los perros, los saludamos con cariño porque hoy en día sería de peor gusto que no te guste una mascota que pasar de la conversación para mirar las redes sociales. Y entonces los perros nos retratan. Y entonces los perros nos recuerdan que ellos, como los bebés, sólo tienen derechos y que no pagan autónomos, ni pagan la correa, ni pagan la cadena que nosotros nos enrollamos al cuello para seguir el ritmo que permita la tarjeta de crédito. Y entonces vienen las envidias y los comentarios jocosos sobre la esclavitud de sacar a alguien a la calle para que haga sus necesidades y para hacer algo de ejercicio con estos veranos tórridos y estos inviernos de madrugada gélida…

Y junto a la verdad del milenio en forma de quejío sin gusto, también aflora la mala comprensión que en Occidente hemos hecho  del karma, el zen, la tranquilidad, la calma, el control del esfínter espiritual y las ganas, no confesadas del todo, de vivir la ataraxia como un perro olvidando que, de poder manifestarse, o cuando nos entendamos del todo con la Inteligencia Artificial, sin duda serán ellos quienes nos reconozcan que la humana era una existencia más plena o, al menos, más dadivosa, magnánima, condescendiente, misericordiosa, constructiva, amorosa y comprensiva con el prójimo, que canta sus penas en el bar y querría ser adoptado por una familia con casa unifamiliar y fondo buitre, que tampoco está mal como animal de compañía, a tenor de cómo está el kilo de ladrillo en un metro cuadrado. 

Dicho esto, casi con prisa, hay que reivindicar de nuevo lo obvio. Porque la vida duele, claro que duele. Y duele ver morir a los seres amados. Y duele la injusticia laboral. Y duele la traición,  como duelen tantas cosas por el hecho de venir al mundo como humano y no como margarita, cocodrilo, o virus otoñal de imprevisible estornudo frente a la mujer o el hombre amado. ¿O acaso hay alguien en este mundo que, ante el amor verdadero, ante la amistad verdadera, ante la construcción de una existencia apasionante querría borrarse de la plantilla y empezar a ladrar como un perro? Quizá el Buda, el gran sufriente, conseguiría paralizar la pasión que despierta un proyecto, o los sentimientos encontrados ante una sinfonía, o la extraña paz que brota del desgarro de una seguiriya, pero con tal borrado de experiencias, ante tal aniquilación del deseo, ante tal desaparición de aquello que llamamos ser humano, arrancaríamos de este mundo la razón última por la que amamos a nuestros hijos, ellos nos aman a nosotros y no nos extinguimos abandonados a nosotros mismos, en la pérdida del ánimo insondable, que es la trascendencia al más allá de este día, acompañados, sostenidos, comprendidos, amamantados desde niños y con una voluntad inquebrantable por ver lo que ahora vemos como en sombras, por una mirada reducida a la preocupación y el cortoplacismo de los malos sentimientos. Sí, claro que sufrimos. Pero la alternativa de la nada, como ausencia de deseo, es un imposible destructor de civilizaciones, países, familias y vidas. Esas cosas que, de momento, el perro no ha conseguido levantar desde su cojín preferido.

Ricardo Franco

Escritor, editor y flamenco

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