Un lector me afea que en mi artículo anterior me metiera con Trump y me olvidase de Sánchez. Otras veces, no obstante, algunos me han reprochado que me cebase con quien preside el Gobierno de España. ¡Qué le vamos a hacer! Yo no estoy por la afición de ‘sacudir’ a nadie. Creo, sin embargo, que hay motivos de sobra para censurar tanto a uno como a otro. Ciertamente ambos son muy distintos, pero son más semejantes de lo que quieren que creamos; los dos están hechos de la misma madera de los sueños de grandeza. En todo caso, el asunto nunca puede ser atacar ad hominem, no está justificado por miserables que sean sus acciones y omisiones. Sólo éstas deben ser objeto de crítica, nada más, y en ellas hemos de centrarnos. Así, resulta que encontramos a individuos que, confesando ideologías distintas, se asemejan en su falta de escrúpulos, en su absoluta ausencia del sentido de la verdad, en su irresponsable voluntad de separar a la sociedad en buenos y malos. Cualquier pretexto les vale para justificar puertas afuera su obsesión por seguir en el poder.
Un asunto capital es la lealtad que se guarde al sistema democrático, éste exige saber ganar y saber perder. Y valorando el juego limpio, con nobleza y educación, con respeto por la alternancia política. Por el contrario, la extrema e insensata polarización produce frutos podridos que descomponen la necesaria convivencia. ¡No a la guerra!
Hace más de cinco años, Trump cruzó la línea roja de no admitir la derrota y sacó a su gente a la calle. Por su parte, en un asunto turbio y mantenido en la opacidad, Sánchez tuvo serios problemas con las urnas de su propio partido: fue hace justamente diez años, en un Congreso Federal del PSOE. No es casual que ahora le surjan prisas urgentes, tremendas, por sacar la Ley de Nietos; ¿quién cree que esto es a causa de un prurito democrático limpio y desinteresado? Aprisa y corriendo, les vence el afán de sacar votos de debajo de la tierra y los de quienes jamás han estado siquiera en España.
No hay duda de que los sistemas electorales son mejorables, si bien unos son más defectuosos que otros. Lógicamente, las preferencias políticas pueden variar según las circunstancias y según la imagen de quienes representan las diferentes propuestas. Conseguir el mejor retrato de lo que desea una sociedad en una cita electoral exige atender por igual a todos los ciudadanos; recordemos la ya mencionada discriminación de los barceloneses con respecto al resto de catalanes. Pero en todas partes cuecen habas. En el libro La dictadura de la minoría, los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt se preguntan cómo revertir la deriva autoritaria que a veces amenaza y forjar una democracia para todos. Releyéndolo me fijo en unos datos de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016.
Los diferentes Estados de la Unión disponen de un determinado número de representantes, en función de su población. Sucede que el partido que gana en cada uno de ellos se lleva todos los representantes. O todo o nada. Así, Levitsky y Ziblatt analizan cuatro Estados en particular: Wisconsin, Michigan, Pensilvania y Nueva York (con 10, 16, 20 y 29 representantes, respectivamente). Donald Trump ganó a Hillary Clinton en los tres primeros con un pequeño margen de votos (23.000, 11.000 y 54.000, respectivamente). Esto supuso que los 46 representantes de esos tres Estados fueran para él. En cambio, Clinton superó a Trump en Nueva York por 1,7 millones de votos y se hizo con los 29 representantes. De este modo, sumando los cuatro Estados: Clinton ganó ampliamente por votos, pero acabó perdiendo. Ella logró 29 representantes; y él, 46.
Ambos profesores se preguntaban en otro lugar cómo pudo Noruega pasar de ser una monarquía ‘decimonónica’ a una moderna, propia del siglo XXI: “un sistema que, se use el criterio que se quiera, es hoy más democrático que el de Estados Unidos”. Ante esta observación, el dilema república o monarquía queda obsoleto y anticuado. Sin embargo, los ‘rentistas de la polarización’ (expresión que tomo de Joaquín Luna) siempre lo tienen en la recámara para potenciar las dos Españas irredentas, una contra otra, a garrotazo limpio. Parece mentira, pero seguimos con lo mismo: o ángeles o demonios. De nuevo, los deberes se hacen rematadamente mal o no se hacen. El problema de la vivienda es escandaloso, gravísimo. Ocho años de holganza en la materia y ahora se improvisa y se redacta un parche demagógico: unas medidas ‘imposibles de rechazar si se tiene humanidad’. Pero, para embaucar a Junts, se aseguró que esas formidables medidas no entrarían en vigor en Cataluña. Es indignante y patético. Por otro lado, los acampados en el corazón de Madrid le están haciendo la campaña a aquellos a quienes odian con ardor y sinrazón, amenazandolos con cortarles el cuello y ponerles ataúd. Pero no se quieren enterar.