En Años Luz. Dos décadas de una crónica latinoamericana, Jacobo García nos presenta un relato vibrante en el que sintetiza su extenso periplo como corresponsal en Hispanoamérica, con algunas referencias breves a su etapa en Afganistán. A través de una narración dinámica, nos acerca la problemática política, económica y social que apreció en primera persona en aquellos enclaves en los que ha desempeñado, no sin peligros, su reporterismo. En íntima relación con este argumento, nos presenta a numerosos personajes de carne y hueso a los que rinde un sincero homenaje.
México es la nación que más espacio abarca en la obra, transmitiéndonos la violencia que la caracteriza, principalmente derivada aquella de la criminalidad organizada que asesina con la mayor de impunidades a la población civil, cuya pobreza instrumentaliza previamente para captar lealtades. De hecho, en el país azteca se ha producido una normalización de la violencia, sin que desde las instancias gubernamentales se hayan atajado las causas que la provocan. Como sustenta el autor: “Una de las razones que hacen que la muerte conviva con naturalidad en México y otras muchas partes de América Latina es la distancia física y mental de las élites con el problema y su capacidad para aislarse” (p. 39).
Desde una perspectiva más política, Jacobo García nos muestra las dificultades que tiene la democracia para consolidarse, prevaleciendo, por el contrario, unos hiperliderazgos de corte populista, rasgo este último que sirve de nexo entre el pasado y el presente regional. Asimismo, existen otros factores que impiden una adecuada institucionalidad, sobresaliendo la tendencia a crear “milicias populares”, que actúan a modo de ejércitos paralelos, y la corrupción de las autoridades. Esto genera como resultado una ausencia del Estado en buena parte del territorio nacional, de tal manera que “las redes de solidaridad que mueven la calle son el salvavidas de muchos” (p. 140).
La trayectoria de Jacobo Gracía como corresponsal de medios como El País o El Mundo en América Latina le ha permitido conocer de primera mano a los principales políticos de los últimos (Chávez, Bukele, Ortega, López Obrador…). Todo ellos llegaron al poder con promesas de cambio y dotados de un carácter mediático. Sin embargo, sus grandilocuentes palabras no se han traducido en reformas de calado, susceptibles de solucionar las múltiples carencias que acucian a sus compatriotas. Asimismo, en algunos casos han mostrado escaso respeto hacia los derechos humanos, proliferando feminicidios y detenciones arbitrarias.
Otro aspecto que forma parte del paisaje de América Latina son los desastres naturales que generan pobreza y destrucción, un tema que el autor describe sin caer ni en el buenismo ni en el sensacionalismo. Al respecto, la aludida debilidad de sus instituciones públicas ha motivado que la anticipación y la respuesta a terremotos, huracanes o lluvias torrenciales haya brillado por su ausencia.
En este apartado, debe destacarse el compromiso militante de Jacobo García, cuando afirma que “el periodismo no debe cubrir los desastres naturales como si fueran parte de la sección de sucesos y tiene que investigar a los funcionarios que no hicieron caso de las alarmas, a los alcaldes que no limpiaron los cauces, a los empresarios que se lucran con la reconstrucción, o a quienes se dedican a pescar votos y lealtades vistiendo de caridad lo que es su obligación” (p. 115).
Dentro de la fotografía precisa que nos ofrece del continente latinoamericano, sobresale el auge experimentado en los últimos años por las iglesias evangélicas, impulsadas esencialmente por los gobiernos de Brasil y de Estados Unidos, como estrategia para contrapesar la influencia ejercida por el catolicismo. En este sentido, desde una perspectiva más general, la fe constituye otra de las características que distingue a sus poblaciones, encontrando en ella un reducto de paz y quizás también las respuestas a los problemas que les asolan.