La XXX Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de gobierno se va a realizar en Madrid los días 4 y 5 de noviembre y hasta ahora, dicen, contaría con la presencia de líderes de los 22 estados que integran la comunidad del continente americano que tienen su origen histórico en España y Portugal.
Estas reuniones nacieron en 1991 pero en el escenario histórico de las muy de las relaciones entre las naciones iberoamericanas y caribeñas marcadas por el principio de una recuperación crítica del pasado fundacional: la llegada de España a territorio americano y su presencia dominante durante poco más de 300 años para implantar una nueva generación histórica basada en el mestizaje producto de la mezcla de sangre y una nueva era que es la que ha definido al continente americano hasta la fecha.
El modelo de la Cumbre Iberoamericana debió haber sido la gran oportunidad histórica para que las naciones del continente americano del Río Bravo hacia el sur y en ambos océanos encontrara el camino de una reafirmación de la nueva identidad de la sangre indígena y la sangre española. Era obvio que los años de la presencia española iban a ser una carga histórica inevitable, pero las sociedades iberoamericanas tuvieron a la mano la oportunidad de constituirse en una nueva raza con características propias: el mestizaje.
El desafío del modelo de organización internacional iberoamericana no estuvo en la parte de la presencia de los países ibéricos: España y Portugal, aunque con las evidencias muy concretas de que el tema del dominio español en el continente al parecer había marcado más el resentimiento que las expectativas hacia el futuro. La politización de la historia no sólo ha sido un obstáculo para un verdadero entendimiento entre la zona Ibérica con el espacio americano, sobre todo porque España fue posponiendo una explicación histórica de los hechos del pasado y su fuerza económica y productiva comenzó a ver al continente americano como un territorio de explotación económica pero sin pasar por la revisión histórica.
Pero mientras España y algunos países de América Latina y el Caribe siguen revisando y revisando el pasado como si fuera determinante en el presente y el futuro, Estados Unidos se consolidó como la fuerza dominante en el continente americano, pero con acciones conquistadoras y coloniales quizá mucho más graves que las que se explicaron en los tiempos de la conquista ibérica del siglo XV.
Las evidencias de que los estados y sociedades iberoamericanas cambiaron la dependencia de España a la de Estados Unidos están a la vista: de la totalidad de los países de la zona iberoamericana, sólo Brasil y México están hoy manteniendo fases de resistencia al agobio de los intereses de Estados Unidos, con una circunstancia agravante de que todo indica el domingo 25 de octubre sólo un milagro salvaría al presidente populista Luis Ignacio Lula da Silva de perder las elecciones en segunda vuelta, y sólo quedaría México con un discurso ineficaz de resistencia al acoso de Donald Trump pero totalmente dependiente de la economía porque el Tratado de Comercio Libre tiene a México como un país maquilador y consumidor de productos estadounidenses.
La burocracia diplomática está perfilando a la XXX Cumbre Iberoamericana como un fracaso en los cinco puntos insulsos de la agenda regional: alianza digital, intercambio de experiencias para atención de desastres naturales, la atención a un tema de salud, reconocimiento de estudios y títulos y lo que puede ser todo o nada: “relanzar la cooperación iberoamericana para hacerla más eficiente y eficaz”.
Todo este catálogo de temas será aplastado por el perfil político e ideológico de la mayoría de los gobiernos en la región iberoamericana: la finalización del ciclo populista y el inicio de una nueva era --aunque también cíclica-- de economía liberal. Y habrá que prepararse porque los presidentes de la comunidad iberoamericana en el continente americano van representando ostentosamente y a voz en cuello los intereses de restauración del viejo capitalismo expoliador y exaccionista de recursos naturales que Estados Unidos ha aplicado históricamente y en condiciones inclusive de mayor eficacia en cuanto a conquista territorial que los tiempos de España en el nuevo continente.
Lo único que podría resaltar el interés por la XXX Cumbre Iberoamericana estaría en la expectativa del comportamiento que pudiera tener el presidente español Pedro Sánchez, hoy en plena campaña por las elecciones generales del próximo 29 de noviembre, sus confrontaciones con el presidente Donald Trump y una alianza más acomodaticia que real o estratégica con un México con una política exterior municipal que nada quiere saber de los conflictos internacionales.
Si se cumple el indicio de que la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum Pardo no asistiría a la Cumbre en Madrid, entonces el escenario quedaría a merced de un Sánchez anti Trump y la abrumadora mayoría --si no es que la totalidad-- de presidentes iberoamericanos que le estarían debiendo su cargo presidencial a Trump y a la Casa Blanca.
Si durante la etapa del ciclo populista nunca se pusieron de acuerdo los países progresistas del área iberoamericana, hoy que dominan los gobiernos conservadores y aliados de Trump podrán tenerse evidencias de un cambio estratégico derechista y/o ultraderechista en el enfoque geopolítico regional.
La XXX Cumbre Iberoamericana puede terminar como una Cumbre de la Doctrina Monroe ajustada a los caprichos del presidente estadounidense y de ahí podría salir la propuesta de que la Doctrina Monroe a partir de ahora cambie de nombre y se conozca como la doctrina Monroe-Trump o Donroe.