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LETRAS, CEROS Y UNOS

Adiós al comentario de texto

lunes 19 de octubre de 2026, 19:35h

Me entero de que el comentario de texto sale de la prueba de acceso a la universidad, o se queda en una versión tan adelgazada que ya no se le reconoce su valía. Lo primero que noto es la falta de pudor de quien va a tocar la comprensión lectora, el cimiento de la escuela donde uno aprendió a leer. Lo segundo es una irritación más razonada, que intento ordenar aquí, y me pregunto, ¿de dónde sale ese interés tan constante de eliminar todo poco lo que funciona razonablemente bien?

Leer un texto, darle vueltas y opinar sobre él es una destreza de supervivencia en un mundo de contratos, decretos y letra pequeña, donde los giros del lenguaje suelen jugar a favor de la banca. Firmar lo que no se entiende da disgustos, y los disgustos le tocan casi siempre al de a pie. Pienso que, en estos tiempos de posmodernidad y de “todo vale” el terreno está abonado para quien prefiere un pueblo poco informado y sin raíces firmes en su historia.

A mí el comentario me enseñó a escribir y a defender una idea sin seguir las costuras que suele haber detrás de un esquema. Era la hora de la semana en que uno campaba a sus anchas, entre implemento, aditamento y “se” reflexivo, y descubría que lo que llevaba dentro valía para algo. Mariví, mi profesora, no destacaba por el entusiasmo, pero insistía con vehemencia en ordenar las ideas y poner por escrito lo que otro escrito nos removía. Recuerdo los quince minutos de silencio, una clase entera de adolescentes clavada a una página; hoy me hacen pensar en los estilitas sobre su columna. Después tocaba leer en voz alta lo escrito. Hablé del juego del Risk, al que era muy aficionado por aquella época, de los extranjerismos, del maltrato a ciertos monumentos, de la gente que empezaba a ir al psicólogo y de un texto de Cicerón que parecía escrito en los noventa y tenía dos mil años.

Fue lo único del COU en que no servía un tema aprendido de víspera, porque nadie se sabe de memoria un texto que no ha visto. A los diecisiete años lo que uno lleva dentro es poco y es todo. Wallace decía que aprender a pensar es aprender a elegir a qué prestas tu atención, y aquel papel fue mi gimnasio. Wittgenstein sostenía que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”; cada comentario movía esa frontera un centímetro hacia la autonomía lectora. Era una buena tirada de Risk frente a la estupidez y el desconocimiento de lo que me rodea. 

Luego, cuando hice mi oposición, me encontré que, para empezar el supuesto práctico debía llenar casi cinco caras de legislación, teorías científicas obsoletas y otros formalismos antes de decir si esa situación era o no de acoso escolar o si iba a construir un pluviómetro con un vaso o una regla. Otra vez el relleno, el bulto innecesario, el recital del papagayo antes de entrar en faena. Así nos va.

Hoy, casi treinta años después, escribo en un periódico nacional y sigo tirando de aquello: ideas en orden, vocabulario, ejemplos de andar por casa y alguna cita de los grandes. Dudo que dejemos mucho de eso a los hijos de nuestros hijos. Llegarán alto en lo suyo, puede ser, pero con menos filo crítico. Piensen en quién sale beneficiado.

Se va un ejercicio de examen y con él la costumbre de ensanchar esa frontera cada semana, delante de otros, con un papel y una hora por delante. Nos quedaremos con un mundo más pequeño, y los mundos pequeños son siempre más cómodos de gobernar. Quien ha jugado al Risk lo sabe. Quien redacta la letra pequeña lo sabe, también, de sobra.

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