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TRIBUNA

"Paz, piedad y perdón" en los pensadores de la generación de 1936: Julián Marías

Gabriel Alonso-Carro
martes 20 de octubre de 2026, 19:34h

En la Semana Santa de 1980 firmaba Julián Marías un trabajo titulado: «La Guerra Civil ¿Cómo pudo ocurrir»? Es de sobra conocida su figura, discípulo predilecto y continuador de la obra de Ortega y Gasset, y republicano a las órdenes de Julián Besteiro en el final de la guerra. Pues bien, en este escrito D. Julián habla de un espíritu de guerra perpetuado decenios después de terminada. Afirma que se produjo una «fijación» de las posturas, una especie de congelación. La describe como una incapacidad de cambiar, de mirar hacia adelante, de vivir el tiempo real. Pero el tiempo pasa, la vida transcurre y durante los últimos más de ochenta años se han producido fantásticas transformaciones en la sociedad española.

Estos cambios han sido tan vivos que han demostrado su capacidad de superar pruebas y dificultades. Mientras tanto han ido relevándose sucesivas nuevas generaciones con novedosos medios y facilidades antes inexistentes. Estas nuevas generaciones escuchan las viejas palabras de unos y de otros sin acabar de entenderlas, como algo alejado de la realidad presente, que oculta lo que de veras habría que escuchar hoy. De este modo, afirma Marías, ha ido creciendo la distancia entre la España real y las dos Españas «oficiales»: que se han quedado congeladas y petrificadas en su mutua beligerancia.

No apuesta por olvidar el pasado, pues correríamos el riesgo de repetirlo pero sí hay que recordarlo como algo absolutamente pasado, como nuestro pretérito común. Hay que poner la Guerra Civil y lo que vino después en su lugar, es decir, detrás de nosotros, sin que sea un estorbo que nos impida vivir y convivir, esto es, proyectarnos hacia adelante (la vida en común como proyecto, idea tan orteguiana). El filósofo vallisoletano de origen situaba ya entonces la empresa nacional en la necesidad de vencer a la guerra, curarnos de esa locura social y biográfica de la España de hace ocho décadas que ya nos ha paralizado demasiado, nos ha impedido la plena posesión de nuestro tiempo y buscar y aceptar nuestro destino común.

Julián Marías, que no pudo ocupar una cátedra universitaria, siendo su vocación docente muy marcada, por su pasado republicano llamaba la atención ya hace cuarenta y dos años respecto a la actitud de muchos españoles que durante los cuatro decenios posteriores a la Guerra Civil vivieran como si no lo hicieran, como si aquel tiempo vital no mereciera considerarse así, ya fuera en
el exilio o en la propia España. Y eso lo consideraba un espejismo, una ilusión. Interpreto sus palabras como una llamada a no dejar escapar «el tiempo que ni vuelve ni tropieza» (Quevedo) que constituye nuestras vidas abriendo paréntesis personales y colectivos dejándolos sin cerrar y que dejan sin ejecución plena nuestra tarea de existir y de estar plenamente instalados en el presente aprovechando totalmente sus potencialidades.

Si todo ello fue dicho en el año ochenta del siglo pasado, imagínense cuánto más ahora son pertinentes sus reflexiones. Todavía parece que una parte de los españoles no han curado esas heridas, quizá hasta no ya suyas, sino de sus mayores y siguen latentes las tensiones de esas dos Españas que creíamos reconciliadas, y en gran parte creo que fue así, en la Transición y el gran pacto nacional de reconciliación que supuso el inicio de la democracia. Durante años este periodo fue considerado un ejemplo para el mundo, un modelo de cambio político y una referencia para muchos países. Con sorpresa hemos vuelto a despertar los peores fantasmas del pasado y urge volver a reflexionar sobre qué provecho podemos sacar de regresar a enfrentamientos cainitas.

Julián Marías tenía una notable aversión a la mentira y, desde niño, se propuso nunca faltar a la verdad. En sus años finales, dando la vista atrás, afirmaba haber cumplido aquel propósito infantil. Por eso se lamentaba de que durante décadas le hubieran contado la guerra civil desde la beligerancia de un bando y se congratulaba de que esta ya hubiera perdido eficacia y se hubiera vuelto inoperante. Pero advertía: «tenemos que eludir un último peligro: que nos vuelvan a contar la guerra desde la otra beligerancia, desde las otras mentiras». Vivimos tiempos de guerra, desgraciadamente, y todos sabemos que en estos periodos lo que más sufre es la verdad. Ortega afirmaba que una nación es «un proyecto sugestivo de vida en común» y difícilmente se puede construir la convivencia sino desde la vivencia intensa y atenta al presente y una mirada sosegada y serena sobre el pasado.

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