En el poema “Lo fatal”, Rubén Darío resumió lo que cien libros de metafísica y de ciencia...
Google reprodujo íntegramente este artículo, aparecido en El Cultural, revista de referencia de la vida intelectual española. Las redes sociales lo comentaron profusamente. El autor es Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Para conocimiento de los lectores de El Imparcial, lo publicamos a continuación.
En el poema “Lo fatal”, Rubén Darío resumió lo que cien libros de metafísica y de ciencia se han esforzado por esclarecer: “-…sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos… y no saber adónde vamos ni de dónde venimos”.
Extraordinario libro troncal el que acaba de publicar José María Bermúdez de Castro, “Hijos de África” (Ediciones Nobel). El gran científico se esfuerza por escudriñar el origen del hombre y lo hace con máximo rigor científico y profunda reflexión metafísica. Al autor no le ocurre lo que a la mayoría de las mujeres y hombres que trabajan en la ciencia. Su escritura no es tórpida ni farragosa sino, por el contrario, clara y certeramente construida. Como diría Ortega y Gasset, se trata de un escritor capaz de “alquitarar las últimas gotas esenciales de su pensamiento.”
Bermúdez de Castro, reconocido internacionalmente como experto en paleoantropología, desarrolla las principales claves de la evolución de la Humanidad. “No podemos dejar de escribir sobre la dieta omnívora, la postura erguida y la locomoción bípeda, así como la pinza de presión, el crecimiento del encéfalo y su progresiva complejidad, los cambios en el patrón del desarrollo y, por descontado, el nacimiento de la cultura que nos ha transformado en una especie singular.”
Bermúdez de Castro persigue las huellas de los hombres liminales hasta encontrar la cuna primigenia de la Humanidad en el África endrina. Somos todos hijos de África. Hace más de cincuenta años, cuando publiqué mi libro “La Negritud” sobre las culturas de las razas africanas, ya advertí las ráfagas culturales procedentes de aquel mundo. Se esfuerza Bermúdez de Castro por detectar en los chimpancés y los bonobos, anticipadores del homo sapiens, el tejido de los orígenes del hombre, aunque no resuelve la incógnita del lenguaje que subraya tal vez el abismo entre el animal irracional y el racional.
Con palabras desbravadas, el científico estudia el cerebro, el área de Wernicke, que nos permite pensar en los conceptos o las ideas que queremos expresar. “¿Cuándo comenzamos a producir un lenguaje aproximadamente similar al que tenemos en la actualidad?”, se pregunta el autor porque sabe que está interrogación trae de cabeza a los paleoantropólogos. Se suma luego a la investigación de Ignacio Martínez y afirma que la audimetría realizada a los neandertales del Pleistoceno (vivieron hace 120.000 años) “es prácticamente indistinguible de la nuestra”. A pesar de eso, el progreso científico fue posible por la interacción de los muchos que operaron coordinadamente.
Subraya también el autor que los chimpancés y los bonobos, tan próximos a nosotros, carecen de cultura. El equipo dirigido por Catherine Hobaiter en 2014 estudió en la reserva ugandesa de Sonso se aproximó a encontrar algunos casos que podrían calificarse de culturales. El relato del bonono Kanzi resulta muy esclarecedor. Este mono vivió 45 años, educado por la primatóloga Sue Savage Rumbaugh. Llegó a controlar hasta 200 unidades léxicas y utilizó instrumentos de piedra. “Todo se hace por imitación”, concluye el autor. En los monos y quizá en los hombres.
“Hijos de África” es una extraordinaria obra de ciencia y metafísica. Su autor está reconocido como uno de los más prestigiosos científicos europeos. Es un orgullo para la Real Academia Española contarle entre sus miembros. Me faltan conocimientos científicos para analizar con profundidad su obra, pero la lectura del libro que acaba de publicar resulta sencillamente apasionante, además de esclarecedora y profunda. Con palabra pródiga, Bermúdez de Castro enciende los interrogantes todos sobre la condición humana. Y resuelve algunos para responder a ese verso, que da calambre, del poeta nicaragüense: no saber adónde vamos ni de dónde venimos.