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TRIBUNA

El "A-mor" es un "Tú-mor"

sábado 24 de octubre de 2026, 18:04h

Los días 15 y 16 de octubre participé en el Congreso Internacional celebrado en la Universidad Complutense de Madrid bajo el título: “Carlos Díaz: La filosofía del Personalismo Comunitario”. Un encuentro que invitaba a pensar sobre la persona, su singularidad y su relación constitutiva con los demás. Al preparar y exponer mi comunicación, “El mismísimo eco de Mounier”, volví a encontrarme con una convicción que atraviesa el pensamiento personalista y comunitario: nuestra existencia no se explica enteramente desde nosotros mismos, porque hay algo, mejor dicho: Alguien que nos precede, nos constituye y nos invita a salir al encuentro del otro. De aquella reflexión, junto a las del resto de participantes, nace esta otra que ahora quiero concentrar en torno al vocablo “mor”, pero expresándolo gramaticalmente con dos palabras distintas al añadirle un prefijo que las distingue, las modula y las integra en una sola expresión, pero en un juego etimológicamente dialéctico y aparentemente contradictorio en la siguiente frase: “El A-mor es un Tú-mor”.

Confieso que la ocurrencia tiene algo de provocación, pero también la posibilidad de apertura a una pregunta profundamente filosófica y antropológica. ¿Qué relación puede establecerse entre una palabra que expresa una de las experiencias humanas más fecundas, el amor, y otra, el tumor, que en su significado médico designa una proliferación celular anormal? ¿Qué puede decirnos de nuestra existencia esa resonancia verbal? ¿Y si, más allá de su aparente contradicción, ambas nos ayudaran a comprender una paradoja del amor?: que cuanto menos espacio reclama para sí, mayor capacidad adquiere para irradiarse

Porque, si la hinchazón del tumor nos sirve como imagen de algo que aumenta su volumen, podemos preguntarnos si no existe también en el ser humano una forma de crecer que termina convirtiéndose en una hipertrofia del yo. Un yo que necesita afirmarse continuamente, hacerse valer, imponer su criterio y ocupar el centro de cuanto sucede y terminando por reducir el espacio en el que los demás puedan ser reconocidos como personas.

El problema aparece cuando el tú deja de ser alguien y se convierte en algo: un instrumento de nuestra satisfacción, un espejo en el que buscamos reconocernos o una posesión que nos tranquiliza y nos satisface. Entonces, aunque hablemos mucho de amor, quizá solo estemos prolongando la hinchazón de nuestro propio yo.

Martin Buber, en Yo y tú, nos ayuda a comprender que el encuentro amoroso y genuino no se produce cuando reducimos al otro a un objeto de conocimiento o de utilización, sino cuando lo reconocemos en su condición de tú.

Erich Fromm, en El arte de amar, expresa esta idea al afirmar que «el amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de quien amamos». Esta frase desplaza nuestra atención desde la intensidad del sentimiento hacia la vida concreta de la persona amada. La pregunta ya no es únicamente cuánto necesito al otro, cuánto me satisface su presencia o cuánto temo perderlo, sino qué hago posible para él. ¿Contribuyo a su crecimiento? ¿Respeto su libertad? ¿Me alegra que desarrolle capacidades que no dependan de mí, incluso cuando eso signifique que cada vez me necesite menos?

Estas preguntas nos conducen al centro de la paradoja que da título a esta reflexión, pudiéndose expresar así: el amor alcanza su mayor potencia irradiadora cuando deja de necesitar la expansión del ego. Su pequeñez no significa impotencia, sino ausencia de pretensión; su discreción no equivale a indiferencia, sino a una presencia que no reclama protagonismo. El amor no crece necesariamente acumulando manifestaciones, sino haciéndose capaz de llegar allí donde antes solo encontraba indiferencia.

Pero esta transformación no comienza enteramente en el nosotros. Hay algo anterior a nuestra capacidad de amar, algo que hemos recibido antes de poder elegirlo. En la comunicación que presenté en la Complutense recordaba una expresión de Carlos Díaz que considero esencial para comprender el personalismo comunitario: «El amor que tengo a los demás no lo tendría si antes no hubiese sido amado».

Esta afirmación modifica nuestra perspectiva. No somos individuos completos que, una vez constituidos, deciden establecer vínculos con los demás. Llegamos al mundo necesitados de acogida, cuidado y reconocimiento; aprendemos a pronunciar el yo en una historia en la que otros nos han precedido. Antes de poder responder, hemos tenido que recibir. Y aquello que recibimos puede convertirse, con el tiempo, en una capacidad de respuesta que ya no se limita a quienes nos amaron, sino que alcanza a personas que jamás conocerán el origen de nuestra entrega. Ese amor trasciende las coordenadas ónticas del ser y opera más allá de la propia historia de quien se dio amando.

Desde esta perspectiva, me atrevo a interpretar el lamento del homenajeado en dicho congreso, Carlos Díaz, por el escaso reconocimiento personal de su inmensa obra. Tal vez, más que una queja, sea también una súplica de amor: la de quien tanto se entrega y necesita saberse acogido para seguir entregándose. No para hinchar su yo, sino para continuar vaciándose en ofrenda, hasta que lo inunde el Amor sin límite de Quien Ama sin límite. Porque hay una sed que ningún reconocimiento humano puede colmar enteramente: la de saberse amado sin condiciones y encontrar, al fin, descanso en ese Amor que satura toda necesidad de amor.

Volvamos nuevamente al título: “El A-mor es un Tú-mor”. No porque ambas palabras compartan una raíz semántica, ni porque el amor pueda identificarse con una patología, sino porque su encuentro gráfico y fonético, nos permite descubrir una cuestión que afecta de lleno a nuestra condición personal: ¿qué crecería en nosotros si disminuyera la hinchazón de nuestro yo? ¿Qué posibilidades aparecerían si dejáramos de medir nuestras relaciones por lo que obtenemos de ellas y comenzáramos a valorarlas por aquello que hacen posible en los demás?

El “Tú-mor” de esta reflexión, como ya se habrá podido apreciar, no pretende describir una patología. Es una imagen construida para que el tú aparezca en primer plano, allí donde el yo suele ocuparlo todo. Pero tampoco basta con introducir un tú en nuestra vida para que nazca el amor. Podemos utilizar a los demás para alimentar nuestra vanidad, convertir la entrega en dependencia o exigir la renuncia ajena como prueba de fidelidad. Un amor que destruye la libertad de quien ama o de quien es amado contradice aquello que proclama. La disminución de la que aquí intento expresar, no es la anulación de la persona, sino el abandono de su pretensión de dominio. Domino que desembocaría en un ahogamiento del propio yo. ¡La asfixia del ego!

Tal vez por eso el amor auténtico se parezca tan poco a las formas de crecimiento que solemos admirar. Hay una manera de crecer que consiste en acumular poder, reconocimiento y espacio; otra, mucho más difícil, que consiste en hacer posible que otros también crezcan. La primera agranda el yo. La segunda ensancha el mundo.

Al terminar esta reflexión con aquellas dos palabras, quizá continúen frente a nosotros invitándonos a mirar más allá de su semejanza gráfica y fonética, y de su disparidad etimológica.

Amor nos habla del encuentro; tumor, de la hinchazón. Entre ambos significados se abre una pregunta que cada existencia deberá responder: ¿estamos haciendo crecer el yo hasta convertirlo en el centro de nuestro mundo, o estamos permitiendo que el amor reduzca esa pretensión para que el tú pueda ser reconocido en su plena singularidad?

El amor no se hace grande porque domine, sino porque fecunda; no porque posea, sino porque libera; no porque reclame toda la atención para sí, sino porque despierta en otros una capacidad nueva de amar.

Y entonces: el “A-mor” y ese “Tú-mor” nacidos de un juego de palabras y convertidos en pregunta sobre nuestra existencia, alcance su sentido más profundo: cuanto menos necesita hincharse el Yo, mayor puede ser su irradiación de amor en el Tú amado.

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