www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El deseo más allá del deseo

sábado 24 de octubre de 2026, 18:10h

En esta sociedad tan libremente ácrata para hacer del yo un objeto de consumo, el deseo ha sido reducido a la mínima expresión del placer, recluyendo su inmenso, infinito y antiguo espacio dentro del espíritu humano a una única y pobre función de llenado y satisfacción.

No ayuda nada la objetivación del placer como fría maquinaria de la felicidad inmediata. Y ayuda menos todavía la reducción del otro a artefacto que satisfaga el instinto, subrayado y enaltecido hasta la exageración del primer plano, a través de la publicidad esclavizadora de jóvenes henchidos por anhelos amorosos, deportivos, o alimenticios, que se despliegan en las marquesinas de las calles como espejos de un más allá fácilmente asequible.

Si no ayuda reducir a las personas a objeto, obviamente los objetos tampoco pueden satisfacer tal deseo humano, por mera cuestión metafísica, o por física espiritual, ya que puede haber deseos que quepan en el bolsillo, como un anillo de compromiso, y deseos en los que cabemos nosotros, pero un coche nuevo, un yate, o un avión sirven tan sólo para llevarnos, anhelantes, de un lugar a otro con el drama en el maletero, o eficientemente facturado. En cualquier caso, no quiero cerrar la cuestión con tanta palabrería, sin que nadie pueda comprobar que lo dicho es la verdad más palmaria de nuestro tiempo; es decir, el de la reducción del corazón a habitáculo, zulo, o trastero en el que echamos todos los objetos deseados y posteriormente desechados, sin orden ni concierto, como adictos al trapo chino que se deja después tirado en algún rincón de la alcoba. Así, una vez comprobada la experiencia, ya se puede comprender —un poco— por qué toda la mística oriental y occidental insiste en el vaciado del alma, a modo de limpieza y orden espiritual. Pues tanto allí como aquí tenemos una tradición milenaria de observación comportamental sobre el empacho y ebriedad que los excesos, en cualquier ámbito, dejan en el alma humana. O al revés que, por defecto, pueda darse el caso de quien queriendo vaciarse del todo, alcance la anorexia y la atonía más desaconsejable, por escrúpulo, asco, o inapetencia. 

De todo punto habría que alcanzar el término medio —dirán los fríos analistas que no se han dejado tiras de piel en el amor—, o en vez del término medio, una compostura que también dicen pronto los estoicos; esos sosainas que, en definitiva, ni comen ni dejan comer, ni tienen conciencia clara —a lo que íbamos— de la inmensidad del deseo en el espacio inabarcable, de templo hipergótico, que es el corazón: estancia inefable, bóveda infinita, cielo dentro del cielo, paraíso inabarcable dentro de la persona.

Dicho así y visto de este modo, esa estancia no merece la hambruna de la desatención, o la dieta de migajas de oro, pan, o carne humana con la que pretendemos tal llenado, porque como dice Juan de la Cruz en su explicación a la Llama de amor viva:

«…el alma, en cuanto espíritu, no tiene alto y bajo, y más profundo y menos profundo en su ser, como tienen los cuerpos cuantitativos; que, pues en ella no hay partes, no tiene más diferencia dentro que fuera, que toda ella es de una manera y no tiene centro de hondo y menos hondo…»; es decir, que es infinita y sólo puede estar hecha para el aposentamiento de alguien infinito. Y por eso, en tantas ocasiones, en la experiencia cotidiana, lo que desechamos como amargura, como tristeza, como amor marchitado, como algo llamado a olvidarse, como algo llamado a morir, no es otra cosa que el aviso, la señal incandescente de un alma a la que no le bastan fruslerías de mayor, o menor tamaño, de mayor, o menor intensidad. El dolor siempre es un gran signo, pero hay que saber interpretarlo en un mundo que lucha por acallar su voz y pasar a otra cosa como si nada. El dolor del alma, también infinito, debe entenderse como un hambre, también infinita, que no se puede conformar a las formas seculares, a las modas, a los apetitos, a los consejos de moralidad. Más bien, si de humanidad hablamos y a humanos escribo, hay que mirar sin miedo, la profundidad inabarcable de ese amor ausente, de ese deseo irrefrenable, de esa nostalgia de alguien que en tantas ocasiones nos paraliza, y no dejarnos llevar por la medianía a la que nos llama el consumo de experiencias, personas y cosas, tan apasionante al principio. Tan desmoralizante en el trascurso del ansia y la obsesión.

Ricardo Franco

Escritor, editor y flamenco

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios