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TRIBUNA

Pinceladas de un octogenario

lunes 02 de noviembre de 2026, 16:40h

            Como dijo Diderot,  “estoy empezando a sentir que me hago viejo: pronto tendré que comer papilla como los niños y ya no seré capaz de hablar, lo que constituirá una gran ventaja para los demás, aunque un pequeño inconveniente para mí”.

Debiendo jubilarme oficialmente a los setenta años y 45 de vida laboral el 1 de noviembre, según la Seguridad Social yo no había cotizado a Hacienda desde hacía veinticinco años y oficialmente estaba muerto. Así que, no bastando el método empirista para demostrar mi existencia, es decir, aquello de “toque usted mi cuerpo serrano y verá que he cotizado hasta con el ano”, me vi obligado a presionar al amable funcionario con el método cartesiano (“mientras cogito existo”), o con el más complejo husserliano de la apercepción trascendental. Lo que jode es que después de tanta dictadura, represión, censura y demás jinetes del Apocalipsis, yo estuviera muerto en vida, zombi errático. ¡Ríome yo de los burguesines redituados por su mesecito en la cárcel del último franquismo y por las censuritas de algunas líneas de sus panfletos!

Tengo como thesaurus o repertorio orgánico de textos el Eclesiastés: “He visto que la Sabiduría lleva tanta ventaja sobre la locura como la luz sobre las tinieblas. El sabio tiene sus ojos en la cabeza, y el insensato marcha en las tinieblas. Y también reconocí que una misma suerte les espera a ambos. Y me dije en mi corazón: la misma suerte que la del insensato me alcanzará a mí también ¿para qué sirve pues toda mi sabiduría? Y dije a mi corazón que eso también es una vanidad. Pues la memoria del sabio no es más eterna que la del insensato; desde los días que les siguen, ambos son igualmente olvidados. El sabio muere lo mismo que el insensato. Y yo he odiado toda la vida, pues todo es vanidad y perseguir el viento. Y he odiado todo mi trabajo hecho bajo el sol y que dejaré al hombre que venga después de mi, pues, sabio o insensato, sin embargo, será dueño de mi trabajo, en el que yo he puesto mi esfuerzo y mi sabiduría bajo el sol. ¿Qué queda al hombre de todo su trabajo, y del cuidado de su corazón, que lo fatigan bajo el sol? Todos sus días no son más que dolores, y sus ocupaciones no son más que penas; ni siquiera en la noche descansa su corazón: también eso es vanidad. Aunque un hombre hubiera engendrado cien hijos y vivido numerosos años, y aún cuando los días de sus años se hubieran multiplicado, si su alma no está saturada de felicidad, y ni siquiera ha tenido él sepultura, habrá venido en vano, se irá a las tinieblas y las tinieblas cubrirán su nombre. Ni siquiera vio ni conoció el sol. Todo el trabajo del hombre es para su boca. Pero sus deseos jamás se satisfacen”.

El Eclesiastés no es un libro para desfallecientes, nada tiene  que ver con el saudadoso poema de Jaime Sabines: “mi madre me comentó que yo lloré en su vientre. / A ella le dijeron: tendrá suerte. / Alguien me habló todos los días de mi vida / al oído, despacio, lentamente. / Me dijo: ¡vive, vive, vive! / Era la muerte”. No, el Eclesiastés es un libro de esperanza en Dios, y no solo el relato de una desolación: “Teme a Dios y observa sus mandamientos, pues en eso consiste todo el hombre”. Y en esta convicción he visto agrietarse mis carnes en compaña del Abraham de Kierkegaard: “desde aquel día Abraham fue un anciano; no podía olvidar lo que Dios le había exigido. Isaac continuó creciendo tan florido como antes; pero la mirada de Abraham se había empañado y nunca más vio la alegría. Cada uno de nosotros ha sido grande a su manera, siempre en proporción a la grandeza del objeto de su amor; uno alcanzará la grandeza porque esperó lo posible y otro porque esperó lo eterno, pero quien esperó lo imposible ese es el más grande de todos. Todos perduraremos en el recuerdo, pero cada uno será grande en relación a aquello con que batalló. Y aquel que batalló con el mundo fue grande porque venció al mundo, y el que batalló consigo mismo fue grande porque se venció a sí mismo, pero quien batalló con Dios fue el más grande de todos. Hubo quien fue grande a causa de su fuerza y quien fue grande gracias a su sabiduría y quien fue grande gracias a su esperanza, y quien fue grande gracias a su amor, pero Abraham fue todavía más grande que todos ellos: grande porque poseyó esa energía cuya fuerza es debilidad, grande por su sabiduría, cuyo secreto es locura, grande por la esperanza cuya apariencia es absurda y grande a causa de un amor que es odio a sí mismo”.

Sigo creyendo firmísimamente a mi edad, y con todo el respeto para los ateos, que carecer de infinito disminuye y limita desesperadamente, algo que hasta el reputado agnóstico Max Horkheimer hubo de reconocer: “política o economía que no contengan teología, aunque sea de manera muy poco consciente, no dejarán de ser a fin de cuentas un negocio, por muy hábil que éste sea”[1]. El caballero de la fe es Abraham, que pese a todo se aferró al  para Dios no hay nada imposible. El caballero de la fe tiene una clara conciencia de la imposibilidad. Dios es para él el reino de los fines y el centro de los valores[2], y por eso recurrentemente repito con Kierkegaard: desesperarse o creer. 

Deseo que esta confesión mía de penúltima hora no me impida reconocer que agota a los demás y a sí misma la persona que derrama aflicción siempre y en todo lugar y que por eso espero seguir luchando con la misma pasión, el mismo tesón y la misma alegría gozando del humor de los errores humanos y de las erratas literarias, pues hay erratas que te matan y erratas que te dan vida: “Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”, o aquella condesa “cuyo exquisito busto (en lugar de gusto) conocemos bien todos sus amigos”. O “aquella mañana en que doña Manuela se levantó con el coño fruncido”, según se decía en la primera edición de una novela de Blasco Ibáñez, en donde una letra se desfiguró quién sabe dónde. Porque la vida en realidad es así: “Alfonso Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”. La vida, algunos versos derechos en demasiados renglones torcidos. Cuenta Boccacio la historia de un israelita que tenía un amigo cristiano que deseaba convertirlo al cristianismo. Estando el israelita casi convertido y pronto a aceptar el cristianismo, antes de decidirse definitivamente quiso ir a Roma y observar la conducta del Papa y sus cardenales y la vida de los hombres que estaban a la cabeza de la Iglesia. El cristiano que se había empeñado en convertirle se asustó y pensó que sus esfuerzos habían sido vanos, pues, cuando viera todos los escándalos de Roma, su amigo, no se decidiría a hacerse bautizar. El israelita partió, constató la hipocresía y la depravación, la corrupción, la simonía que reinaban en esa época en la corte del Papa y entre el alto clero romano. A su regreso, su amigo cristiano, muy inquieto, le preguntó la impresión que le había causado Roma. La contestación fue de un sentido perfectamente profundo e inesperado: “Si la fe cristiana había podido resistir todos los escándalos, todas las abominaciones que había visto en Roma, y si, a pesar de todo eso, se había fortalecido, debía ser ésa la fe verdadera”, y se hizo cristiano.  No sé si es que, por ser hoy día de todos los santos, no me asustará el día de mañana, que es de difuntos. De santos y de difuntos todos tenemos un poco.         

 

[1] Anhelo de justicia. Ed. Trotta, Madrid, 2000, p. 169.

[2] Caso, A: Antología filosófica. UNAM, México, 2010, p. 185.

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