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TRIBUNA

Hegel: conciencia profunda de Europa

Antonio Domínguez Rey
jueves 5 de noviembre de 2026, 19:19h

Entrar en la forma interna de un texto, es principio básico de hermenéutica. Sin la introyección de lectura, el analista o intérprete queda fuera del escenario. Asiste al desarrollo temático como espectador ajeno. En cambio, la empatía que el movimiento del texto procura favorece su comprensión. La proximidad generada no anula la distancia crítica. Bertolt Brecht la denomina distancia objetiva (Efecto-V: Verfremdungseffekt). Filtra la ilusión que la escena dramática produce. La carencia de tal perspectiva reduce la capacidad de discernimiento. Esta reducción deviene peligrosa en el caso de la imagen y técnicas digitales que cifran la comunicación como dictado sin alternativa de respuesta personalizada. Es el gran reto de la computación algorítmica del texto icónico y electromagnético. Conseguir el equilibrio hermenéutico de esta distancia crítica no es fácil. Presupone aprendizaje analítico. Era una de las bases de la enseñanza humanista. Se está perdiendo.

Tal preámbulo viene a colación releyendo la Ciencia de la Lógica de Hegel, traducida por el profesor Manuel Jiménez Redondo, fallecido hace dos años (15 de noviembre de 2024) y editada recientemente (Tirant, 2026). Compañero y colega desde nuestra formación en la Universidad Comillas ubicada entonces en esta localidad de Santander. Lectura ardua, compleja, pero histórica. Manuel dedicó su vida académica a la traducción e interpretación de la filosofía alemana, fundamentalmente Kant, Hegel, Heidegger y Habermas. Conocía bien la tradición textual grecolatina a través de la historia del pensamiento y su actualidad crítica. Por eso, al releer sus traducciones dotadas de aquel estilo de la forma interna del texto, pero en otro idioma distinto del original, renace la tercera lengua que Walter Benjamin intuía en toda traducción atenta al movimiento mental que la lectura requiere. Lo que Unamuno denominaba “palabra respirada”. Dicho esto, no obstante, por algo más que el homenaje dedicado aquí al ejercicio traductor de Jiménez Redondo, parejo de sus cursos en la Universidad de Valencia. Es otro modo de Logos creador y de estilo suscitado, en efecto, por la endopatía (Einfühlung) de la forma lingüística alentada por una y otra lengua. Jiménez Redondo conocía la literatura griega, romana, inglesa, italiana, alemana y española, sobre todo la poesía (clásica y moderna).

Sin el contagio del estilo de pensamiento, no entendemos realmente los grandes textos creadores. Tal es el caso de Georg W. Friedrich Hegel. Y si todas sus obras son difíciles de asimilación (Fenomenología del Espíritu, 1807; Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas, 1817; Elementos de la Filosofía del Derecho, 1821; Lecciones sobre la Estética, póstuma, 1835, 1838), la Ciencia de la Lógica (1812-1816, 1832, segunda edición reelaborada), resulta especialmente compleja. Pero Europa no se entiende sin Hegel. Es su conciencia profunda. Su famoso método dialéctico (tesis, antítesis, síntesis), conocido previamente, resulta incomprensible sin entrar en la textura de su propio estilo. Entre otras razones, porque el devenir y su contingencia son la sustancia medular de la naturaleza e inmediata de la condición humana. La finitud inmerge en un proceso de realización abocado a un dinamismo infinito que se rehace autónomo (un hacer del hacerse) y circularmente Absoluto. El hombre halla su libertad en esta comprensión dinámica. Cada momento del devenir es instancia objetiva del espíritu en su desarrollo creador, comprendidos en ello la materia y el centro activo de cada ser, especialmente el yo humano. Por espíritu hemos de entender la capacidad comprehensiva y creadora de todas las facultades intelectivas, conscientes o subconscientes. Uno de sus atributos es el genio, transmitido, según Hegel, por la madre al hijo y como predicado de naturaleza. En el yo se alza la energía natural como conciencia o unión objetiva de concepción mental al determinarse algo concreto como objeto. La de-terminación (separado el prefijo “de” para indicar el proceso del término y tema configurados en el proceso de realidad así operada) acontece como algo en sí y para sí. Esta antelación preposicional en torno al pronombre yo en caso oblicuo (sí) indica lo estable del devenir que se instituye dirigiéndose al centro anímico como un fin interno, el para sí. Y en el proceso lo determinado se revela suprimido como acto suyo. Pero al abolirlo (la función “de-” indica la moción actuada), algo queda prendido en otro orden de cosas o nivel elevándolo a nueva instancia de sí. Esa retención dinámica supera la negación del límite implicando en lo retenido del “algo” una extrañeza diferente del yo que está conociendo el desarrollo de la trama, digamos, pero no ajena. Cada posición lógica o acto mental es momento de otro a su vez fundamento suyo. Todo lo racional es real y viceversa, afirma Hegel en la Enciclopedia.

He ahí el objeto (lo puesto enfrente y dentro de sí) del conocimiento y base de todo principio en cualquier ciencia. Un ob-jeto atravesado entonces por el yo, a su vez objetivado en el proceso, es decir, el campo (acepción atómica deltérmino como dimensión de elementos interrelacionados según regulaciones recíprocas y específicas) o esfera rotativa del devenir. Ahí se configuran el espacio, tiempo, sus modalidades orgánicas o inorgánicas, la cualidad, cantidad (quantum), relación, las cosas, etc. Es el área de la objetividad sea cual sea el objeto en ella manifestado.

Pues bien, lo revelado en el trasfondo y superficie del proceso es la indeterminación Ser acontecida (puro devenir relacional) en sí como esencia y medida de lo inmediato de la exsistencia (verbo latino “exsisto”, salir de, manifestarse), además de mediación al determinar(se) algo diferenciándo(se) ipso facto, por ello, de sí propio. Esa diferencia presupone para Hegel una exclusión afirmativo-negativa inmediatamente superada en otro nivel u orden entitativo, así como verbal. Es el famoso tránsito de la “Aufhebung” hegeliana, término polisémico que implica seleccionar una acepción al traducirlo: abolir, suprimir levantando o reteniendo. El tránsito de un momento del devenir a otro presupone yuxtaposición o conjunción de elementos –continuidad y concreción discreta–, lo cual implica retroacción e inherencia como en el mecanismo y quimismo de fuerzas y elementos. En el tránsito habría, pues, una oposición y un instante nada, pero nada de la que procede o sale algo, abstracta, por tanto, pues se muestra siendo. Una nada creadora, dirá Antonio Machado. El Ser subyace indiferente en todo lo constituido determinándo(se) al retornar a sí expansivo o latitud infinita de concreciones respecto de la sustancia. Y como el yo está implícito en la constitución objetiva y transición del proceso, aunque sea solo como parte, la reflexión va incursa en el devenir absoluto al concentrase en sí como el hacer de cuanto existe. Lo concreto es su esencia. Lo interno y externo se unen revelando en la sustancia su realidad.

Entre el Ser y la esencia media el conocimiento, el concepto entendido como hacer y hasta el límite de concebirse a sí mismo, hacerse concepto de sí. Un conocimiento vital, pues lo entredicho es la vida omnipresente del darse o actividad hacedora de la “sustancia inmanente” deducible por el hecho de que la vida “no puede dejarse de percibir”. Aunque su contenido universal no cabe en el molde del concepto –lo desborda: un “misterio inconcebible” que la razón tampoco alcanza a comprender y que inquieta un siglo después a Levinas–, el impulso vital se muestra como “específico de la diferencia particular” de cada ente (lo siendo) o cosa. Heredado de los presocráticos, el impulso es “uno y universal de lo específico”, concreto. Aparece también en Kant (Schwung) atravesando el complejo trayecto de la razón desde la sensibilidad y como Idea. Cambia de nombre (hormé en griego, conatus e infieri latinos) y subyace en el instinto.

La deducción dialéctica trasvasa los momentos de la vida autorreferente (reversible dinamismo existencial del en sí y para sí diferenciado de lo otro) como “unidad negativa” al instante superada en algo distinto de su propia objetividad, que Hegel interpreta como lo Singular suyo (su alma). Cada elemento se relaciona con su complementario en un conjunto de relaciones cuyos polos se fundamentan entre sí hasta lo Absoluto o incondicionado.

Hegel declara que la Lógica es “el pensamiento de Dios antes de la creación del mundo” o, en vertiente dialéctica: “el absoluto pensándose a sí mismo dentro de nosotros”. Nos habita de alguna manera. Y lo que aquí subyace, aunque no lo parezca, es el trasfondo predicativo de la sustancia universal respecto de su predicado Ser en unidad de esencia, términos lógica y lingüísticamente ecuativos de una proposición reversible: “el ser es esencia” “o “la esencia es ser”. Hay, sin embargo, un matiz importante en la ecuación. El infinitivo se sustantiva y el atributo es presente doble, de indicativo y participio agente que engloba todos los entes: esentia latina, Wesen alemán, ambos términos procedentes de la raíz primitiva *(e)s. Y al proceder de tal modo, no solo vivimos –diría Descartes– y rizamos el rizo –comentaría Spinoza–. Estamos saliendo de nosotros mismos, extimados, al tiempo que los entes comprendidos en el morfema –encia nos observan. Hemos accedido a la forma que nos informa o predicado universal de relación exsistencia. Alcanzamos la totalidad de los seres, un todo cuyas partes contienen Ser una a una. Por eso se tiene a Hegel como el culmen del idealismo. La Idea es el hacer del universo en recíproca relación de coexistencia de elementos e identidades. Este pensamiento atraviesa también la historia conceptual de la filosofía desde los presocráticos, astrólogos y naturalistas, hasta la ciencia atómica. Lo nuevo es el modo de explicarlo y la implicación del método en el contenido científico. El concepto no se diferencia de su proceso y fundamento.

El giro conceptual de Hegel implica una reversión del predicado sobre el sujeto –plasticidad predicativa– y entonces la cópula “es” de la proposición deja de ser forma gramatical vacía y se llena de la singular sustancia siendo de la conciencia que percibe, concibe, idea, sustanciada en forma de juicio y a su vez superada en relación dialéctica, ya especulativa, como otro de sí u objetividad subyacente de todo conocimiento. El instante de esta unión es la fuerza de la Idea que engloba al conjunto trascendiéndolo, la diferencia y lo diferenciado como unidad reversible sobre sí y hacedora de universo.

Lo dicho de la predicación universal cuadra con el concepto biológico del lenguaje y su fundamento poético en la filosofía de Hegel. La proyección de la sustancia viviente sobre la forma en principio solo unitiva –herencia de Hölderlin- la entrevé Hegel en la dialéctica de la voz. Al hablar, el sonido articulado desaparece, pero deja un remanente vibratorio que induce relaciones internas de nuevo exteriorizadas, a la vez propias del yo y de lo otro que se manifiesta en la objetividad del habla. El ritmo del lenguaje transfiere el movimiento autónomo del devenir, que es el del ánimo sustanciándose. Raíces y morfemas de palabras y frases predican de la acción mental y corpórea del sujeto, su carne animada (Leiblichkeit), texto alentado (Wortlaut). Esto lo desarrolla Hegel en la Filosofía del Espíritu, la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas y la Estética.

Así pues, el relato de las formas predicativas, su explicación gramatical, o la simple opinión de la apariencia y fenómenos perceptivos requieren la reversión plástica y análisis especulativo de lo predicado sobre el sujeto. La reversión ilumina el fundido de cualidades y la cuantidad que la esencia o razón de ser suya sustancia en cada objeto como realidad propia. Hay que buscar su fundamento, aquello que funda y constituye, su verdad.

La Ciencia de la Lógica contribuye en tal sentido a entender estos momentos aún agitados de la política y del relato histórico de la memoria frente a la verdad del ser que busca y requiere el pensamiento: “Pero la filosofía no ha de consistir en una narración de aquello que sucede sino en un conocimiento de aquello que en eso que sucede es verdadero”. Hegel desvela además en su filosofía el germen del pensamiento poético que instiga también a sus amigos de formación Schelling y Hölderlin, luego a Heine, discípulo suyo en Berlín, con la sombra de Fichte en los hombros. Respecto de ellos, la contraparte del materialismo dialéctico de Marx lector de Hegel sigue siendo un sistema de representaciones, pero convertido en ideología. Lo inmediato es la naturaleza, no el espíritu objetivándose. La negación deviene social más que lógica y la superación de contrarios mantiene solo la relación mutua “de acciones y reacciones” de la materia, incluida la fuerza de la masa y estructura humana: el trabajo, su condición y rendimiento, la economía. El producto contribuye al desarrollo (praxis) y transforma el contexto social. El lenguaje es otro reflejo suyo. La “misión de la filosofía” queda “al servicio de la historia” (Marx). La dialéctica del amo y el esclavo (Filosofía del Espíritu) inspira la lucha de clases y la superación del tránsito negativo induce, por una parte, el concepto de plusvalía y, por otra, el de Estado capitalista, superestructura o trasunto políticamente jurídico de la Idea Absoluta de Hegel. El estado enajena al hombre y convierte su creación alterativa en dominio de su libertad.

La traducción de Jiménez Redondo facilita el contexto histórico del pensamiento hegeliano con corchetes explicativos cuando la comprensión del texto lo requiere, notas aclarativas y versión de términos alemanes concernientes al ser, el ente, la esencia, existencia, apariencia, el fenómeno, el objeto, la cosa (Ding y Sache en alemán), etc. A veces, recupera usos léxicos abandonados que pudieran parecer neologismos, como el término reflectir en vez de reflexión para traducir el alemán reflectiren de la conciencia en el concepto y la Idea. Jiménez Redondo se basa en que el verbo reflexionar no es transitivo, pero admite pronombre: “he de reflexionarlo”, por ejemplo.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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