¿Dónde están las nieves de antaño?, se peguntaba Francois Villon en el año 1461, en la Balada de las damas idas, un poema sobre el paso del tiempo y la vanidad de las cosas. ¿Dónde están?, se puede preguntar cualquiera hoy, a tres semanas de unas elecciones que pueden derretir algunas nieves, en una España conmocionada por un accidente que nos ha dejado mudos por dentro, íntimamente desconfiados de nuestra propia historia, de nuestra confianza hacia el futuro. Un futuro que partía de una transición en línea recta siempre en tren de alta velocidad, un tren que, con las luces encendidas nos llevaba a nuestros propios sueños de modernidad, a nuestra vía láctea por la que fluía, como un río, la confianza en lo que íbamos a ser. Y, de repente, ese camino se truncó con dos accidentes de un absolutismo total e irredento, incomprensibles e implacables, quizá íntimamente inexplicables para siempre. De repente, ese camino a los sueños se convirtió en un puente a la muerte.
Veníamos de un ministro de los raíles experto en olfatear la entrepierna de una amante cañí y en palpar la cartera de su escudero, porque en los sueños hay que llevar siempre algo del pasado, y en este caso el pasado era Lázaro y sus amos, y esa es una alforja incómoda pero comprensible, natural. La corrupción de la carne y de la mente, la que se inclina hacia la juerga nocturna, el taconeo, la fiesta y el “esto lo pago yo”. Siempre el yo que paga la fiesta, ese ser de sonrisa amarga e insomne, de cigarrillo ladeado y voz algo cazallera. De eso veníamos, pero no esperábamos el puente, ese oculto puente hacia lo oscuro, hacia la bola negra en este año de bolas negras. Alguien debe de morir, es la sentencia de las madrugadas lorquianas en las que hay una escalera a los cielos, como en la canción de Led Zeppelin. Un puente a la muerte que, como la boca abierta de una atracción de feria se comió todo un tren de alta velocidad: O dos, o los que haga falta.
¿Dónde están las nieves de antaño, ahora que Puente ha dimitido y Trump ha perdido el ángel y se ha quedado solo con el duende, con un duende burlón y plano, despojado de todo misterio, que le invita a irse sin cobrar, a salir de la escena poco a poco, con calma, asordinado como la trompeta de Chet Baker, y entre el alborozo de los musulmanes, los puritanos, las transexuales, los nerds que esperan siempre un préstamo sin intereses para financiar su ai business, que sueñan con que será luego absorbido por Elon, por Bill, o por cualquier otro forjador de puentes al más allá, de puentes, de malditos puentes.
Ahora que Cayetana se ha quitado las arrugas, quizá esperando una vicepresidencia, ahora que su voz se ha suavizado por la ingestión de nubes en el camino a la vía láctea, ahora que Feijoo se quitó las gafas, como quien se remanga, y acentuó sus arrugas, confiando en que en ellas crezcan niños votantes y flotantes, niños huérfanos de puentes al más allá, de puentes al infinito, ahora que parece que por fin las nieves se deshacen, que podemos llegar a un momento en el que todos entonemos a coro, al unísono la sagrada pregunta Où sont les neiges d’antan? ¿Dónde están las nieves de ayer, dónde las damas de antaño? ¿Dónde está el yo que con tanto mimo cuidé? ¿En qué arruga desparecida moraba? ¿En qué pliegue producido por el ceño fruncido se esconde? Ahí, en ese momento, quizá lo que haya que crear es un silencio de portavoces ruidosas, quizá haya que impedir la nota gruesa, el insulto fácil, el ataque directo, y dejar que la nieve se derrita casi sola, ayudada por un cambio climático que se antoja inevitable. ¿Dónde están las nieves de antaño? Se pregunta uno, sabiendo que el ciclo del agua, del hielo y de la nieve es eterno. ¿Dónde las damas del ayer? Las que, sin casi darse cuenta, con puente o sin puente, perdieron hasta su cuerpo, se hicieron agua, viento