Incompetencias
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 19 de enero de 2009, 22:12h
Mál de todos los tiempos en nuestro país, semeja haber alcanzado en los días presentes su fastigio imbatible. La sociedad tecnocrática y posindustrial no está reñida con el gigantismo de la incompetencia, según demuestra la vigencia y aceptación universales de los muy famosos principios de Peter.
Ni ordenadores ni demás ingenios de igual índole bastan a suplir en territorio español los vacíos inabarcables dejados en barbecho por la impreparación y aprofesionalidad de innumerables integrantes de la colectividad nacional. En todos los estratos y oficios, las deficiencias provocadas por tal circunstancia alcanzan cotas muy elevadas, prestando al conjunto de nuestra sociedad un perfil cercano al tercermundismo. Puede explicarse y, por ende, tolerarse que, en ciertas funciones, verbigracia, la política, un faprestismo impuesto por los condicionamientos históricos de una evolución en extremo acelerada haya provocado la aparición de estamentos y organismos fraguados en la prisa y la improvisación y, por ello, necesitados de un largo rodaje para asumir eficazmente sus responsabilidades. En otros casos, éstas son añadidas, y también por lo mismo cabe cierta indulgencia a la hora de su enjuiciamiento. No existen carreras ni oposiciones que preparen específicamente para alcaldes, rectores o presidentes de hermandades y cofradías. Existen sí, para metalúrgico, catedrático y funcionarios de los Ministerios de Transportes, Sanidad u Obras Públicas y, por desgracia, no puede decirse que, en líneas generales, sus cometidos estén realizados con mayor solvencia y meticulosidad.
Las causas de un fenómeno tan universal y arraigado en nuestra historia y temperamento habrá que rastrearlas por todas las manifestaciones de carácter español, con prolongadas incursiones por el pasado. La actual sociedad permisiva tan positiva desde otros ángulos, conforma, sin embargo, un estado de opinión en el que es casi imposible la rendición de cuentas de menesteres y funciones segregando una complicidad ambiental que diluye responsabilidades y anula exigencias. La incompetencia provoca y favorece el incumplimiento de misiones individuales y colectivas, justificando la abulia y la negligencia y provocando el desencanto prematuro y la dimisión precoz de responsabilidades.
Numerosos organismos e instituciones dan en la actualidad española pesarosa prueba de ello. Acaso sea uno de los que concitan con mayor fuerza la esperanza en un futuro mejor el que ofrezca una fisonomía más estragada por el mal a que aludimos: la Universidad. La demagogia que hizo presa en ella en los años del tardofranquismo y posteriores había ineluctablemente de desembocar en una cooptación endogámica, carente en la mayor parte de las veces de unos mínimos requisitos de suficiencia y aptitud. Catedráticos ineptos, sin vocación ni conocimientos, se rodearon de clientelas de corte semejante, para no alterar las delicias de una capua otorgada por la militancia política o el favoritismo medroso. La degradación en las aulas fue el corolario lógico e inevitable de un planteamiento aberrante de las tareas académicas, que sólo han podido conservar parte del antiguo respeto que las envolvía en la opinión pública por la entrega denodada de unos servidores espoleados casi siempre por factores negativos.
Claro es que tan descorazonador panorama no es privativo exclusivamente de España. Muy recientemente, el más conocido de los historiadores franceses acaba de referirse en la primera entrega de sus memorias –L´historie continue- a la irreversibilidad de este proceso agónico de la vieja Alma Mater en casi todos los países europeos. Sin posibilidad ya alguna de reformarse desde dentro, no cabe tampoco albergar la esperanza en una reforma de las instancias y jerarquías supremas de la nación, sin autoridad moral ni efectiva, y acaso, también, sin deseo alguno de acometer tamaña aventura.