Televisión e Historia
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 09 de febrero de 2009, 23:51h
El último quizá de la gran estirpe de los humanistas españoles, el poco ha fallecido Julián Marías Aguilera –apellido éste de rancia prosapia porcunesa-, repetía incesablemente, impulsado de su acendrada cinefilia, sin temor a la inoportunidad, la alta rentabilidad artística y educativa que se extraería de llevar al séptimo arte y a su sucedáneo la televisión, los inagotables productos de la cantera representada por nuestra rica historia. Pese a su infatigable cruzada, predicó en el desierto. Con la mejor voluntad, no rebasarán la veintena las películas y series que en ambos medios alcanzaron un perfil decoroso al trasladar a la pantalla episodios o capítulos del pasado nacional.
Es casi inimaginable; mas así ha sido. Los actores españoles no figuran, globalmente, en la elite mundial. Los directores y en el mismo plano de conjunto, tampoco. Sin embargo, con los más destacado de unos y otros puede sumarse una nutrida gavilla capaz de responder a las exigencias de un buen guión. ¿Radicará, pues, en la ausencia o escasez de adaptadores y documentalistas competentes y con la necesaria sensibilidad para captar y evocar bella verazmente los ambientes y personajes del ayer, la causa última y principal del estiaje de nuestro cine histórico? Por falta de conocimientos, no podemos responder. Que lo hagan los expertos. Sólo podemos recordar que en el serial televisivo consagrado a la reconstrucción de la vida de la Santa andariega –probablemente la más lograda de las de este tipo-, gran parte de su éxito debiese a la envidiable labor del guionista, que llenaba así sus anchos huecos y dilatados ocios académicos. Por el contrario, la manifiestamente mejorable labor de un sacerdote sin oficio pero sí con mucho beneficio y la de un docente comecuras y huérfano de la mínima finura para la repristinización del pasado en la escritura de los textos rememorativos de etapas más recientes de la historia nacional, ha resultado sin duda el motivo fundamental de su desmaña.
La comparación con otros países occidentales no puede ser, por lo demás, más deprimente. Noticias recientes del Reino Unido informan de que las series de la pequeña pantalla consagradas a cualquier época del pretérito la “alegre Inglaterra”, basadas en sobresalientes maestros universitarios que han abandonado para ello tradiciones y escrúpulos arraigados en la Academia, ganan invariablemente en los rankings de mayor audiencia a sus rivales más próximos, los partidos de la liga británica y europea.
Claro es todo ello viene a ser, en postrer instancia, la decantación de toda una educación y una cultura impregnada en todos sus poros por el amor y respeto hacia ese pasado que, según escribiera uno de sus más notables ensayistas, David Lovethal, es “un país extraño, en que las cosas ocurren de otra manera” a lo que una deformada y extendida visión pretendió hacer creer. Carente de continuidades y tradiciones auténticamente fecundas, la España actual quizá se encuentre lastrada o al menos seriamente handicapicada para acometer empresas como la señalada respecto a Gran Bretaña.
Empero, como expresara el poeta, “el futuro no está jamás escrito”. Las jóvenes generaciones acaso se esfuercen porque el gran cine histórico tenga un día también patentes españolas.