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Reforma integral de la política

Javier Zamora Bonilla
martes 10 de febrero de 2009, 23:23h
Los casos de corrupción económica y de corrupción política (léase espías) que hemos conocido en estos últimos días y que afectan directa o indirectamente al PP no son sino una muestra más del lamentable estado en que la política está. Se podrían enumerar unas cuantas decenas de casos del PSOE y de otros partidos durante la democracia sin tener que dedicar demasiadas horas a rebuscar en la hemeroteca, pero no consiste en echarse corruptelas y corrupciones, delitos en el fondo, a la cara. No se puede salir como el otro día Esperanza Aguirre en sede parlamentaria diciendo a la portavoz del PSOE: “y vosotros más”, porque no se trata de más o menos, sino del fondo sustancial que representa que algunos políticos hayan dado por supuesto que este tipo de corruptelas o corrupciones, delitos -insisto-, son algo normal en política.

Tampoco es cuestión que afecte sólo a España. Incluso Obama, que se ha presentado como un símbolo de la regeneración de los usos de hacer política, ha tenido que prescindir ya de dos potenciales miembros de su equipo de Gobierno porque ambos estaban incursos en no muy honradas prácticas económicas.

La pérdida de valores que se inició a finales del siglo XIX con la secularización de las sociedades occidentales supone una desmoralización tan brutal que hemos sido incapaces de crear una ética laica, tan necesaria en estas sociedades de masas postmodernas. Un laicismo que respecte el sentimiento religioso es una de las claves del progreso de nuestras sociedades, y nuestro principal valor para oponernos a civilizaciones que intentan imponer su fundamentalismo clerical.

Ante la ausencia de valores claros, el dinero se alza como el único bien respetado y a él se entregan las conciencias y los cuerpos sin miramiento alguno (siempre hay excepciones, claro está, y muchas). Desde fuera y desde una vida modesta pero suficientemente cómoda, resulta tan extraña como irritante esa búsqueda alocada del becerro de oro por gentes que tienen suficientes medios no sólo para vivir bien sino para vivir muy bien. Hay que erradicar estos delitos de la política y perseguirlos allá donde aparezcan. Los partidos tienen que ser los más interesados en erradicar dentro de sus filas o en sus proximidades estos delitos para evitar que los ciudadanos vean la política como un medio para enriquecerse mucho y rápido. Al menos indicio, a los juzgados, aunque llenemos las cárceles. Hay que crear la imagen de que el que se enriquece así no es un “espabilado”, un “listo”, sino un ladrón. El que se queda con dinero ajeno es un ladrón, sea por cohechos, comisiones ilegales, estafas, abuso de la posición de poder, manejo ilícito de información privilegiada, etc., etc. Convendría que el Código penal castigue estos delitos con penas muy duras, porque si bien en los mismos no se utiliza la violencia física, sí se utiliza la violencia contra lo público, se violentan las instituciones públicas, que son el fundamento de nuestra democracia.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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