Maldita manía de hurgar en las basuras
miércoles 25 de febrero de 2009, 22:13h
Martín vive desde hace años en la calle. No recuerda cuantos, pero ya no imagina otra existencia lejos de los cartones que le sirven de abrigo cuando llega la noche en el soportal al que se retira a descansar con sus bártulos bien guardados en dos grandes y deformadas bolsas de lona. Siempre el mismo lugar, porque, dentro de su particular vida, la mayoría de los “sin techo” siguen una rutina cotidiana igual que el resto de los mortales. Tampoco solía variar mucho la ubicación de los cubos de basura en los que rebusca la comida del día, pero últimamente hay noches en las que no queda más remedio que pasarse por tres o más sitios hasta darse por satisfecho.
Y es que este invierno en Madrid, además, está resultando especialmente complicado para los que no tienen casa. No sólo por el frío extremo que los más afortunados han capeado en los albergues y las estaciones de Metro, sino porque en la batalla diaria de callar al estómago ha aparecido una competencia hasta ahora inimaginable. Me cuenta Martín que antes, siempre eran los mismos los que cada noche se encontraban alrededor de un cubo a las puertas de algún restaurante o supermercado. Sin embargo, este año de crisis, cuando llegan los habituales ya hay gente esperando el cierre del establecimiento en cuestión, en cuyas sobras buscarán los ingredientes de la cena. Ahora hay muchos tipos que no viven en la calle. Parados, jubilados, endeudados hasta la desesperación, que disponen de un techo bajo el que cobijarse, seguramente a costa de pasar hambre. “Y no te olvides también de algunos inmigrantes” me advierte. “Como ahora la policía ha descubierto que las colas de los comedores de beneficencia son un auténtico filón para detener a los “sin papeles”, muchos tienen que esperar a la noche y venir a meter mano en las basuras”.
Personalmente, me cuesta imaginar que haya muchas situaciones más duras que la de no tener otra posibilidad para poder comer que hurgar en los contenedores de desperdicios. Rebuscar con ansia entre lo que ya nadie quiere, desechos, productos podridos o echados a perder. Y ¿de verdad a alguien se le ocurre que existan personas con tan denigrante afición? ¿Que, sin necesidad, incluso lleguen a pelearse con otro en igual situación para hacerse con la pieza menos mordida o estropeada? Le cuento a Martín que mañana el Ayuntamiento de la capital va a aprobar una normativa para sancionar duramente su forma de alimentarse. “Te pueden poner una multa de hasta 750 euros”, le digo, preguntándome, de paso, cómo pretenden los responsables municipales cobrar la elevada sanción a los que no tienen nada. Mientras, Martín me dedica una silenciosa mueca de sorna y dudo por un instante que me haya creído. Luego se gira hacia otro compañero de fatigas que toma el anhelado sol apoyado en uno de los arcos de la Plaza Mayor y le grita “Chico, vamos a tener que ponernos más curiosos. Desde mañana, el alcalde nos invita a todos a cenar en su casa”
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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