Libertad a golpe de maza
jueves 26 de febrero de 2009, 01:10h
Si cualquier persona decente escucha que un individuo ha irrumpe por la fuerza en un establecimiento público y, armado de una maza, arrambla con cuanto se pone en su camino, el sentir generalizado será de rechazo. Pero el caso de Emilio Gutiérrez, por el contrario, ha despertado una enorme corriente de simpatía y comprensión. Este joven de Lazkao destrozaba el pasado martes la Herriko taberna de su pueblo, al ver cómo los abertzales se mofaban del estado en que había quedado su casa tras la bomba colocada por ETA. Estaba indignado y sabía dónde tenía que ir. Todo el mundo lo sabe. Las Herriko tabernas son el lugar donde suelen cobijarse los terroristas y quienes los apoyan. Esto último no solo es un clamor popular, sino que hay una abundante jurisprudencia sobre ello. Así que Emilio conocía perfectamente el lugar donde debía dirigirse. En el que, dicho sea de paso, no le dio tiempo a hacer mucho. Esta vez sí, la Ertzaina se personó al momento y procedió a detenerle con premura. Semejante celo no suele ser muy habitual en la policía del PNV. Claro que, en esta ocasión, el detenido era un no nacionalista.
Los actos violentos son siempre reprobables. Pero a veces es muy fácil entender los motivos por los que una persona reacciona de la manera que lo hace: sobre todo cuando el Estado en cuestión no garantiza el monopolio de la violencia legítima, impidiendo asesinatos y actitudes vandálicas, como las que destrozaron el domicilio de Emilio Gutiérrez, o cuando las autoridades no clausuran locales donde se recauda dinero para los asesinos y se ensalzan sus acciones criminales, como en la Herriko taberna de Lazkao. En una sociedad moralmente degradada y anestesiada como la vasca, el hecho de que por fin alguien se rebele contra el nacionalismo es una gran noticia. Emilio se ha tenido que ir de Lazkao, cuyas paredes cómplices y cobardes aparecían ayer pintadas con amenazas de muerte hacia su persona. Pero ha dado un paso. Hasta ahora, toda la gente de bien que padecía la dictadura del miedo lo hacía en silencio. Por una vez, no ha sido así. E insistiendo en que quizá las formas no son las más adecuadas, el fondo de rebeldía es una bocanada de libertad. La que reclama un joven, impotente al ver cómo una organización terrorista destroza la casa en la que iba a vivir con su novia, y que ve cómo el nacionalismo al completo se burla de ello. No sólo eso, sino que además tiene que marcharse de su tierra. Como tantos otros. En el caso de Euskadi, se vuelve a cumplir aquella máxima según la cual siempre se van los mejores.