El gato debe cazar ratones
Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
jueves 26 de febrero de 2009, 22:41h
Tiene el poder una legitimidad de origen, que dan las urnas en las democracias; los sistemas autoritarios invocan la revolución, valores de justicia social, derechos de origen divino o histórico las monarquías tradicionales, o se basan, sin más, en la fuerza desnuda. No voy a entrar en la muy espinosa cuestión de los sistemas autoritarios que alcanzan el poder por las urnas.
Hay, junto a la de origen, una legitimidad de ejercicio. A todo político se le exigen resultados. Confucio, ventiseis siglos atrás, dejó claro que el gobernante debe garantizar a sus súbditos la seguridad, el bienestar y la justicia; si no, pierde el “mandato del Cielo”. En una democracia se añade a estas exigencias la garantía de la libertad y los derechos humanos. Sea con una economía capitalista o socialista, con democracia o autoritarismo, el poder tiene que conseguir que el sistema económico funcione, que la gente encuentre un trabajo con el que ganarse la vida, que el bienestar económico alcance a la gran mayoría, que los ahorros no desaparezcan (porque el banco quiebra o la inflación los devora). Independientemente de su color, el gato tiene que cazar ratones, en la China y en todas partes.
Hasta que Deng Xiaoping lanzó, en 1978, su política de “reforma económica y apertura al exterior”, el socialismo se equiparaba con miseria y falta de libertad, y el capitalismo, al menos en el Occidente desarrollado, con riqueza y democracia. China acabó con este paradigma, al lograr el proceso de desarrollo económico más espectacular de la historia universal, multiplicando su PIB por quince en treinta años y sacando de la pobreza a más de 500 millones de personas. Para Mao el gato tenía que ser rojo, y le daba perfectamente igual que cazara o no ratones. Deng y el PCCh desautorizaron esta política, el gato cambió de color y se ha cansado de cazar ratones durante tres décadas. Se podrá discutir si China sigue siendo o no socialista, pero lo cierto es que ella se lo considera y que, aunque haya abrazado la economía de mercado, las mayores empresas del país, incluida la banca, son de propiedad pública, generando un tercio del PIB. No es un sistema planificado estaliniano, pero si un sistema mixto que da al Estado el control de la economía.
Con la crisis económica actual, gestada en el corazón mismo del sistema capitalista, queda claro que éste puede conducir a ciertos excesos que ponen en entredicho la generación de riqueza y el bienestar de la mayoría. Estamos ahora en un túnel muy oscuro, con efectos sociales y políticos imprevisibles -esperemos que mucho más suaves que los de la Gran Depresión de los años treinta. El gato no caza ratones y, por tanto, la legitimidad de ejercicio está en entredicho en el mundo capitalista. La crisis global no supone sólo un fracaso del sistema económico, sino también del sistema político, por su incapacidad de supervisar, gestionar y regular el sistema económico de forma que permitiera prevenir los desafueros cometidos y evitar la crisis brutal en la que nos hallamos.
Obama ha sido recibido, en casi todas partes, con una enorme esperanza, trasunto tanto del fracaso rotundo de su antecesor como del miedo que embarga al mundo. A todos nos conviene su éxito, la recuperación de la legitimidad de ejercicio de la economía de mercado y de la democracia representativa.
Si pudiéramos rebobinar la historia y volver al año 2000, ¿quién votaría al segundo Bush? La respuesta es obvia, aún olvidando piadosamente el recuento de Florida. En cambio, Deng Xiaoping y Jiang Zemin, para hablar de los líderes cuyos mandatos ya concluyeron, obtendrían, si los chinos pudieran votar, mayorías abrumadoras. Ironías de la historia.
La verdad es que el último medio siglo la gestión de los presidentes norteamericanos ha sido muy discutida en su propio país. A Nixon lo echaron, a Clinton a punto estuvieron. A Johnson, Carter y el primer Bush les suspendieron al término de su primer mandato. A Reagan, que concluyó su segundo mandato en olor de santidad, se le considera hoy responsable de haber plantado, con su fundamentalismo de mercado, la semilla que generó la crisis actual. Es inevitable la pregunta, ¿sabe la gente lo que vota? O, en otras palabras, ¿es el sistema capaz de producir dirigentes que estén a la altura, de modo que al final de su mandato, o más adelante, no merezcan el reproche general? Esperemos que con Obama, dentro de ocho años, podamos contestar que si.
Viene a la cabeza la tan manida frase de Churchill:”La democracia es el peor de los sistemas políticos, excluidos todos los demás”. Los tremendos desengaños y las amargas reflexiones que condujeron al viejo zorro a pronunciar esta frase se ven ahora enriquecidos por la crisis que nos sacude.
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Ex-embajador de España en China y Rusia
Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.
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