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Los otros cambios gallegos

Olga González Alonso
sábado 07 de marzo de 2009, 19:43h
No deja de ser curioso cómo una sola jornada puede dar la vuelta de forma estrepitosa a argumentos lanzados durante días, mensajes reiterados durante semanas o tópicos fraguados incluso durante años. Y de qué forma llega a desenmascarar tanto a falsedades políticas como a políticos falsos. Apenas finalizado el recuento de los votos que decidieron un cambio de Gobierno en Galicia, empezaron a emerger los otros cambios gallegos, esos que se refieren a la actitud y la conveniencia.

Pepe Blanco llegó a decir, en la campaña electoral, que el PP iba a la deriva y se estaba convirtiendo en un partido residual. Vino el vicesecretario general del PSOE a apoyar a Touriño y, pese a sus conocidas diferencias personales, se empleó a fondo en elogiar su figura como artífice del cambio y del avance en Galicia. Vino el experto estratega, que no fue capaz de ganar nunca las elecciones en su pueblo, a reconducir la campaña de los socialistas gallegos. Su intensa participación en la batalla no le impidió sin embargo enviar, tras la derrota, su “solidaridad a los socialistas gallegos” como si la cosa no fuera con él. Mientras, ese residuo en que auguró iba a quedar el partido de Rajoy, consolida su fortaleza.

Poco amigo de tragarse sus propias palabras –algo comprensible dado el veneno que suelen llevar inoculado-, Blanco empezó con ese mensaje de ajena compasión para dar paso rápidamente a otros más punzantes. Y, así, pasó de apuntar a Touriño como el líder capaz de aunar voluntades a apuntarle con el dedo acusador, culpándolo del fracaso por no haber sabido hacer del bipartito, tantas veces definido por el propio presidente saliente como compacto y unido, un gobierno de coalición y haberlo convertido simplemente en uno de cohabitación.

También Zapatero vino a reforzar la campaña de don Emilio. Votar al entonces presidente de la Xunta, dijo en un mitin, era como votarle a él mismo. Quizá con ello contribuyó a que la mayoría votara a Núñez Feijóo, quién sabe. El caso es que ahora ZP mira para otro lado y sale con que eso de interpretar lo que los ciudadanos han dicho en las urnas no es conveniente.

Por su parte, Touriño hizo, al día siguiente de las elecciones, lo que aseguró apenas un mes antes que no se le pasaba por la cabeza hacer si las perdía, o sea, dimitir como secretario general del PSOE gallego. Un partido en el que quienes hasta hace menos de una semana lo arropaban y presentaban como el único político honesto de esta tierra y la única opción válida para dirigirla no se conforman ahora con que deje de dirigirlos siquiera a ellos y han pasado a reprocharle, sin perder un minuto, hasta su intención de tomar posesión de su escaño en el Parlamento el próximo 1 de abril.

En cuanto a la otra parte contratante de la fugaz historia bipartita, Anxo Quintana, tiene al BNG revolucionado entre clamores que piden su cabeza mientras él se aferra a su puesto de líder de la formación, olvidando que no hace mucho se mostró dispuesto a asumir las responsabilidades que una vuelta de los populares a la Xunta conllevara. Dimita o no, el fracaso cosechado es lo suficientemente palpable como para que a él y a los suyos se les bajen los humos y entiendan que no se puede ir por la vida presumiendo de ser más gallegos que nadie. Porque luego pasa lo que pasa, que los que son de verdad los más gallegos, esto es, los gallegos, les dan el palo. Especialmente si les llama señoritos por hablar castellano un señorito que se pasea en yates de empresarios después favorecidos.

Y todo esto ocurre después de que en un solo día, en una jornada electoral, se hayan desmontado tópicos sobre los que, a falta de otra cosa, basaron absurdamente los bipartitos sus mensajes al electorado. El PP, mentían, quería la abstención en unas elecciones que, vaya por Dios, ha registrado la más alta participación de la historia de Galicia y el PP una victoria rotunda. Núñez Feijóo, decían también, no podía derrotarles por ser esta su primera contienda electoral y llevar ellos sólo una legislatura. Pues ya ve usted. Y los populares sólo contaban con el apoyo del rural –de los de pueblo, les faltó decir-, algo que los datos también se han encargado de desmentir: los de la gaviota ganaron en todas las ciudades.

Sin duda, el 1 de marzo fue día de cambios en Galicia. El principal de ellos lo marcaron los gallegos votando después de una jornada de reflexión y cuatro años de análisis. Los otros, los de la actitud y la conveniencia, deberán analizarse en una reflexión más larga y profunda.
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