La partida del siglo
domingo 08 de marzo de 2009, 13:01h
Repasando mi colección de La Flaca, la revista satírica que se publicaba en Barcelona en el Sexenio revolucionario –por cierto, La Flaca no es otra que la matrona, bastante desmejorada, que solía representar a España–, llama mi atención una ilustración a toda página, de un número de marzo de 1870, titulada “Las blancas dan mate en una jugada”. Sobre un gran tablero de ajedrez, se juega una partida que está a un punto de llegar a su fin: piezas blancas y negras, con las caras de los principales políticos del momento, libran una batalla sin cuartel sobre el futuro de España. La reina de las blancas, caracterizada con el gorro frigio y un triángulo masónico, se dispone a dar jaque mate al rey de las negras, en el que se reconoce fácilmente al general Prim. El ilustrador augura, pues, una próxima victoria de la causa republicana, identificada con las piezas blancas, sobre los defensores de la monarquía, liderados por Prim, a la sazón presidente del gobierno. Quiso la fatalidad que el conde de Reus fuera asesinado nueve meses después de la publicación de este dibujo y que su muerte, nunca del todo aclarada, haya sido atribuida por algunos a la masonería.
Sabemos que la capacidad alegórica del ajedrez es inagotable. Pero nadie, salvo algunos escritores de ficción, se ha planteado sus posibilidades premonitorias, que en la partida de La Flaca se manifiestan con truculenta precisión: si a Prim no lo mataron las logias, es seguro que los responsables políticos de su asesinato se encuentran entre las figuras que le rodean en el tablero. Este misterioso hallazgo me trae a la memoria otros episodios en los que el ajedrez se mezcla con la historia. Recuerdo la biografía de Marx escrita por Francis Wheen. En el apéndice reproduce una partida que jugó en 1867 contra un tal Mayer, mientras esperaba las pruebas de imprenta de El Capital. Marx juega con blancas y literalmente destroza a su oponente con un ataque salvaje, implacable, sin tregua. La partida acaba con el abandono de Mayer, incapaz de darle la vuelta a una situación desesperada. Lenin fue otro gran jugador de ajedrez, que recomendaba como una saludable “gimnasia mental”, en frase que la propaganda soviética convirtió en tópico. En Internet hay alguna foto suya jugando al ajedrez, pero prefiero el testimonio de Ramón Carande cuando evoca, creo que en Galería de raros, su fugaz encuentro con Lenin en Suiza, antes de que los alemanes lo mandaran a Rusia en el famoso “tren sellado”. El futuro padre de la Unión Soviética pasaba el rato jugando al ajedrez sentado en un bordillo, en plena calle, sin que nadie pudiera adivinar que en aquellas manos que movían las piezas sobre un tablero estaría muy pronto el destino del mundo en la gran partida del siglo que enfrentó al comunismo y al capitalismo.
¿Hasta qué punto ha servido el ajedrez de escuela para la guerra y la revolución? Otro revolucionario del siglo pasado, Ernesto Che Guevara, gran ajedrecista, parece haber tenido en alta estima sus posibilidades formativas, pensando sobre todo en el hombre nuevo que debía crear el comunismo para orgullo de nuestra especie. Pero entre los ajedrecistas ilustres que vieron el mundo como un tablero con piezas de carne y hueso, resulta especialmente llamativo el caso de Napoleón Bonaparte. De las tres partidas que conservamos del emperador, la primera lo presenta como un jugador impaciente y agresivo, la segunda como un auténtico primo y la tercera como un hombre ocioso, privado de las emociones fuertes de la guerra de verdad. De la primera partida, en la que tuvo como rival a Madame Remusat, llama la atención el cruel refinamiento del mate, tras arrastrar al rey enemigo al centro mismo del tablero y allí consumar el regicidio. Sólo a un antiguo jacobino como él se le podía ocurrir una cosa semejante. Pero donde las dan las toman, y a Napoleón le tocó perder unos años después la partida que jugó con un famoso autómata, al que me parece recordar que alude Casanova en sus Memorias. Lo peor no fue perder contra el célebre “Automatón”, también llamado “El Turco”, sino que con el tiempo se supiera que el supuesto autómata tenía en su interior a un enano, que fue quien en realidad derrotó al emperador. Napoleón, que jugaba con blancas, perdió enseguida la iniciativa y la compostura, porque su forma de huir de las piezas enemigas, para finalmente sucumbir a su asedio, no puede ser más desairada. La última partida la jugó ya en Santa Elena en 1818. Napoleón sigue siendo un jugador ansioso y voraz, pero sabe jugar a la contra a un adversario, también militar, por cierto, aún más temerario que él. Es una partida vertiginosa, una verdadera carga de caballería, en la que apenas hay tiempo para que las piezas tomen posiciones. ¿En qué rey estaría pensando Napoleón al dar jaque mate en ese Austerlitz imaginario?
Sin embargo, para mí el gran enigma indescifrable, la madre de todas las partidas, es la que juega Manuel Azaña en una fotografía del final de la Guerra Civil ante un oponente que no aparece en la imagen. Se ve al presidente Azaña encorvado sobre el tablero, o muy concentrado en la partida o abrumado por la tragedia de la guerra y por una derrota que sabía inminente. Es imposible reconstruir del todo la disposición de las piezas, pero frente al tupido espacio que, en perfecta formación, ocupan las blancas –prietas las filas, impasible el ademán–, las negras parecen andar dispersas por el lado del tablero en el que juega el presidente de la República, como en un sálvese quien pueda que ha dejado al rey desprotegido, en una retaguardia que amenaza con desmoronarse en cualquier momento. Vemos a ese rey solitario e inerme y nos acordamos de cuando, poco antes, Azaña se definía a sí mismo como un “presidente amortizado”, abandonado por todos. Nunca sabremos cómo acabó la partida de la foto. En cuanto a la otra, la que empezó en abril de 1931, no es aventurado pensar que, si Azaña hubiera podido, habría vuelto al principio para jugarla de otra forma.
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Catedrático de la Universidad Complutense
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