Este sábado el mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva llevará a cabo su primera visita oficial a EEUU desde que Barack Obama asumió la presidencia el pasado 20 de enero. El encuentro, que supone el acercamiento inicial de Obama con América Latina, coloca a Brasil en el punto de mira de la geopolítica regional, no sólo por pertenecer al club de las “potencias emergentes”, también porque podría convertirse en el aliado que el país norteamericano necesita para dejar la “
crudodependencia” venezolana y retomar la agenda latinoamericana.
Según las primeras declaraciones que han trascendido del encuentro entre ambos mandatarios, recogidas por Efe, Obama ha dicho que su país "tiene
mucho que aprender de Brasil" en el campo de las energías renovables y ha afirmado que pretende usar su vínculo con ese país para "fortalecer" su relación con América Latina. En una declaración en el despacho oval junto con su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, el mandatario estadounidense prometió, además, "redoblar" los esfuerzos de su país en pro de las energías limpias.
Ser el presidente del tercer país más grande del continente americano, con miras a convertirse en una de las principales potencias regionales, no es tarea fácil, y menos para un hombre natural de Caetés (Pernambuco), que antes de ser un símbolo de la lucha sindical, pasó parte de su infancia lustrando botas en las calles Sao Paulo. Sin embargo el carisma y la sagacidad de Luiz Inácio Lula da Silva no sólo le ha llevado a conquistar la presidencia de Brasil, si no a convertirse en una de las figuras más influyentes del mundo.
Pese a la preocupación internacional que Lula despertó a comienzos de su primer mandato, por ser junto a Hugo Chávez, uno de los principales instigadores del auge del ala más dura de la izquierda suramericana, el mandatario brasileño ha demostrado con el tiempo, que a él en realidad le gusta caminar por la senda del centrismo. Una postura que además de despertar la confianza entre los inversionistas extranjeros, también llamó la atención de Estados Unidos.

Aún cuando Brasil siempre ha mantenido muy buenas relaciones diplomáticas y comerciales con EEUU, la fuerte presencia de Venezuela en el parqué energético estadounidense dejaba al gigante del sur de lado. Sin embargo, desde 2007 la administración norteamericana, cansada de las bravuconadas de Chávez, se tomó en serio la posibilidad de mirar hacia nuevos horizontes regionales y energéticos, con el objeto de buscar alternativas que le ayudasen a desembarazarse del petróleo venezolano. Razón por la cual, Brasil, con sus importantes reservas de crudo liviano en el presal de la costa atlántica y su pujante industria de biocombustibles, se convirtió en una apuesta segura.
Es indudable que Luiz Inácio Lula da Silva posee la clarividencia de los buenos estrategas que son capaces de visualizar las grandes oportunidades. Desde que asumió la presidencia en 2003, el mandatario ha estado consiente del país que le ha tocado dirigir. Nada más y nada menos que la quinta nación más grande y poblada del mundo, cuya extensión territorial le obliga no sólo compartir frontera con diez Estados suramericanos, sino que la hace beneficiaria de una inmensa costa que le da salida directa al Océano Atlántico: la puerta de América hacia Europa y África.

El presidente brasileño ha sabido capitalizar estas características para colocar a su país en el punto de mira de la geopolítica internacional. A diferencia de lo que se estila cuando ocurre un cambio de gobierno en Iberoamérica, Lula, en vez de desestimar las políticas aperturistas de su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, las mantuvo y las redimensionó con el objeto de sacar a Brasil de su hermética burbuja, a fin de acercar al coloso del sur a sus vecinos latinoamericanos y convertirlo en una de las piezas claves dentro del puzle regional. Tal iniciativa no tardaría en dar sus primeros frutos.
Además de ostentar el título de ser en uno de los líderes más influyentes del mundo, Lula, pese a su amistad con Chávez, Morales y Correa, le ha tendido la mano a la inversión extranjera de capital europeo y norteamericano, a la vez que ha puesto de moda el “combustible verde” como alternativa energética. De seis años para acá, la que fuera una gigantesca isla emplazada en pleno corazón de Sur América, es hoy en día un país con una mirada global que ofrece soluciones en vez de problemas.
Esta cualidad le ha abierto las puertas de la Casa Blanca a Luiz Inácio Lula da Silva. No en vano la visita de Lula a territorio estadounidense supone el primer encuentro de Barack Obama con un líder latinoamericano. La circunstancia es más que casuística, debido a que Brasil, a parte de ayudarle a resolver a futuro, el abastecimiento de crudo y de poner en marcha nuevas alternativas en materia de biocombustibles, también es la carta que la administración de Obama se va a jugar para retomar la agenda latinoamericana.
La reunión de este fin de semana escribirá un antes y un después en la historia de América Latina. Tras casi 70 años de exportación petrolera a EEUU, Venezuela dejará de ser una de sus principales fuentes de suministro y un “aliado estratégico”, para que Brasil comience a ocupar ese lugar. Un cambio que a futuro golpeará duramente la economía venezolana, ya que corre el riesgo de dejar de percibir los 64 millones de euros que la producción de crudo le reporta a diario.
Es evidente que Barack Obama no está dispuesto aceptar los chantajes de Hugo Chávez. Los cambios de política de EEUU frente a América Latina empezarán por cerrar, cuanto antes, un capítulo que le resulta incómodo para el gobierno norteamericano, que no quiere seguir malgastando esfuerzos y dinero en una autocracia que le genera migraña.
Si bien Brasil presenta los grandes males de todas las sociedades latinoamericanas, como la pobreza, la violencia, el crimen organizado y la corrupción, no cabe duda que el país que lidera Luiz Inácio Lula da Silva, está destinado a tender puentes y ser la “punta lanza” de la geopolítica latinoamericana, con el fin de llevar su lema de “
Ordem e Progresso” de norte a sur. Nada mal para un humilde hombre de Caetés, que antes de ser el presidente e ícono de la lucha sindical brasileña, pasó parte de su infancia lustrando botas en las calles de Sao Paulo.