Munich
lunes 16 de marzo de 2009, 22:24h
No hay, seguramente, ningún otro momento de la historia europea del siglo XX sobre el que se haya escrito tanto (aparte, suele afirmarse, de nuestra Guerra Civil) como acerca de la extraña y vergonzosa cumbre de Munich (septiembre de 1938) celebrada entre las dos únicas democracias del continente, Gran Bretaña y Francia, y las dos dictaduras, Alemania e Italia, en pleno proceso de expansión. Además de los clásicos libros sobre la Alemania nazi me parece indispensable, por la calidad y posición de la fuente el tomo primero (The gathering storm) de la monumental obra de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero excluyo las versiones abreviadas, que suelen circular por España, en las que, además de frecuentemente mal traducidas, faltan datos y documentos fundamentales. Prefiero, por eso, las ediciones completas y en el idioma original, como la excelente de The Folio Society, publicada en 2000. Churchill da su versión, sin duda interesada como todas las memorias, pero se trata de una visión desde el mismo ojo de aquel huracán que se abatió sobre Europa y el mundo un año después, con un manejo de datos y documentos que solo él estaba en condiciones de aportar ya que contó con un selecto y numeroso equipo que le ayudó en la preparación de la obra.
Precisamente porque estimaba que todo se había dicho y escrito sobre aquel acontecimiento, me ha sorprendido muy favorablemente el reciente libro de David Faber Munich que lleva como subtítulo The 1938 appeasement crisis (Simon & Schuster, 2008) que analiza magistralmente aquellas semanas cruciales para Europa. Faber aporta no solo el lado británico de este complejo asunto, ya que muestra un profundo conocimiento y un profuso manejo de documentos procedentes del entorno más inmediato de Hitler. Faber, que ahora se presenta como historiador y escritor, ha sido durante nueve años miembro de la Cámara de los Comunes y se le puede incluir en esa especie tan rara entre nosotros de políticos que “saben escribir” y que lo hacen con una envidiable maestría. En otra ocasión me ocuparé de la biografía de Pitt el Joven (Pitt the Younger. Harper Collins, 2004) que ha escrito un político inglés en activo, William Hague, que durante un breve tiempo ha sido líder de los conservadores británicos.
Pero volviendo a aquel nefasto 1938 y al libro de Faber, creo que no se había escrito nunca con tanto detalle “la rendición sin guerra”, como la llamó Churchill de Nevile Chamberlain ante Hitler. Hay que recordar que Munich (28 de septiembre) fue precedido por otros dos viajes del Primer Ministro británico a Alemania, en menos de quinces días. El primero a Berchtesgaden (15 de septiembre), el refugio alpino del dictador nazi y el segundo una semana después (22 de septiembre) a Godesberg, cerca de Bonn y a orillas del Rin. Hitler engañó una y otra vez a Chamberlain, sobre todo asegurándole que sus ambiciones territoriales (seis meses antes ya se había producido el Anschluss de Austria) quedarían totalmente satisfechas con la inclusión de los sudetes alemanes de Checoslovaquia en el Reich. No hace falta recordar lo que duraron las promesas del Führer ni todo lo que vino después.
Chamberlain fue a Alemania convencido de que el diálogo -incluido el que él se disponía a emprender con el brutal dictador alemán- era un instrumento que conduciría necesariamente a “la preservación de la paz en nuestro tiempo”, como dijo a su regreso a Londres. Increíblemente, había deducido de sus conversaciones con Hitler que este quería la paz. Una actitud que nos recuerda algún acontecimiento todavía bastante reciente de la política española. El frenético rearme que Alemania llevaba a cabo, la superioridad aérea alcanzada, en contra de todas las previsiones de los tratados parecía no importarle. Churchill, por el contrario, no dejaba escapar oportunidad de insistir en la falta de preparación de Gran Bretaña para la guerra.
Una guerra aquella, la Segunda Guerra Mundial, la más mortífera de la Historia, que según todos los expertos, incluido el testimonio de los propios militares alemanes más profesionales y menos propicios a los nazis, se habría evitado o los aliados la habrían ganado con bastante facilidad hasta aquel mismo año 1938. Hitler venía jugando de farol desde que en 1936 -y en contra de la opinión de sus generales- ocupó la desmilitarizada zona del Rhur. Todo el mundo pensó que Francia, sin ninguna duda mucho más poderosa militarmente en aquel momento, iba a obligar a los alemanes al desalojo de aquella zona desmilitarizada, pero se impuso el pacifismo y se dejó hacer al dictador que llegó a la conclusión de que las democracias eran regímenes decadentes y corrompidos, capaces de las mayores abyecciones, con tal de no disparar ni un solo tiro.
Como recuerda Faber, mientras Chamberlain volvía de Munich afirmando que “la reunión con Hitler había sido muy amistosa y la conversación muy agradable”, el dictador -que según testimonio de sus allegados había firmado el documento sin ningún entusiasmo- comentaba: “A este viejo caballero le he dado mi autógrafo como un recuerdo”. Por el contrario, Chamberlain esgrimiría triunfante a su regreso a Londres el documento de Munich, seguramente el más famoso “papel mojado” de la Historia, que no sólo no evitaría la guerra sino que la provocaría ya que llevó a Hitler a la conclusión de que podría llevar a cabo sus planes sin resistencia.
Se sabe, además, que en vísperas del primer viaje a Alemania de Chamberlain estaba en marcha un golpe de Estado militar contra Hitler que se detuvo por esta circunstancia. En esta línea, Faber recoge una carta de Henderson, embajador británico en Berlín, a Halifax, secretario del Foreign Office en la que le decía: “Al mantener la paz, hemos salvado a Hitler y su régimen…y yo sigo en Berlín”. Tales son los frutos del pacifismo y del apaciguamiento.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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