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Cambio político en El Salvador

Luis de la Corte Ibáñez
martes 17 de marzo de 2009, 22:18h
El pasado día quince de marzo El Salvador experimentó un singular cambio en su vida política. Por primera vez desde su fundación, el partido ARENA (Alianza Revolucionaria Nacionalista) no dirigirá los designios de aquel pequeño, bello y sufrido país centroamericano. ARENA fue creada en la década de 1980, en medio de una guerra civil y como materialización de una derecha extrema prevaleciente por muchas décadas previas. Por su parte, el partido que le sustituirá, el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional), desciende de la guerrilla comunista que lideró el bando insurgente durante el conflicto armado de los ochenta.

Quien escribe estas líneas tuvo un cierto conocimiento de la guerra civil salvadoreña y de sus peores secuelas: 75.000 personas muertas con violencia, otras 7.000 desaparecidas y cientos de miles lisiadas, huérfanas, viudas y desplazadas de sus hogares. Me ocupé de todo ello en una tesis doctoral destinada a rastrear el arduo trabajo realizado en El Salvador por un grupo de hombres buenos y brillantes académicos que acabaron perdiendo su vida por culpa de ese mismo conflicto hace casi veinte años. Me refiero a los seis jesuitas que fueron asesinados el 16 de noviembre de 1989 en el recinto de su propia universidad, junto con dos empleadas de la institución, madre e hija, a manos de un batallón militar. Gobernaba entonces en El Salvador Alfredo Cristiani, representando al partido ARENA, y entre las víctimas de aquella operación perfectamente calificable como terrorista figuraron cinco sacerdotes españoles, tres de ellos especialmente prestigiosos en sus respectivos ámbitos académicos: Ignacio Ellacuría, principal discípulo de Xavier Zubiri, uno de los grandes filósofos españoles del siglo XX; Segundo Montes, sociólogo cuyas investigaciones sobre la vida de los refugiados salvadoreños le valieron un premio concedido por el Congreso de los Estados Unidos; e Ignacio Martín-Baró, psicólogo social, hijo de un muy conocido periodista y poeta de Valladolid (Francisco Martín Abril), que llegó a convertirse en un investigador de amplia influencia internacional y que fundó el primer centro salvadoreño de estudios sociales y de opinión pública, el IUDOP (Instituto Universitario de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de El Salvador), que aún sigue en pie, produciendo excelentes investigaciones.

Supimos hace poco que la Audiencia Nacional trata de instruir un juicio relativo a la matanza que acabó con la vida y la obra de los citados jesuitas, pero no los recuerdo ahora por ese hecho (¿en verdad le corresponde a nuestra Audiencia ese papel? tengo mis dudas, pero ese es otro tema). Han debido pasar veinte años para que el partido que gobernaba El Salvador cuando se produjo aquel crimen de Estado (en verdad, uno entre muchos) haya perdido el poder. Sin duda, ARENA es hoy un partido distinto al de entonces. Pero su salida del gobierno se ha retrasado demasiado tiempo y era indispensable que llegara a producirse alguna vez para que El Salvador superase definitivamente atrás la herencia de una guerra atroz. Semejante logro es ahora mucho más probable de lo que lo era hace pocos días, aunque tampoco esté garantizado. ARENA debe completar su transformación en un partido de centro derecha a la altura de los tiempos y curado de sus antiguas tendencias autoritarias (incluso sería aconsejable que se rebautizara); seguramente el FMLN tardará un tiempo en desembarazarse de la impronta antiliberal propia de un partido que viene del comunismo (y que en nada ayuda a la economía salvadoreña), pero debería evitar cualquier veleidad extremista y ayudar al presidente electo Mauricio Funes a cumplir su promesa de aplicar una política de unidad y reconciliación. Además, convendría que Funes no se dejara cautivar por el dinero y el populismo de personajes tan nefastos como Hugo Chávez, Evo Morales o Daniel Ortega (viejo aliado del FMLN). Y esto último no será fácil. Pero, sobre todo, Funes deberá rodearse de buenos consejeros y armarse de determinación para afrontar la penosa realidad de uno de los países más violentos e inseguros del mundo, de recursos escasos y escasamente distribuidos, esquilmado por la corrupción y en una época de crisis económica global.
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