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Marx se equivocó: conciencia nacional y conciencia de clase

Javier Zamora Bonilla
martes 17 de marzo de 2009, 22:25h
Sería éste un buen título para un libro, sobre todo si se hubiera publicado en los años setenta, o incluso en los ochenta, pero hoy suena a viejo. Dentro de las propias filas marxistas, ya a finales del siglo XIX algunos se dieron cuenta de que Marx se había equivocado. Eduard Bernstein fue uno de los más lúcidos en la crítica a la teoría marxiana, porque veía que, según se iban enriqueciendo las naciones occidentales y el capitalismo no llegaba al colapso anunciado, los obreros, en lugar de adquirir una mayor conciencia de clase proletaria, lo que hacían era intentar vivir como burgueses. Así las clases medias se engrosaron no sólo con profesionales liberales, altos burócratas y gestores sino con obreros que mejoraban su condición social. Bernstein apostó entonces por convertir al socialismo en socialdemocracia y entrar en el juego parlamentario de las democracias liberales, vía que no sin dificultades irían adoptando todos los partidos socialistas europeos; y hasta Karl Kautsky, su gran enemigo dentro del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania), vendría al final a darle la razón, lo que le valió el calificativo de “adocenado liberal” por parte de Lenin, que tampoco era tonto y como Bernstein se había dado cuenta de que Marx se había equivocado, pero, frente a la opción del alemán, se preguntó ¿Qué hacer?, y se dijo: pues si los obreros no se conciencian de su pertenencia a la clase proletaria, se les conciencia y ya está. Para esto hacían falta unos profesionales de la revolución y de este modo se asoció Lenin a las vanguardias de la época con una bien avanzada.

Mucho más potente que la conciencia de clase se ha mostrado, desde que Marx hablara del tema, la conciencia nacional (que tan burguesa le parecía al germano), la identificación con unos supuestos valores pertenecientes a una nación. Esto, la conciencia nacional, bien mirado, es absurdo, porque puestos a elegir unos valores, uno puede seleccionar lo mejor de lo francés, de lo inglés, de lo alemán, de lo español, de lo catalán, de lo vasco y despreciar todo lo demás sin necesidad de sentirse inmerso en los supuestamente propios de una nación. Llegaríamos así al cosmopolitismo de los cínicos, que fueron los primeros en ser conscientes de que la pólis (que no era exactamente la nación) era insuficiente para un correcto planteamiento de lo humano. O dicho con la gracia de Don Antonio Machado en una meditación de café de su Juan de Mairena:
“Que usted haya nacido en Rute, y que se sienta usted relativamente satisfecho de haber nacido en Rute, y hasta que nos hable usted con cierta jactancia de hombre de Rute, no me parece mal. De algún modo ha de expresar usted el amor a su pueblo natal, donde tantas raíces sentimentales tiene usted. Pero que pretenda convencernos de que, puesto a elegir, hubiera usted elegido a Rute, o que, adelantándose a su propio índice, hubiera usted señalado a Rute en el mapa del mundo como lugar preciso para nacer en él, eso ya no me parece tan bien, querido don Cosme.

-En eso puede que tenga usted razón, amigo Mairena”.

Algunos de ustedes se preguntarán que a qué vienen estás cosas tan consabidas. Se lo voy a contar. Todo parte de la entrevista que le hizo Juan Ramón Lucas hace un par de días en Radio Nacional de España (que en el País Vasco dirían “del Estado”) al presidente del PNV, Iñigo Urkullu. Las declaraciones de éste son las que me hicieron repensar el error que Marx cometió al creer que la conciencia de clase se podía imponer por encima de otro tipo de conciencias y especialmente de la conciencia nacional. El PNV está muy dolido porque la imposibilidad de que el entorno etarra entre en el nuevo Parlamento vasco, en aplicación de la Ley de Partidos, les puede dejar fuera del Gobierno. Sus votos han estado avalando sus políticas durante estos años cuando los han necesitado y ahora no pueden contar con ellos. A los etarras, sean de pistola o de violencia verbal desde los escaños de la soberanía, se me ocurre muchas maneras de llamarlos, pero nunca se me hubiera ocurrido la que utilizó Urkullu: “sensibilidad ideológica”. Dijo algo así como que una “sensibilidad ideológica” no había podido presentarse a las elecciones.

El Diccionario de la Real Academia define la palabra “sensibilidad” así: 1. Facultad de sentir, propia de los seres animados. 2. Propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura. 3. Cualidad de las cosas sensibles. 4. Grado o medida de la eficacia de ciertos aparatos científicos, ópticos, etc. 5. Capacidad de respuesta a muy pequeñas excitaciones, estímulos o causas.

Por más vueltas que le doy no sé a qué acepción de “sensibilidad” se puede referir Urkullu, salvo que en la quinta, como capacidad de respuesta, entre la de apretar el gatillo contra personas indefensas. A algunos dirigentes del PNV la conciencia nacional les obnubila la vista y así ven una realidad distorsionada. ¿Cuándo tendrá su Bernstein el nacionalismo vasco?

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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