Krugman aterra al Gobierno español
martes 17 de marzo de 2009, 22:31h
Paul Krugman se ganó el premio Nobel hace décadas, cuando expuso su brillante teoría sobre geografía económica, más sus ideas sobre comercio y finanzas internacionales. El año de la concesión era la única incógnita y ésta se despejó en 2008. Quizá la elección de ese año no fuera casual. A pesar del respeto por las contribuciones científicas de los autores, el Banco de Suecia no ha sido ajeno a las modas políticas y 2008 fue el de la elección del presidente que daría carpetazo a la era Bush. Y Krugman, en su faceta más conocida, es un publicista eficaz, que ha sido especialmente crítico con la figura del anterior presidente de los Estados Unidos. Científico y publicista, economista y hombre público: son dos caras de una misma persona, brillante y polémica.
Desconocemos cuáles sean las lecturas de José Luis Rodríguez Zapatero en materia económica y si incluyen las obras, científicas o de divulgación, del gran economista. Pero parece que, en el caso de Krugman, como en todo lo demás, el señor Zapatero se ha quedado con lo superficial; es decir, los aspectos mediáticos. Además de ser premiado con el Nobel, el neoyorkino es una figura de fama y reconocimiento mundial, y despacha con el hombre de la década, Barack Obama, a quien nuestro presidente mira con arrobo. Ese es el Krugman que conoce Zapatero y el que le interesa. Y esperaba darse un baño de popularidad, aunque fuera prestada y efímera, ahora, que su gobierno pasa las peores horas desde 2004.
Pero el invitado vino a hablar de economía y el Krugman que hemos visto es el científico. Y nada de lo que dijo pudo sentar bien a Zapatero. Lo menos que ha dicho es que el panorama a que se enfrenta nuestra economía es “aterrador”. Y el mismo día en que el Gobierno reconoce una supuesta “deuda histórica” de fábula con Andalucía, Krugman dice que necesitamos recortar nuestro alarmante déficit. Es decir, ir en el sentido opuesto a la política que siguió Zapatero desde 2008. En la mentalidad de buenos y malos de Zapatero, en la visión de cómic del mundo con la que trabaja, no le encajaba que Krugman le pusiera a él, del mismo bando ideológico, en un aprieto semejante.
Pues nuestro presidente, que ha acusado a la oposición y a la prensa seria en España de “catastrofismo” por anunciar lo que luego se ha cumplido, no se ha atrevido a decir lo mismo de Krugman por hacer previsiones mucho más sombrías sobre nuestro futuro. Y no puede achacar esa negra visión de nuestro devenir a que el economista es un malvado “neoconservador”. Lo de malvado no lo sabemos, pero de neoconservador tiene más bien poco. Un tímido baño de realidad, y los pobres esquemas zapateriles saltan hechos añicos.
Desde luego, no es Paul Krugman el oráculo que muchos pretendían, antes, al menos, de que su alocución resultase tan crítica con nuestra economía. Tampoco lo es ahora. Quizás en materia puramente financiera sus opiniones, siempre interesantes, no merezcan la atención que sí puede reclamar en otros asuntos, como el comercio internacional. Acaso sea muy discutible su idea de que sólo debemos temer una gran deflación y le quite importancia, sin embargo, a una posible inflación galopante, de la que ya advierten varios analistas. Puede que sus recetas no sean tan razonables como parecen en sus labios. Pero su previsión de que nuestra economía se enfrenta a una crisis de un lustro no debería caer en saco roto. Y sus llamadas a las reformas estructurales, que luego Zapatero ha hecho suyas como si al pronunciarlas lograra conjurar su amenaza, tampoco.