La actualidad de Larra
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 30 de marzo de 2009, 21:41h
Larra es el primero de los clásicos contemporáneos españoles. A pesar de no haber conocido en su solar natal –sí, y directamente, en el extranjero, aunque de forma muy incipiente- las manifestaciones configuradoras de la sociedad moderna, su asombrosa compenetración con los rasgos esenciales de la nueva mentalidad otorgaría a su pensamiento un aire inconfundiblemente actual. El siglo XVIII, tan persistente en toda la crisis del antiguo régimen hispano y en la gran mayoría de los escritores de su tiempo, se encuentra desaparecido por entero en sus planteamientos ideológicos y, en especial, en su estilo. Azorín, en su juventud otro snob como él y al que consideró su guía y maestro en su agitada mocedad, lo vio bien; no así Paco Umbral, que también le tomaría como dios mayor de su trayectoria inicial pero al que faltaba la formación y quizá igualmente la fuerza creadora tanto de “Fígaro” como del prosista alicantino.
Mas pese a su contemporaneidad, Larra es poco o nada leído en el presente. Su prosa e ideario no poseen ninguna pátina antañona; su ironía sarcástica e iconoclastismo se hallan en la onda de las generaciones hodiernas. Es la temática, sin embargo, así como también el fervor de su sentimiento nacional lo que marcan la frontera insalvable que distancia su obra de la sensibilidad de las hornadas juveniles de nuestros días. Los variados asuntos que abordara su buida pluma poseyeron como común denominador la fustigación de los vicios sociales nacidos de la falta de autoexigencia individual y colectiva. Ya se tratase de la impuntualidad, la incuria o la frivolidad, la ausencia de una voluntad perfectiva y de un firme compromiso con el bien de la generalidad se descubre como raíz última de unos comportamientos nocivos para el adelanto de la sociedad y el progreso del país.
Éste, de su lado, se ofrecía en la obra de “Andrés Niporesas” –uno de los muchos pseudónimos, según es bien sabido, que utilizara el autor de El doncel de don Enrique el Doliente - en clave palintocrática, como el resultado del consolidamiento del ideario del estamento intérprete y actor principal del espíritu de la época. Las cualidades de moderación, laboriosidad y templanza de la clase burguesa harían de España una nación verdaderamente moderna y a la altura del tiempo histórico, signado en los pueblos más adelantados de Europa por el triunfo del régimen constitucional. Muerto cuando la primera contienda carlista estaba a punto de alcanzar su vértice, su implacable condena de la intransigencia y el fanatismo no reconocía bandos, intuyendo de modo prodigioso que el talante del “guerracivilismo” lastraría por largos años en la bronca geografía ibérica el afianzamiento de una convivencia fecundamente pluralista.
Desde luego, tal planteamiento se incardina en el corazón de la juventud actual, dispuesta a mantener a toda costa el sistema democrático en que se cristaliza el sueño romántico de Larra. El resquebrajamiento de la unidad del país, acaso más aparente que real pero de todos modos inquietante, manifiesta un debilitamiento de la identidad española, ardidamente proclamada por el escritor madrileño. Su receta de más patriotismo nacional frente a la escisión plasmada en su época por el legitimismo, no obtiene en una sociedad entregada al consumismo el eco que el “Pobrecito Hablador” deseara.
En cualquier caso, un mínimo de gratitud colectiva hacia un escritor que librara alguna de las más nobles batallas a favor de una España progresiva y estimulante hará sin duda que la celebración de su bicentenario traspase los límites del convencionalismo y se adentre en la ejemplaridad de su figura.