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El aburrimiento de Europa

Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 18 de abril de 2009, 20:11h
Quizás con demasiado literaturismo, nuestro gran Menéndez y Pelayo, cuya preciosa tumba de mármol vamos con devoción a visitar siempre que pasamos por Santander, decía certero que “el que se aburre besa la muerte”. Y Europa hoy está muy aburrida, aburrida de sí misma y aburrida sobre todo de su mediocre clase política. El no irlandés, el no francés, y hasta el no luxemburgués al Tratado por el que “se establecía” una Constitución para Europa la ha dejado anclada en el Tratado de la Unión Europea, firmado en Maastricht el 7 de febrero de 1992. O se avanza hacia la unión o se retrocede hacia la descomposición.

Mucho nos tememos que la inmensa, mastodóntica e inútil Asamblea europea de 736 eurodiputados, que ni gobierna ni decide nada, llegue a a ser elegida en junio por menos de un tercio de los ciudadanos de la Unión Europea. Y es que la crisis también nos ha traído un repliegue nacional y hasta un nacionalismo que está gritando “sálvese quien pueda” y “nosotros no cargamos con los pesos muertos” ( Rumanía, España, etc. ). Sorprendentes sobre todo son los posibles niveles de abstención en los países recién incorporados a la Unión, que deberían aún tener el entusiasmo del iniciado. Por otro lado, los ciudadanos ven que el Parlamento Europeo no pasa de ser un cementerio de elefantes en donde políticos que pueden molestar a los actuales aparatos políticos de los grandes partidos o pueden hacer sombra a sus líderes de barro se les aparta allí en una radiante jubilación con la visa de oro de la Unión Europea, en la zona vip del nuevo imperio otomano que es la Unión Europea. La cosa es que no molesten a los líderes nacionales, que después de todo son las naciones lo único que cuentan. Esa es la verdad.

Por otro lado, una honda y venenosa desconfianza está empezando a aflorar entre las distintas naciones que componen la Unión Europea. Donde no hay harina... La crisis desnuda el fariseísmo retórico y los cuerpos leprosos. Ya a principios del siglo XVIII, en una carta del viejo Rey Sol a su inexperto nieto Felipe V de España, se decía lo siguiente: “No es ventajoso para mí ni para mi reino que los reyes de España se independicen de la Iglesia de España, y conviene de todas maneras a mis intereses que sea mi reino sólo el que siga disfrutando unas prerrogativas que las otras naciones no se han sabido corservar. Lo que es bueno para Francia no significa que pueda seguir siéndolo bueno si también es bueno para otros”. ¡Sabio zorro Luis XIV! Hoy la cosa sigue igual que en los tiempos de Amelot y la Pincesa de los Ursinos. Lo que es bueno para Francia y Alemania puede no serlo para España y Polonia, aunque eso pueda parece una herejía a nuestro rampante Presidente.

Sería de desear que en las próximas eleciones europeas los Partidos contendientes las planteasen como una oportunidad pedagógica para hablar a la ciudadanía sobre las instituciones europeas y sus funciones, así como lo que ha significado estar en Europa para los bolsillos de los contribuyentes, y lo que significaría a estas alturas no estarlo. También sería ilustrador señalar la gran paradoja que significa Europa al transcender las transnochadas ideología nacionales. Es así que en algunos países los partidos liberales y de derechas son los más europeístas, y en otros lo son los de izquierdas, no respondiendo para nada la bandera de Europa al simplón esquema de derecha/izquierda.

Pero mucho nos tememos que estas elecciones continentales no pasen de ser un barómetro o un sondeo para apreciar la cantidad creciente de encabronados que tiene ya nuestro siempre sorprendente Perispomêmo. ¡Qué inutilidad de gastos electorales!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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