Condiciones económicas para el éxito
martes 21 de abril de 2009, 19:46h
Mil veces, en momentos de crisis, se ha puesto en contraste una Administración. Por supuesto que los casos más estudiados han sido los de la Gran Depresión. En las sociedades avanzadas –en los años 30, España no lo era, y por eso no existió con fuerza esa misma percepción, lo que se exigía era una eficaz reacción contra la crisis, y si no existía, el hundimiento de los políticos que no acertaban era rapidísimo. Lo contrario también era cierto. Recordemos el hundimiento de Hoover y del partido republicano por mucho tiempo en los Estados Unidos, o la rápida liquidación, por la opinión francesa, del Gobierno del Frente Popular de León Blum en Francia, aclamadísimo en principio. Al contrario está la consagración de Roosevelt en Norteamérica, o la de Hitler en Alemania. Hannah Arendt, en su estudio crítico al nacionalsocialismo, considera que esto fue lo que, a pesar de las derrotas a partir de Stalingrado, sostuvo la confianza en él por parte del pueblo alemán.
Ahora va a suceder lo mismo. Obama, Sarkozy, Berlusconi, Angela Merkel o Gordon Brown van a ver su futuro comprometido, en un sentido u otro, de acuerdo con lo que, de aquí a poco, suceda. Más complicado, a mi juicio, lo tiene el actual Gobierno Rodríguez Zapatero, y ello, fundamentalmente, porque hasta hace bien poco tiempo, el presidente español se jactaba de la buena marcha de nuestra economía, a pesar de la creciente unanimidad crítica de prácticamente la totalidad de los economistas españoles y de aquellos extranjeros que se lanzaban a examinar nuestra coyuntura.
Un ejemplo evidente de esto es lo que relata Ramón Tamames en su libro reciente, “La crisis económica. Cómo llegó y cómo salir de ella” (Expansión, 2009). En fecha ran reciente como el 12 de febrero de 2009, el presidente Zapatero ante la solicitud del profesor Tamames, repito, amplísimamente compartida por los economistas, de que era preciso “cambiar el modelo económico y realizar reformas estructurales”, le respondió: “No. Mira, Ramón, no os enteráis. Somos los que menos estamos sufriendo la crisis y los que antes vamos a salir”. En estos momentos, las macromagnitudes todas indican que la nuestra es una crisis durísima, y que nos golpea con más fuerza que a otros países, y muy especialmente, como sucedió con los datos que ya en la Gran Depresión se consideraban como los más significativos, en el desempleo y en la progresiva ruina de multitud de negocios.
Enmendar esto ya era muy difícil, casi imposible. Pero quizás pudiera lograrse por un equipo ministerial nuevo que fuese capaz de reunir las condiciones indispensables y una capacidad de actuación por encima de lo corriente. Muy en primer lugar era necesario disponer de personas de mucho prestigio intelectual y científico en este campo de la economía. Dejar escapar a un Viñals al FMI; no tener en cuenta la capacidad de Maite Costa o de Aurelio Martínez Estévez, o los consejos –y de ahí, aumentar su papel de Miguel Fernández Ordóñez, y esto sin movernos de personas relacionadas políticamente, en mayor o menor grado, con la presente administración, es un error clarísimo. O bien no llamar, de Administraciones anteriores a gentes tan duchas como pueden ser un Solchaga o un Borrell, aumenta los problemas, no los disminuye.
En segundo término, a quien se llame, debe pedírsele conocer al dedillo dos cosas: cómo funciona la economía española y cómo funciona la internacional. ¿Es que como consultores no se debía tener en cuenta, en este orden, a un académico como Jaime Terceiro, o ascender, al pedirle este servicio político ineludible, a un Julio Segura desde la CNMV? Nada se ha hecho en este sentido. Da la impresión, con lo que relata Tamames, que sobre asunto tan fundamental como es esta peligrosas crisis, se decide algo así como el autismo.
Y finalmente, se hubiera debido contar con personas muy duchas en relación con los medios internacionales, capaces por ello de conocer, no ya la coyuntura mundial, sino las fuerzas políticas que en relación con ella se mueven, y adivinar, en cada momento, lo que más nos importa a los españoles. Y para esto es necesario tener capacidad de diálogo en pasillos, en almuerzos, en las reuniones que se están celebrando en el mundo entero. Ahí estaba un papel fundamental que, a pesar de cualquier otra crítica, hacía muy bien Solbes. ¿Y por qué no haber convocado a Almunia? O, siendo valientes, ¿por qué no llamar a consejo a un Rodrigo Rato o a un Jaime Caruana?
Nada de esto se ha hecho. Y al efectuar estos contrastes con los designados, el panorama es ciertamente negativo. Da la impresión escribo esto el 14 de abril que vuelven, en lo económico a darse los palos de ciego de la II República. Cuando José Ortega y Gasset intentó, en un discurso célebre, que Azaña rectificase y comprendiese que “no tenía franco el porvenir” quien no atinase a resolver el muy serio problema económico, tuvo la callada por respuesta. Ahora ha sucedido lo mismo.
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Economista
Juan Velarde Fuertes es catedrático emérito de Economía
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