Veto al castellano
María Cano
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mariacanoelimparciales/10/5/10/22
domingo 26 de abril de 2009, 21:19h
Medio punto menos por escribir la fecha en castellano. Esta fue la sanción impuesta a Olav, un niño de 11 años que vive en San Antonio de Portmany (Ibiza) hace unos meses en un examen de Medio Ambiente. La pasada semana le fue denegada su petición de hacer las pruebas de evaluación en la lengua de Cervantes, pese a que el centro escolar lleva el nombre del autor de El Quijote y hasta este año era uno de los dos centros públicos de Primaria (de un total de 24 en la isla) en impartir la mitad de las asignaturas en castellano.
En España somos unos expertos en eso de llevar hasta las últimas consecuencias nuestros fanatismos y cabezonadas, aunque ello suponga perjudicar incluso a los más indefensos, los niños, que no entienden de política, ni de nacionalismos ni van a cuestionar si el centro educativo al que asisten cada día cumple o no el derecho de los padres a elegir la lengua en la que estudian sus hijos.
Precisamente por eso, porque no pueden defenderse, no hay derecho a que por un puñado de políticos empeñados en rascar unos cuantos votos, varios miles de chavales no puedan competir en un futuro no tan lejano con muchos millones de estudiantes que ya hoy en día dominan una de las lenguas más extendidas del mundo. ¿Es que no se dan cuenta de que se lanzarán al mercado laboral en desventaja? O quizá habría que preguntarse… ¿acaso les importa?
No aprendemos. Mientras el castellano se impone en el ámbito internacional y millones de estudiantes estadounidenses, filipinos, brasileños, italianos, franceses, ingleses, australianos, japoneses y de un sinfín de nacionalidades lo eligen como segunda lengua, aquí, en España, muchos niños tienen vetado el español en las aulas (y hasta en los recreos). La consecuencia es tan triste como vergonzosa: muchos extranjeros dominan el castellano mejor que algunos españoles.
Tenemos la suerte de vivir en un país con una riqueza cultural inmensa que debería servir para enriquecernos, pero lejos de compartir ese sentimiento aprovechamos las diferencias para convertirlas en enfrentamientos y colocar nuevas vallitas a nuestro alrededor que nos separen aún más de los que no son como nosotros.
Esto, en pleno siglo XXI, después de haber dejado atrás hace ya un tiempo la entrada en la Unión Europea, ese gazpacho de países tan diferentes de los que nos separa algo más que la lengua, y en pleno proceso de globalización gracias a Internet y a las nuevas tecnologías, que permiten a un niño de cualquier remoto pueblo de España tener amigos en cualquier lugar del mundo sólo con encender el ordenador… ¿no estamos cometiendo un tremendo error?
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Subdirectora de EL IMPARCIAL
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