Heidegger y las eurodiputadas de Berdusconi
sábado 02 de mayo de 2009, 14:50h
Jonathan Swift estaba convencido de que en el momento en que apareciera en el mundo un auténtico genio se le reconocería fácilmente por la confabulación universal de los necios contra él. De acuerdo con esto el mayor genio de nuestro tiempo seguramente haya sido el filósofo alemán Martín Heidegger. Pocos entre los sabios han suscitado una antipatía tan categórica, tan enconada, tan unánime. Batallones de investigadores llevan años demostrando que sus doctrinas son indiscernibles del nazismo y que haríamos bien descartándolas como un almanaque pasado de fecha. La redundancia del argumento da, sin embargo, que pensar. ¿Será que, independientemente de las actuaciones particulares del filósofo, reducir su pensamiento al nazismo constituye sencilla y llanamente una difamación?
Heidegger no fue, como sus censores, un profesorcito petulante, sino un filósofo de verdad. De estos la historia ha conocido muy pocos, menos de los que figuran en los tratados, y todos impopulares. Ser filósofo siempre ha sido un buen motivo para poner a alguien en la picota. Recuerden las palabras de Thomas de Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes: nadie que merezca el nombre de filósofo pasa por este mundo sin sufrir algún género de atentado.
Antes de Heidegger, el objeto de todas las críticas era Nietzsche. Muchedumbres de curas párrocos escribían febriles discursos demostrando que la voluntad de poder, el eterno retorno de lo mismo y el superhombre eran delirios de un demente. La virulencia de esas críticas disminuyó a medida que los sacerdotes perdieron influencia y la realidad daba razón al filósofo, hoy convertido en el Tomás de Aquino de la sociedad nihilista y globalizada. Para reemplazarlo, tenemos ahora a Heidegger (aquí, en España, los que no sabían alemán se conformaban con Ortega), que no murió loco, aunque coqueteó con la bestia aria, un error por el que debería penar eternamente. El catecismo ha cambiado y también los curas, pero los nuevos clérigos, ya sin alzacuellos, siguen ejerciendo como siempre su santo oficio, que es el de medir todo lo que les sale al paso con el hisopo de la inquisición moral, hoy llamada “corrección política”.
Corrección política. Ya saben ustedes. Es difícil que un filósofo pueda aguantar esto. El inquisidor se limita a comprobar si las ideas del pensador, o mejor dicho, lo que imagina que son sus ideas, concuerdan con los ideales superiores que él representa, esto es, el entendimiento vulgar, y luego, desde esa altura inconmensurable, dicta sentencia. Bajo ningún concepto admite la posibilidad de que para entender al filósofo haya que ir más de donde él está y donde está el resto. ¿Quién sería tan estúpido como para alejarse en nombre de la verdad de la cazuela de los garbanzos? Por otra parte, ¿quién está ya dispuesto a preocuparse por la Verdad, esa diosa evasiva que maltrata a sus creyentes engañándoles con un negocio (el de la sabiduría) en el que la ganancia apenas excede al gasto?
Heidegger es como un chino en el zapato de Occidente. Sus ideas chocan con las creencias imperantes hasta el punto de no coincidir nunca con ellas. Esto molesta a los profesorcitos y espanta a los cobardes, pero bastaría para profesarle la mayor gratitud. ¿Acaso puede haber algo más estimulante que un pensamiento que obliga a enfocar los asuntos desde una perspectiva que pone en increíbles dificultades la nuestra propia?
A mí me interesan las cosas de los profesorcitos tanto como las de los hotentotes de Monomatapa. En cambio, me interesa mucho lo que dice Heidegger. Esto no siempre implica que lo entienda o que comparta sus ideas, las que yo imagino que son sus ideas. Recientemente he vuelto a leer un curso suyo en el que reflexiona sobre el fenómeno del aburrimiento. Analiza en él varias de sus modalidades, aunque la que en último caso le importa es esa en la que experimentamos las cosas en su conjunto como algo que se nos deniega dejándonos vacíos. El hombre de hoy, cuando se encuentra en esa situación, el aburrimiento profundo, procura por todos los medios huir de él. Lejos de tomarlo como un signo de la necesidad que se le impone de volverse sobre su propia existencia y de pensar a fondo qué es y cómo le va, intenta eliminar lo más rápidamente posible aquel estado. Se trata de un rasgo característico de nuestro tiempo. La libertad no se entiende como un asumir la carga, sino como un liberarse de ella. Aquí y allá hallamos pruebas de esto. También en política. Aunque el sin sentido no deja de crecer, obramos como si no nos incumbiera. Al fin y al cabo, el espíritu práctico aconseja seguir siempre el hilo conductor de los pequeños problemas cotidianos. ¿Pensar? ¡No seamos aguafiestas!
Pero, y esto, se preguntarán, ¿qué tiene que ver con las eurodiputadas del título? Ustedes mismos.