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El último día

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 04 de mayo de 2009, 17:35h
Recientes experiencias han permitido al articulista conocer en directo el último día de la vida activa de diversos funcionarios públicos. La que más impresión provocara en su ánimo fue la de un modesto burócrata de su ciudad. Venido a ella por los méritos recogidos en un largo itinerario administrativo, la consecución de un puesto relevante en el organismo edilicio le permitió realizar alguno de los mayores anhelos de su laboriosa existencia. El estudio universitario de sus hijos figuró en los más colmados. El acceso a una buena programación musical también se puso a la cabeza de los deseos más esperanzadamente albergados mientras cumplía, con discreción y competencia, tareas de contabilidad en varios municipios de la España del oeste, la más profunda por más marginada. No sabe por qué razón, el articulista sospecha que el asistir, como fiel, a las grandes celebraciones litúrgicas en una de las catedrales de mayor prosapia de la nación vendría a satisfacer igualmente aspiraciones íntimas y respetables.

Por estas tierras vivió el periodo inolvidable de la transición. Servidor del interés colectivo, educado por sus maestros y jefes en el culto a la función pública, su brújula profesional no conoció sacudidas dignas de mención durantes aquellos años climatéricos y exaltantes. En medio de un paisaje que cambiaba de actores y escenarios, con nuevas fórmulas reglamentarias y mudanzas formales y, en ocasiones, de fondo, sus deberes no cambiaron de naturaleza y objetivo. Si recatada y silenciosa había sido su trayectoria en las postrimerías del régimen dictatorial, ninguna comezón de protagonismo inquietó su espíritu en una etapa muy propensa a la exhibición y al clamor. Sin hacer almoneda de un pasado en el que viviera con el único horizonte del trabajo bien hecho, se insertó plenamente en la onda de apertura y gozoso pluralismo desencadenada por el acontecimiento más generoso registrado en los anales de la historia contemporánea española.

La urbe en que se desarrolló la fase final de la carrera administrativa del personaje aludido, constituyó un mirador irreemplazable para asistir al afianzamiento de la transición. Con expectación siempre, compromiso a menudo desagrado a las veces, siguió los pasos que en ella condujeron del autoritarismo a la democracia. Microcosmos un poco peculiar del clima reinante en toda la geografía de la nación, la andadura de dicha capital en el citado periodo se erigió en banco de prueba para el temple de gentes como nuestro hombre. Integrante por voluntad y carácter de la mayoría silenciosa, aplaudió las reformas revolucionarias que llevarían a España al horizonte de las libertades y censuró las muestras de sectarismo que, más o menos aisladamente, salpicaron la limpia travesía. De otro lado, cristiano viejo, no se hizo castillos en el aire sobre las mudanzas de la psicología nacional. España había cambiado mucho; sus habitantes, harto menos.

Y así, contribuyendo con su trabajo encarnizado a que la rueda más importante de la hacienda municipal no se resintiese de la incompetencia de los políticos y la frivolidad de los demagogos vino a buscarle la jubilación. En la hora de la despedida, su adiós fue el de un hombre de bien. Eslabón minúsculo en la cadena de las generaciones que hicieron España –vino a decir en la conclusión del banquete de homenaje- su vida pública cobraba sentido y valor al servicio de los conciudadanos. Otros funcionarios dotados de las mismas armas –vocación y estudio- e impulsados por el mismo afán le reemplazarían en el silencio y anonimato. Su “último día”, sólo estaba marcado en su calendario íntimo al coincidir con el “primer día” de otra labor ilusionada. Nostalgias y melancolías quedarían en el ámbito personal al tiempo que la marcha de la institución que le tuviera como diligente operario proseguiría su camino. ¿Estaba tan asegurada su sucesión como él lo creyera?

Sería atentar al mejor pensamiento de este hombre admirable el caer en la tentación de dudarlo.


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