Sindicalismo rancio
lunes 04 de mayo de 2009, 18:29h
Cualquier telespectador poco avisado podría pensar que los discursos y las imágenes de la manifestación sindical madrileña del Primero de Mayo estaban sacados de un añoso archivo. Apenas se pueden encontrar diferencias entre estos testimonios audiovisuales del tiempo presente y lo que se conserva de aquellas viejas luchas reivindicativas de hace ochenta o más años en los que la izquierda política y sindical aseguraba a sus masas que la erradicación total del capitalismo era la condición necesaria y suficiente para la felicidad absoluta. Como escribía hace poco el filósofo francés André Glucksman, de aquellas vituperaciones anticapitalistas se derivaron las estrategias comunistas y fascistas “que arrastraron a la humanidad hasta el infierno”. La crisis económica les ha dado a estos sindicalistas de hoy el pretexto que necesitaban para volver a repetir cansinamente los viejos lemas, cuya falsedad quedó demostrada hace decenios, y para reiterar las manidas teorías conspiratorias, según las cuales la nefanda conjunción de capitalistas, burgueses, sionistas, derechas y clerecía, en lucha contra los trabajadores, es la única clave para explicar el movimiento de la historia. Con unos niveles de afiliación inversamente proporcionales a las sabrosas subvenciones que reciben del Estado y de las otras Administraciones públicas y, en consecuencia, con una mínima representatividad del inmenso mundo de los que tienen que trabajar todos los días para salir adelante, los sindicatos han renunciado a cualquier otra función que no sea la de servir de dóciles correas de transmisión de los intereses partidistas de la izquierda.
Carentes de un liderazgo medianamente moderno y puesto al día, estos sindicatos se siguen considerando “de clase” y se aferran al arcaico dogma de la lucha de clases, que nada tiene que ver con la sociedad actual y con las condiciones del mundo laboral post-industrial. Hasta han sacado a pasear, como quien amenaza con un arma de destrucción masiva, al anticuado mito de la huelga general que en el imaginario revolucionario decimonónico era la instancia suprema que echaría por tierra el sistema establecido. Es patético que en un momento en el que cada día que pasa genera siete mil parados más, cuando los EREs se multiplican con una frecuencia estremecedora, cuando el país está sumido en plena recesión o lo que es lo mismo, perdiendo riqueza nacional un trimestre tras otro, los dirigentes sindicalistas no solo no acepten la mínima sugerencia de congelación de salarios sino que planteen subidas muy por encima de un IPC que resbala alarmantemente hacia abajo. Si hay algo en que estén de acuerdo todos cuantos tienen autoridad para hablar con rigor de estas cuestiones es la perentoria necesidad de abordar una reforma laboral, que se viene aplazando desde hace ya mucho tiempo. Pero los sindicalistas no quieren ni oír hablar de reformas, no vaya a ser que se pongan en peligro sus adquiridas y disfrutadas posiciones, las suyas personales, no las de los trabajadores que dicen representar. Ya se sabe que cuando se plantea esta cuestión de la reforma laboral, se grita el socorrido “¡no al despido libre!”, como si no hubiera otros aspectos que se deben reformar, precisamente para facilitar la contratación de los trabajadores. Y, sobre todo, para dinamizar un mercado de trabajo anquilosado, que, tal y como está, lastra cualquier perspectiva de recuperación económica.
Esta mezcla de victimismo y conservadurismo a ultranza hace de los grandes sindicatos uno de los sectores más rancios y reacios al cambio de toda la sociedad española. Está por ver y por llegar que los sindicatos hagan una propuesta positiva para afrontar la crisis o -por aludir a lo que más debería concernirles- para parar la sangría del paro que nos ha colocado ya en los cuatro millones largos y va camino de los cinco millones. En perfecta consonancia con el Gobierno -totalmente desbordado por una crisis que primero negó y que, desde el principio, no ha sabido gestionar- los sindicatos no tienen otra receta que la de “aumentar el gasto social”. Una frase tras la que se esconde la secreta ambición de que el Estado se convierta en patrono universal o bien un pretexto para el despilfarro sin medida, algo criminal en estos tiempos de penuria, como esos 8.000 millones de euros para los municipios que apenas si han creado puestos de trabajo y que los que han creado son de baja temporalidad. Pero su obcecación no tiene límites y no se les oirá ni una sola crítica hacia este Gobierno que es sobre quien recae la responsabilidad de esta situación. Todo lo contrario, hace solo unos días –superada la etapa en la que la culpa de todo lo que está sucediendo se atribuía a Bush y a la rapacidad del capitalismo americano- oí a un dirigente sindical afirmar que el origen de la crisis habría que situarlo en 1996, en el momento en que empezó a gobernar Aznar. Los cinco millones de puestos de trabajo creados en aquellos ocho años se ve que a este sindicalista “no le molan”. Parece que le gustan más los tres millones largos de parados que dejaron tras de sí González, Solchaga y Solbes I. Pues Zapatero, Solbes II, Salgado y Corbacho, con los Méndez y Toxos, les han hecho buenos. ¿Alguien piensa que esta gente tiene alguna idea de cómo salir de la crisis?
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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