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La posible causa de la crisis

Carlos Loring Rubio
martes 02 de junio de 2009, 20:52h
“Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios.” (Jorge Luis Borges, Narraciones).
En uno de los diálogos de Platón se le plantea una pregunta a Sócrates, por parte de uno de sus interlocutores, sobre si es mejor ser justo o injusto. Cuestión que fue correspondida con un amplio monólogo, plagado de lógica, en el que, por supuesto, Sócrates aboga por obrar siempre de forma justa.

Por otra parte, Miret Magdalena publicó, hace algunos años, un artículo en el periódico El País, en el que planteaba la posibilidad de que, quizás, Jesucristo no fuera más que un hombre que expresó una serie de ideas sensatas a las que atenerse, para el bien de la comunidad.

Pero la materia sobre la que reflexiono, mediante el presente artículo y en relación con lo expuesto, es cómo, dándose un escenario en el que se dan similares constantes respecto de las anteriores a la presente crisis, en relación con los recursos, puede llegar a tener lugar la hecatombe económica del calibre a la que nos enfrentamos. La extensión de este artículo y mis escasas nociones en ciencias económicas no podrán colmar de satisfacción plena al lector, incluso podrán llegar a irritarle. Aunque únicamente sea por intuición, trataré de exponer mis especulaciones, con la premisa de que, ciertamente, mi ignorancia me da la valentía de osar realizar cualquier afirmación al respecto.
Ninguna política económica que se hubiera tomado, podría haber evitado el problema actual. Esta es la consecuencia, según mi criterio, de la internacionalización de la economía o globalización. Los recursos públicos no son suficientes en relación con el volumen total de capital en manos del sector privado, además de que existe una carencia de supervisión del sistema internacional en su conjunto. Creo que Keynes no contaba con este efecto, dentro de las economías nacionales, cuando daba importancia al intervencionismo en los sistemas. Es cierto que cada estado posee una problemática propia, que le hace peculiar, pero la influencia del éter de las tensiones económicas globales desencadena efectos perniciosos en cualquier nación del Mundo. No obstante, hago referencia a la aparición de la crisis, no a su superación, ya que, en este caso, cada estado deberá tomar, dadas las circunstancias, decisiones que afecten a su problemática concreta, mediante políticas económicas acertadas.

La economía actual está basada en una pura ilusión monetaria. La oferta y la demanda se dan en una plaza imperfecta en la que muchos de sus actores actúan mediante una especulación sin criterio. Incluso cuando el patrón oro era la medida de la fortaleza de cada moneda, también estaba cimentado en una quimera, un infantilismo, un barbarismo. Bretton Woods no cambió demasiado la situación y, el fallo en su sistema, tampoco. El oro no se come, no sirve como materia prima eficiente, simplemente brilla en su escasez, como expuso Tomas Moro en Utopía. Quizás si las fluctuaciones económicas y financieras estuvieran basadas únicamente en el mérito y la capacidad de empresas y estados, la situación sería otra muy distinta.

Se puede culpar de la actual crisis, y mediante sumarísimo resumen, al azar, a la psicología social, a la gran desigualdad entre ricos y pobres, a la discordancia en la aplicación de innovaciones técnicas en los sectores de producción, a la falta de productividad y competitividad, a la escasez de recursos, a los tipos de interés… y a otras muchas variables. Pero mi impresión es que el problema no reside en agentes externos al comportamiento humano, sino en la raíz social.

La falta de educación en valores marcados, como la honestidad, la honradez o la empatía es la circunstancia que considero como causa real de la crisis. El ejemplo dado por los educadores, entre los que se incluyen los docentes de másteres de agresiva postulación y, en gran medida, por la clase empresarial, dirigente e incluso sindical, ha creado una generación, en el que el relativismo ético y el todo vale, dan lugar a la codicia y al engaño, y que, aplicado exponencialmente, tiene como consecuencia situaciones injustas y la falta de confianza global.

La bondad es rentable para la política, para las empresas y por ende para la sociedad y la economía. Actuar con nobleza conforta individualmente y beneficia a la sociedad. La ambición da fuerzas a la economía, pero, la trampa y la infamia en su logro, resultan extremadamente perjudiciales para el conjunto de aquella.

Me alío pues con Platón en que es necesario ser justo para la conquista de la felicidad por parte del individuo, así como de la polis en su conjunto y con Miret Magdalena en que Cristo expuso las pautas a seguir para una mejor convivencia. Pero, a diferencia de este último, creo que su protagonista fue mucho más que un hombre de sensata opinión.

Carlos Loring Rubio

Abogado

CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)

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