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Lucerna, la luz que brilla sobre el lago

viernes 17 de julio de 2009, 20:32h
Los veleros y los barcos de vapor surcaban las apacibles aguas del lago. En los grandes hoteles descansaba la realeza europea, y hasta era posible ver al Zar de Rusia paseando por sus encantadoras calles medievales. Desde hace doscientos años es conocido como un popular centro de recreo y descanso. Popular entendido en el sentido de reconocido, no de asequible, y en el que desde finales del siglo XIX y hasta la Segunda Guerra Mundial la aristocracia y la rica burguesía centroeuropea se dejaba ver en los paseos a orillas del agua o tomaba café en las elegantes terrazas de la ciudad vieja. En sus grandes hoteles pasaban la temporada y alternaban con artistas como Wagner.

Hoy es el destino turístico más concurrido de Suiza. Los veraneantes y los ilustres viajeros de antaño han sido sustituidos por los estresados turistas, pero Luzerna sigue siendo un lugar único, un remanso de paz, un excelente destino veraniego para los que gustan del dolce far niente, para los que huyen del calor, para los enamorados de lo decadente y para aquellas personas que consideren que el lujo, como todo lo helvético, se traduce en una vida discreta, sosegada, apacible, en un bellísimo entorno natural a la sombra de los grandiosos montes Pilatus y Rigi. Un lujo, no hay que olvidarlo, sólo al alcance de bolsillos bien dotados.

Las lámparas de aceite que iluminaban la vida romana eran conocidas como lucernas. Con el paso del tiempo, la palabra se utilizó para denominar a una pequeña población que se creó en el siglo VIII en torno a un monasterio benedictino, construido junto a un humilde poblado de pastores y pescadores. El año 840 queda documentado por primera vez el nombre latino Luciaría para designar a ese núcleo urbano que llegó a ser importante en el siglo XII, cuando se abrió la vía del san Gotardo o cuando en algún momento ejercicio de capital de la confederación helvética. Después el nombre, tras las correspondientes transformaciones, derivó en la alemana Luzern y en Luzerna, según el idioma romanche.

Lucerna se considera por méritos propios una de las ciudades más hermosas del país helvético. Una ciudad que brilla con luz propia sobre las aparentes mansas aguas del lago, conocido también como el de los Cuatro Cantones (Vierwaldsttersee). Una ciudad en la que el río Reuus, tributario del Rhin, inicia su andadura. Una ciudad hermosa, cosmopolita, de un encanto decadente. Una ciudad de unos 60.000 habitantes en la que parece que el tiempo se ha detenido. Una ciudad que ha evolucionado en lo que se refiere a servicios y dotaciones propias de un país rico y avanzado, pero en la que sus edificios, plazas y callejuelas permanecen tal como eran en los tiempos medievales.

Enmarcada por impetuosas montañas y escoltada por notables edificios que muestran buen gusto, riqueza que no lujo, glamour que no ostentación, el agua es un elemento clave en el encanto de la ciudad. El lago, el río, la nieve, los glaciares conforman un mundo único, un mundo en que la naturaleza juega un papel definitivo en lo que ha sido el devenir histórico de Lucerna. Todavía hoy uno de sus monumentos más sobresalientes y de mayor interés es la denominada torre del agua, torre medieval que se levanta al lado mismo de uno de los dos puentes, el kapellbrücke, que se quemó en 1993. Este puente y el Spreuerbrücke, una auténtica reliquia de la época, un puente cubierto de madera construido en 1408 y el más antiguo de sus características de los que se conservan en Europa. Todavía en uso, unen los dos lados de la ciudad por encima del Reuss. A la orilla derecha del río se levanta la ciudad con sus callejones, sus edificios adornados por excelentes pinturas, con sus íntimos rincones, con sus bellas y encantadoras plazas, cuajadas de hermosas casas, adornadas con interesante decoración, con bellas fuentes como la Weinmarkt o plaza del Vino, o la alargada de los Molinos o Mülhenplatz. Todo un espléndido conjunto urbano protegido desde lo alto por los restos de la muralla defensiva que desde el siglo XV protege la ciudad. Todavía perduran nueve torres que constatan que en el lago de los Cuatro Cantones hubo una densa historia y Suiza no siempre fue tan pacífica.

En el periodo posterior a la reforma protestante, Lucerna se mantuvo como bastión católico, lo que hizo que se instalaran allí diversas instituciones religiosas. Todavía merecen una visita la Colegiata de san Leodogardo, la iglesia de los Franciscanos, y, muy especialmente, la iglesia de los Jesuitas, la primera iglesia barroca levantada en Suiza, muy al estilo de la Contrareforma.

Otros puntos de interés son el Jardín fe los Glaciares, donde se puede observar la erosión de las rocas por la presión efectuada por los glaciares que una vez cubrieron gran parte de Europa. Tampoco hay que olvidar los magníficos museos, que, siguiendo la tradición suiza, atesora Lucerna. Sobresale el Am Rhyn Haus, uno de los dos dedicados a Picasso, el de transporte y el de Bellas Artes, renovado por el gran Jean Nouvel, y que, con su gran voladizo sobre el lago, atrae la vista desde cualquier punto de la ciudad.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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