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Construir una sociedad del conocimiento

Javier Zamora Bonilla
martes 21 de julio de 2009, 20:33h
Me preguntaba la semana pasada, en esta misma etérea página que las maravillosas tecnologías del presente ponen ante sus ojos en (iba a decir sobre, pero está dentro) una pantalla, por qué en muchos miembros de la generación que ronda entre los 60 y los 75 años se aprecia un cierto sentimiento de desazón ante el tiempo actual. Y contestaba que porque no se ven grandes proyectos a la vista en comparación con los que dicha generación española tuvo por delante y afrontó con solvencia y buen sentido, y éxito también en la mayoría de los casos. Y es cierto que los políticos de turno, los del gobierno o los de la oposición, no son capaces de ilusionarnos con grandes planes de futuro, bien porque ni siquiera los plantean, bien porque el planteamiento es insuficiente e insustancial y como de boquilla. Apuntaba la semana pasada dos proyectos ilusionantes que deberían ser las metas a alcanzar por la sociedad española en los próximos decenios. Ahora iré a ellos, pero conviene también dejar constancia de un razonamiento que enmarca esto en su justo término. Es el siguiente: quizá forma parte de la normalidad de una sociedad democrática que no haya siempre grandes retos por delante, sino pequeños hitos que sobrepasar para conseguir una mejora paulatina que alcance al mayor número de ciudadanos, con el fin último a la vista de que el bienestar pueda llegar a todos; sin perder la consciencia de que el progreso no está asegurado. Afortunadamente –me gustaría pensar– no toda sociedad tiene que salir de un dictadura ni que reconstruir un país después de un guerra, ni que realizar una revolución que derroque un antiguo régimen obsoleto e injusto.

Los dos grandes proyectos que anuncié eran:

1) La apuesta firme por una sociedad del conocimiento donde el factor humano y la productividad sean los elementos claves, basados ambos en una mejora sustancial de la educación y en el uso intensivo de la tecnología.

2) Apostar por el liderazgo de España en la construcción de una Federación europea que desborde, ahondando en él, el actual marco de la Unión, y que suponga un nuevo papel de nuestro país en el orden internacional como interlocutor clave con América y África, nuestras dos fronteras transeuropeas, sin olvidarnos de tener siempre puesto un ojo en Asia.

Vamos hoy al primero. La clave de una sociedad del conocimiento es el capital humano y tecnológico que garantiza, bien utilizado, una alta productividad en manufacturas y servicios de calidad.

Es evidente que Europa no podrá competir en igualdad de condiciones con la industria de países emergentes (en el fondo ya grandes potencias) como China, India, Corea del Sur, Brasil y próximamente algunos países de África y más de Asia e Iberoamérica. Salvo que una presión internacional obligue a aumentar sustancialmente los costes laborales de estos países, lo que no es factible a corto y medio plazo (tampoco parece posible una política arancelaria restrictiva), la industria europea no podrá producir a menor coste que la de los países citados, por lo que el único futuro de estas sociedades del Viejo Continente es conseguir nichos de mercado en los que se pueda ofrecer un valor añadido basado en la tecnología y el saber hacer. Europa tendrá que transformar todo su tejido industrial hacia industrias en las que el manejo de la alta tecnología sea el factor diferenciador y, para eso, la formación de los trabajadores, por un lado, y la capacidad de producir esa tecnología, por otro, serán los dos pivotes sobre los que se apoye el sistema.

Paralelamente se tendrá que transformar la agricultura hacia un modelo intensivo de productos de alta calidad. Aquí la tecnología también debe jugar su papel, tanto en la producción propiamente dicha como en el “diseño” de los productos. La batalla de los transgénicos alcanzará niveles mucho más altos de los de hoy en día, y aunque “lo natural” venderá mucho, será gracias a que todo el proceso de producción esté basado en tecnologías innovadoras.

El sector energético es estratégico y más en un país como España que depende mayoritariamente de fuentes de energías adquiridas en el exterior. La apuesta por nuevas fuentes de energía es necesaria, pero en paralelo a la eficiencia en el uso de las actuales y a la transformación del modelo energético industrial e individual. El agua será también un valor estratégico y requerirá de grandes infraestructuras, como el transporte.

Finalmente, los servicios, el llamado sector terciario, será la parte más importante de esta sociedad del conocimiento y aquí es donde la sociedad española, como toda la europea, tendrá que ser capaz de innovar de forma más arriesgada.

Nada de esto será posible sin una gran inversión en educación, que seguramente tenga que diversificarse aún más sobre una buena base primaria. El conocimiento del uso de las nuevas tecnologías es ya muy relevante, y lo será más, en todos los sectores, igual que el conocimiento de idiomas, pero no por eso se tendrá que renunciar a una buena formación humanística y científica. En el fondo, una buena base en humanidades y en ciencias es lo que permite captar más rápidamente cualquier avance en el conocimiento. Eso no quiere decir que los modos en que las ciencias humanas y sociales y las ciencias exactas se transmiten no tengan que transformarse, quizá radicalmente, para conseguir que los alumnos se interesen por un poema de Garcilaso, una novela de Saramago o la teoría de la relatividad de Einstein. Si una sociedad no apuesta verdaderamente por la investigación fundamental, si no es capaz de comprender que la tecnología no puede vivir eternamente por sí misma si tras de ella no hay un verdadero afán por conocer, estamos perdidos a medio y largo plazo.

Son muchos más los elementos que deben constituir una sociedad del conocimiento. Valgan por hoy con los aquí apuntados, que no son sino los fundamentales. Otro día, a través de estas nuevas tecnologías de la comunicación, que tampoco debemos olvidar, irán llegando.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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